Dolor y gloria

Manuel Liñán ha presentado '¡Viva!' en el 24 Festival de Jerez, una obra cumbre transgresora, libre y que derriba definitivamente los cánones que quedaban en pie en la danza flamenca

Dolor y gloria

FOTO: MANU GARCÍA
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Espectáculo de Manuel Liñán, en el pasado Festival de Jerez. Autor: MANU GARCÍA
Espectáculo de Manuel Liñán, en el pasado Festival de Jerez. Autor: MANU GARCÍA
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Escudero, que aprendió a bailar mirando a los gatos y a los árboles moverse, publicó hace casi setenta años el decálogo del buen bailarín. El punto uno no daba lugar a equívocos: bailar en hombre. Pero qué supone bailar en hombre en una expresión artística en la que, como el propio maestro de la danza española aseveraba, “es muy difícil penetrar en su hondura misteriosa”. ¿Cómo ponerle puertas al campo? Setenta años después, llega la antítesis de Escudero (que por otra parte no respetaba ni sus propias reglas): Manuel Liñán. Y ya nos podemos aventurar a afirmar que este enorme bailaor-bailarín-bailaora granadino, tan opuesto físicamente al genio de Valladolid, ha marcado un antes y un después en la historia de la danza flamenca.

Un momento de '¡Viva!'. FOTO: MANU GARCÍA

Lo de menos es que la técnica para él carezca de secretos. Lo de menos es que su sola presencia engrandezca al conjunto o que solo entienda el arte en salvaje libertad. Sin máscaras ni corsés. Lo de más es que ha reventado definitivamente las costuras y los cánones que le quedaban en pie al baile jondo masculino, al baile en general, probablemente la disciplina flamenca que más ha evolucionado en las últimas décadas. Lo ha hecho con tres armas rebosantes de sinceridad: acudir íntegramente a lo tradicional (al flamenco, flamenco; donde más duele), ofrecer un discurso a años luz de una trasnochada vanguardia (eso que pasa de moda enseguida) o tan conceptual que ni él mismo entiende, y proponer una forma con fondo sin caer en lo panfletario.

Reunir esas tres condiciones en una propuesta de este tipo es casi tan complicado como cumplir con el decálogo de Escudero, pero Liñán —y los suyos— se desnuda sin pudor, se quita la bata de cola y acude al abismo. Se lanza, cae al vacío, pero resulta que tiene alas en forma de mantón con las que llega hasta donde quiere. Y va a más: el elenco suma hasta siete alas en forma de mantón con sus respectivas batas de cola por alegrías, romeras y cantiñas. Luego, como en una especie de crepúsculo de las diosas, todas se desmaquillan ante el respetable y mudan sus pieles después de desnudarse por completo durante más de hora y media. Quedan las batas suspendidas y el protagonista de la función, contemplándolas desde el suelo en una escena de una fuerza poética desbordante y conmovedora.

No recordamos una ovación similar en el Teatro Villamarta a la que ha cosechado Liñán después de presentar ¡Viva! en el marco del 24 Festival de Jerez. El aplauso entregado y unánime del público ha premiado una propuesta tan provocadora como valiente, tan rupturista y transgresora como ortodoxa en esencia. Tan de verdad. Tan de justicia. De las que dejan aturdidos e impactados. Cante añejo que agarra las tripas en las gargantas de David Carpio y Antonio Campos, y baile poderoso, racial, voluptuoso y obsceno en los tangos de Triana, recorriendo la escuela bolera, las percutoras enseñanzas de la Capitana, y hasta el tratado de la bata de cola de Matilde Coral. Los puristas deben andar frotándose las manos ante tal despliegue de tradición y solera jonda sobre un escenario. Ni un pero habría, salvo que todas estas suertes del baile femenino las han desarrollado sobre el escenario un puñado de hombres. Siete hombres travestidos de mujer. Mujeres bailaoras en las que conforme avanzaba la propuesta lo de menos era el género. Seres humanos que solo piden a gritos bailar, aunque se los llevarán en volandas por jartibles o zapatearan boca arriba.

Liñán confiesa en la sinopsis de este nuevo trabajo, después de andar el camino con grandes espectáculos anteriores como Tauro o Reversible, que de pequeño se encerraba en su cuarto y se vestía con la falda verde de su madre, se maquillaba, se ponía flores en el pelo, y bailaba a escondidas. Antes que él, muchos transformistas y travestis eran perseguidos, desguazados en salas de varietés, o eran comidilla agria, ya frustrados, de las miradas cotillas del pueblo. Dolorosas, como en el arranque del montaje con la saeta de Carpio, con siete cuchillos atravesados en el corazón y moviendo mejor las manos que muchos hombres los pies.

¿Qué es el duende? ¿Tiene género? ¿Cuál es su verdadera identidad? ¿El pellizco, el desgarro, es hombre o es mujer? Sobre eso nos interpela Liñán en un espectáculo repleto de sensibilidad que va intercalando horitas de dulce y finales amargos, momentos cómicos (qué sano es que el flamenco no se tome tan en serio) y escenas de denuncia social más o menos explícita. Hay un punto retro en algunos instantes de la propuesta —Miguel Heredia y La niña de la venta—, como si el autor nos quisiera hacer flashback de una España de retroceso de derechos y libertades, o como si ciertas cosas siempre estuvieran en cuestión.

Y hay un discurso rabiosamente fresco y moderno atrapado en unos patrones clásicos. Una demostración de que no hay más fronteras e identidades que las que nos ponemos a nosotros mismos. Hay un punto teatral zarandiano en el concepto escénico, hay un rollo visual almodovariano en la iluminación y el vestuario, y hay un conjunto orgánico que solo está al alcance de los genios; de los que realmente arriesgan y trascienden. Hay teatro dentro del teatro, danza en plenitud en artistas como Manuel Betanzos, un ritmo endiablado al que ayudan todos, y unas ganas locas por bailar. Hay faldas a lo cuerdo y hay variedades Liñán. Danza en carne y hueso, chirigótica por momentos. Hay una obra culmen, de consagración, que solo respira por sus cuatro costados una palabra: libertad. El punto uno del decálogo Liñán del buen bailarín. Por eso alguien entre el público ha vociferado en medio del espectáculo: “¡Viva la libertad!” Y todo ha sido profundo y sobrecogedor, pero también muy liberador y muy hermoso.


¡Viva! Baile: Manuel Liñán, Manuel Betanzos, Jonatán Miro, Hugo López , Miguel Heredia, Víctor Martin (cedido por el BNE) y Daniel Ramos (cedido por el BNE). Cante: David Carpio y Antonio CamposGuitarra: Francisco Vinuesa. Vientos: Victor Guadiana. Percusión: Kike Terrón. Dirección artística: Manuel LiñánAsesor de escena: Alberto Velasco. Coreografía: Manuel Liñán. Dirección musical: Francisco Vinuesa. Música: Francisco Vinuesa - Victor Guadiana - Kike Terrón. Asesor musical: David Carpio - Antonio Campos. Diseño de iluminación: Gloria Montesinos A.a.i. Diseño de sonido: Kike Cabañas. Diseño de vestuario: Yaiza PinillosRegiduría: José Gallego

Técnicos Álvaro Estrada A.a.iRealización de vestuario: Gabi Besa, José Galván (Batas de colas). Zapatos: Arte Fyl. Día: 28 de febrero. Lugar: Teatro Villamarta. Aforo: Lleno con las entradas agotadas.

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