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Su sotana negra regresaba polvorienta tras uno de sus paseos por los andurriales madrileños. Apresuró el paso, cuanto su edad le permitía, pues poco debiera faltar para que tocaran vísperas en los campanarios, torres y espadañas humildes que le hacen añorar la grandeza de aquellas que se yerguen entre el dédalo de callejuelas de su Toledo natal. En su caminata, había alegrado la vista con la luz del horizonte, un restañar su alma, tan herida desde la muerte de su mejor amigo, el Fénix de los Ingenios, a quien asistió hasta su última hora. ¿A quién recitaría ahora los versos con que las musas regalaban sus paseos?

Mirad que las pardas nubes

de oro,  y nácar se perfilan

Ha entrado a remojar la sequedad del camino y la añoranza en una taberna, llena del pueblo del que tanto beben  sus obras, desde su Romancero Espiritual a sus doce Autos Sacramentales, que en nuestra gran poesía lo divino se expresó siempre  con voz popular. El bodegón comienza a alumbrarse con candiles, entre las sombras que se agitan por las paredes  un ciego tañe una vihuela. Esto le trajo al recuerdo una jarra de valdepeñas compartida con aquel manco tan pobre como célebre, padre de Don Quijote. Trabajaba Valdivielso  en aquel entonces de censor de libros, como el cura que quemaba  junto al barbero noveluchas de las que hicieron perder la cabeza al hidalgo caballero. Entró con la memoria triste de un amigo difunto y se encontró con la de otro enterrado hacía ya casi dos décadas. Quizás el pasar los setenta años le recordaba que también él, ya pronto, se diluiría entre las sombras, buscando del otro lado los calderos de Luzbel o las llaves de San Pedro.

¿Cuerpo de que te acobardas?

más fe, y más ánimo muestra

que si Dios es con nosotros ,

quién habrá que nos ofenda.

Limpió su boca con la manga, caló el bonete y salió. Escuchó tocar vísperas y se persignó tres veces. Subió asfixiado el repecho de la plaza del Biombo, hacia San Nicolás, ya noche cerrada se encontró con aquel prodigio: unos cómicos le salían al encuentro, y era  gloria ver, lo bien que interpretaban sus papeles. Encarnaba uno a un reluciente ángel, otro a un cornudo demonio que parecía salido de un mal retablo, estaba la muerte huesuda y con guadaña, como cabalmente se la representa, había también  una  dama , desmelenada su belleza, alegoría de la carne, que con procaz deleite danzaba, y una niña, que debiera intitularse la Fe,  vestida con harapos y coronada con perlas, entre sus manos el pabilo de un cabo de vela guareciendo.

Quedaron sus oídos presos de los diálogos que decían entre ellos, aún sin entenderlos, tal era la música que llevaban por dentro. No eran latines, ni palabras que hubiese escuchado antes, era como la misma lengua de Dios, la que hablaban los personajes entre ellos. Ni los motetes de su amigo Alonso Lobo, podía compararse a esta música que brotaba del rimar de aquellos versos. En su curiosidad de distinguir alguna palabra se vio en círculo cerrado de ellos, estos comenzaron a disputárselo, jalándole, como si fuese un fantoche de arcilla y paja, hasta desmembrarlo…

Dos vecinas corrieron a socorrerlo, estaba en el suelo con los ojos vueltos. Ya no volvió en sí, estuvo balbuciendo delirios varios días, hasta que aquel al que Lope de Vega llamara su maestro, después de recibir los santos óleos, entregó su alma al cielo

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