Cuando la vida eterna se acabe

La bailaora y coreógrafa jerezana Mercedes Ruiz, junto a la adaptación musical de Santiago Lara, presenta en Villamarta su visión coreográfica de 'Tauromagia', obra cumbre de la música española contemporánea, unos treinta años después de ser ideada por Manolo Sanlúcar

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Conceptualizar un ritual para hablar de la existencia humana y sus misterios, transcribir el temblor de la fiesta en partitura, es lo que presentó hace unas tres décadas la cabeza y la guitarra de Manolo Sanlúcar —dicen que sugerido por Aute, por cierto—. Convertir aquello en obra cumbre de la música española contemporánea, en general, y de la discografía flamenca, en particular, no fue casualidad. Solo podía venir de un genio esclavo de la guitarra, de un científico de método empírico que, con la humildad de los grandes, de lo único de lo que siempre se sintió seguro es de su sacrificada capacidad de trabajo para que a veces “algo suene bien”.

Bucear en ese monumental trabajo que fue y es Tauromagia, traerlo al presente tanto tiempo después, y proyectarlo con coherencia hacia el futuro en formato espectáculo coreografiado –el disco dura 40 minutos—, ha sido el desafío que emprendieron Mercedes Ruiz y Santiago Lara al afrontar un montaje en el que pesa tanto el baile como, obviamente, su banda sonora. Independientemente de la temática que aborda el disco y de su recreación sin topicazos dentro del espectáculo que se ha presentado en el XXIII Festival de Jerez, la pieza vista como un todo relata la cronología que va desde el nacimiento del toro, su vida en la dehesa, hasta la lidia —en La Maestranza de Sevilla, en este caso— y el estoque previo a la puerta grande. Pero la obra no habla solo de eso. Como la biografía de Belmonte de Chaves Nogales no cuenta solo la vida y las hazañas de un torero.

Por ello, que el trasvase escénico de la obra de Muñoz Alcón no caiga en los clichés, ni en las estampas más kitsch que pudieran rodear lo taurino, no es solo un acierto, sino que es digno de agradecer a partir del libreto, dramaturgia y dirección escénica que firma Francisco López, reinventor de la carrera artística de la bailaora jerezana cuando más lo necesitaba, justo hace ya alrededor de una década. Desde entonces, Mercedes no solo ha evolucionado como intérprete, sino que ha llegado a su punto álgido de madurez artística con plena libertad, con un lenguaje dancístico y discursivo aún más rico y con mucha lucidez y contundencia a cada paso y a cada braceo. Sin ataduras, cediendo los protagonismos que hagan falta, y martilleando con sus pies para lucir su prodigiosa técnica —lo de sus carretillas es inexplicable— solo cuando es realmente necesario, no como un recurso de cara a la galería.

Por eso la entrada en la escena viene de pies y manos de Ana Agraz, una danza estilizada que prologa la Nacencia y que la acompañará siempre en escena con un alarde de buen gusto hasta un encuentro en blanco y negro donde acaba acunada en su propia bata de cola. O por eso Mercedes Ruiz se acompaña de un trío de bailaoras que la llevan en volandas y que acaban subiéndola a hombros, no tanto por encumbrar la enorme faena que acaba de marcarse, que también, sino por agradecer su generosidad al llevarla a cabo —“los bueyes mueren vestidos de humildad y olor de cuadra”, recita David Lagos a Miguel Hernández, poeta predilecto de Manolo Sanlúcar y del que se integran varios versos—.

Mención aparte, claro está, merece la orquesta que acompaña la adaptación de la pieza original. Liderada con pulso firme por el virtuosismo preclaro de un alumno aventajado de Sanlúcar, Santiago Lara, y escoltado por otro músico continuador de la saga, como Paco León, la partitura parte de la original con fidelidad para pasar a tener aire y personalidad propia, sin caer en la copia por la copia, expandiendo y engrandeciendo la herencia recibida.

En el centro, los ecos siempre sobrecogedores de David Lagos, tan capaz de rumiar la seguiriya hasta agigantarse cara a cara con la bailaora como de esbozar un breve pero punzante apunte por cartagenera de Manuel Torre. Acaba penita acaba... O como evoca al poeta de Orihuela el propio Manolo Sanlúcar, en off, con Mercedes fundiéndose a negro a cámara lenta, en un alarde de contención definitiva: “Me voy, me voy, me voy, pero me quedo, pero me voy, desierto y sin arena: adiós, amor, adiós, hasta la muerte”. Un final inevitable que arrastra toda la trascendencia de la obra tras la algarabía de las alegrías Puerta del Príncipe.  Una exhibición preciosista regada, como el resto de la producción, por casi continuas entradas y salidas de escena, palillos, abanicos, mantones, batas de cola, chaquetillas, pantalones y estética a lo Carmen Amaya, velos y cierta estética vintage. Y la propuesta, con algún altibajo, fluye prescindiendo de lo superfluo. Y el baile, con algún pasaje más frío, fluye como una exhalación dentro de una ceremonia sagrada, como un río de vida hasta desembocar en un mar negro muerte o en una incierta promesa de eternidad.

Compañía Mercedes Ruiz

'Tauromagia (Coreografía para la obra de Manolo Sanlúcar)' (***)

Baile: Mercedes Ruiz y Ana Agraz. Cuerpo de baile: Beatriz Santiago, Aurora Caraballo y Vanesa Reyes. Cante: David Lagos. Guitarra: Santiago Lara. Segunda guitarra: Paco León. Teclados: José Amosa. Percusión: Perico Navarro y Rafa Fontaiña. Voz en off: Manolo Sanlúcar. Dirección artística y coreografía: Mercedes Ruiz. Adaptación musical: Santiago Lara. Adaptación de textos: David Lagos.Escenografía: Francisco López. Diseño iluminación: Nicolás Fischter. Día: 2 de marzo de 2019. Lugar: Teatro Villamarta. Aforo: Lleno con las entradas agotadas.

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