El ciclo extraordinario '20 Espacios, 20 Artistas, 20 Festivales' vislumbra una nueva vuelta de tuerca a la muestra que organiza Villamarta.

Lamento por seguiriyas al calor de las velas en un antiguo convento agustino, danza zíngara en una fortaleza almohade, arena torera y cantes de trilla en un casco bodeguero diseñado en 1869 por Eiffel, tangos y guajiras entre pescado fresco de la Bahía, electroflamenco en una catedral del sherry, danza-teatro-flamenco en una sala de arte y ensayo que alberga una recoleta bodeguita… Y así todo. Un mini Festival dentro del Festival de Jerez. Una nueva vuelta de tuerca –que ojalá tenga continuidad en la ciudad- para celebrar los 20 años de la muestra de baile flamenco y danza española más importante del mundo. Una experiencia intensa e inolvidable, maratoniana e imposible de cubrir al completo tal y como estaba confeccionada por la dirección de Villamarta. 20 Artistas, 20 Espacios, 20 Festivales ha causado sensación. Su variada y dispar oferta, ese bailar al patrimonio y esa ocupación de espacios singulares por toda la ciudad, no han dejado indiferentes a quienes han tenido ocasión de asistir a encuentros artísticos irrepetibles.

Durante el puente del Día de Andalucía, que se ha prolongado a lo largo de tres días al ser festivo el lunes de este año bisiesto, los aficionados y visitantes, la prensa especializada, los colaboradores de la muestra jerezana, han acudido al encuentro del arte en la ciudad en procesión, al choque directo con los artistas, persiguiéndolos en algunos espacios, casi tocándolos a unos metros de distancia, escuchándoles el aliento tras una escobilla. Y los artistas, encantados con sus creaciones ex profeso, dejándose filmar, fotografiar, arriesgando más que nunca, atrevidos, rompedores, sorprendentes... El ciclo ha tenido absolutamente de todo: tradición, vanguardia, world music, teatro, poesía, soníos negros, fraguas encendidas, golpes de yunque, chelos, movimientos corales, silencios...

Sábado: del mercado a La Concha

La jornada se abre con el son de Pepe del Morao, joven guitarrista de la casa mítica de Santiago, que llena de soniquete joven los Claustros de Santo Domingo. La cita empieza en el refectorio y acaba en el patio porticado que centraliza un conjunto arquitectónico capital en el patrimonio jerezano. A pocos metros de distancia de allí, saltamos al mercado central de abastos. Nos situamos en el interior de una atestada nave del pescado, hasta donde la cordobesa Anamarga ha llevado a su troupe para poner en pie ¡Ojú!, que árte de mercado. Recorren la nave montando lógico revuelo ante el asombro de comerciantes y clientes habituales. Alguno se enfada por el embudo que provoca en los pasillos tantísimo público pero seguro que a la postre hay buena recompensa gracias a una Plaza abarrotada como hacía tiempo que no se veía. Cante y baile a pleno pulmón, entre pijotas, atún rojo y pescadilla fresca, que luego sale a la calle Doña Blanca para hacer un número final con mantones espectacular y que se ha hecho viral en redes sociales, promocionando en todo el mundo, por tanto, la imagen de Jerez.
Ana de los Reyes en la Mezquita del Alcázar e Isabel Bayón en la bodega El Cuadro de Díez Mérito dan continuidad a las propuestas de la agotadora primera jornada. "Esto es peor que organizar los 50 espectáculos del Festival", asegura Isamay Benavente, directora del certamen, con cara mitad satisfecha, mitad exhausta. El despliegue organizativo para este ciclo ha sido extraordinario. La supervisión y coordinación del arquitecto Jesús Orúe ha sido clave en esta experiencia piloto, que requería de que mucha gente sincronizara sus relojes para que todo saliera a pedir de boca. Hubo fallos, seguro, pero "lo importante era hacerlo", aseguran sus promotores.

Son las seis de la tarde en San Agustín. Hace unos minutos el Atleti se ha llevado el derby madrileño demostrando una vez más que no hay nada imposible. Mercedes Ruiz es experta en hacer posible lo imposible con su baile versatil y poderoso. Lamento es pura delicia en uno de los patios interiores del antiguo convento del XVII. La atmósfera con las velas, la música clásica y el aire sacro del espacio configuran el telón de fondo perfecto para una seguiriya inmensa que conmociona. El cante roto de David Lagos y el magistral acompañamiento de Santiago Lara se funden con el cuerpo quebrado de la esbelta bailaora, cuyas castañuelas repiquetean de luto. De allí vamos a González Byass, donde la granadina La Moneta presenta Fui piedra junto al Laboratorio Coreográfico de Flamenco Urbano. Danza de los indignados, sirenas policiales y cuerpos partidos por la mitad. La Moneta en otro extremo, desfigurada como un cuadro de Picasso. La jornada se cierra en la bodega de Eiffel en González Byass. La Concha se convierte en el Circo Price o en una pequeña Maestranza de pies y manos de Rocío Molina. Si en Bosque ardora, un día antes en Villamarta, la malagueña nos deja boquiabiertos, es capaz de repetir sensaciones en Impulso, una pieza de inspiración taurina aunque con el punto iconoclasta que siempre le acompaña. La voz de Fernando de la Morena y el toque de Rafael Rodríguez, junto a ese palmero inerte que también jalona la escena, suenan rotundos en la acústica perfecta del casco bodeguero. 

Domingo: danza entre piezas arqueológicas, pintura española, y en una Catedral del vino

Rubén Olmo, último Premio Nacional de Danza, homenajea a artistas como Picasso y Gaudí en el Museo Arqueológico municipal. Entre piezas que explican los tres milenios de historia de Jerez, el bailarín se mueve por todo el espacio para presentar Arquitectura de luz y de sombras. Vestido de arlequín, los sentidos se abren hasta el infinito en una evocadora y original propuesta para el ciclo. Cerca de allí, en el Rincón Malillo de Bodegas Tradición, en plena pinacoteca Rivero, Daniel Doña, Cristian Martín y Alfredo Valero presentan Nada personal, un trabajo tan arrojado como la mayoría de planteamientos insertos en este ciclo. Hay algunos problemas con el aforo que Orúe anota en su agenda de cosas a mejorar. Nada grave. La jornada sigue en la hora mística de las cinco de la tarde. La llamada de Nacho Arimany, como el imán que convoca a los fieles, nos conduce por las galerías de andanas de la Catedral del vino que es la Bodega Lustau. Esos techos altos en los que retumba el sonido del flamenco electrónico de Daniel Muñoz Pantiga devuelven sensaciones sobrecogedoras. Ángel Muñoz, la otra pata del trío de Artomático, baila sobre bordillos. Se juega el tipo mientras nos mira de cerca, empapado en olor a vino. La colección de enganches que le rodea, los enormes bidones de caldo y los esterones de los ventanales conforman una escenografía única.
Salida por calle Clavel y entramos en la bodeguita La Quemá. Una sala arte y ensayo recoleta pero espectacular en pleno corazón del barrio de La Albarizuela. María del Mar Moreno, Antonio Malena, Gaspar de La Zaranda y Santiago Moreno celebran la Nochebuena en el Corral de muertos. El texto poético del arcense Julio Mariscal sirve de base para una exploración de danza-teatro-flamenco lograda, tejida con gestos y conceptos teatrales. Repleta de matices y simbolismo, ya sea en el repiqueteo de la botella vacía de anís, en las sillas vacías de los ausentes con las guirnaldas de la fiesta que pudo ser, y la fosa común de chaquetas vacías constituyen algunos de los hallazgos más metafóricos de una propuesta donde la bailaora danza a la contención y al desgarro. La gente vuelve a Lustau. Ahora es el turno de la gaditana Rosario Toledo, que presenta El pulso en la sala La Campana. Cante de Juan José Amador, percusión de Paquito González y toque de Juan Campallo. Otra vez las manchas negras de humedad como telón de fondo, otra vez el vino en maridaje sincrónico con el flamenco y la danza contemporánea. 

Lunes: una zíngara en el Alcázar y una fragua encendida en la calle Barja

Gusta Antonio El Pipa en los Gigantes, recorriendo el espacio de la enorme bodega de González Byass. Con sus clichés de jerezanía y con su baile atronador. Elegante y soberbio como siempre, pisando con garbo y con un nutrido apoyo coreográfico. Cerca de esa monumental bodega está el conjunto del Alcázar de Jerez. ¿Por qué usar solo una parte cuando estás ante un enorme decorado natural? Eso debe pensar Belén Maya. Uno escribe de la cordobesa sin objetividad alguna. Nos rinde, nos entusiasma, nos provoca y nos punza. Romnia, mujer en caló, es un recorrido en tres escenarios por las tradiciones de las gitanas, de las zíngaras perseguidas y, en muchos casos, exterminadas. El baile de la abominación lo hace con zancos de madera, con una intro con su propia voz en la que describe como por ejemplo en Suecia fueron obligadas a renunciar a sus hijos o directamente tuvieron la entrada prohibida en el país. Ella viste de gitana de la Feria, repartiendo petalos de rosas blancas y con una faltriquera donde guarda los dos duros que logra a duras penas. Estamos sentados en el suelo de la Mezquita y es inevitable no capturar el gesto en primerísimo primer plano de esta bailaora-autora clave en la danza contemporánea.


Antes, junto al Molino de Aceite y los Baños Árabes ha bailado mestiza, con un pecho fuera, a la interperie de esas gitanas en pleno éxodo, de esos refugiados en un cementerio de agua. Luego, se zambulle en la fuente de abluciones vestida de novia. Como una Anita Ekberg de La dolce vita, embriagada en esa boda gitana de días y noches. Nos sonríe y nos derretimos con el frío sol de invierno sobre nuestras cabezas. El ciclo se cierra por la tarde con las dos últimas proposiciones de las 20 que conforman el cartel. Otra vez a las cinco. Esta vez en las Bodegas Faustino González se enciende la fragua de la que saltan las chispas de la herencia de Tío Juane. Sus familiares, martillo sobre yunque, canta a la tradición, se quejan invocando a los espectros, a esas caras que dibuja la humedad en los muros del casco industrial. Patricia Guerrero pone punto y final, nuevamente en Lustau -en el casco La Emperatriz-, a este pequeño gran Festival de Jerez que inunda e invade rincones visitados u olvidados de la ciudad. Todos esos espectáculos que se perderán como lágrimas en la lluvia dejan en cambio un enorme charco en el que se refleja que Jerez tiene una nueva criatura cultural que mostrar al mundo. ¡Que crezca y crezca!

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