El diputado republicano federal José Navarrete Vela-Hidalgo (1836-1901). Sus huellas jerezanas

La biografía del diputado republicano se presenta el jueves 22 de julio en el edificio San Agustín de El Puerto

El diputado republicano federal José Navarrete Vela-Hidalgo.
El diputado republicano federal José Navarrete Vela-Hidalgo.

Se va a presentar este jueves 22 en El Puerto de Santa María, en el patio del edificio San Agustín (calle Misericordia), a las 20.00 horas, la biografía del diputado republicano federal por el distrito de El Puerto José Navarrete. Portuense de nacimiento y roteño de adopción. Este poeta, escritor y capitán de artillería en Cádiz entre los años 1862 y 1871, que vivió la Revolución de Septiembre de 1868 y se convirtió al espiritismo, tuvo una gran relación con Jerez de la Frontera.

En los pocos años que vivió en El Puerto, hasta la muerte de su padre en 1847, estudió en el colegio privado de Domingo Forta, situado en la calle Larga, siendo compañero de pupitre del futuro general Manuel Sánchez Mira. El padre de Sánchez Mira era Francisco de Paula Sánchez Ubera, labrador o hacendado jerezano, y su madre era Francisca de Asís Mira Hontoria, también de familia de propietarios agrícolas, quienes criaron a varios hijos e hijas en Jerez antes de trasladarse a El Puerto de Santa María. La razón de este cambio de domicilio se encuentra en la sanción de destierro que el Gobierno ordenó en mayo de 1834 a varios concejales o regidores de Jerez por su enfrentamiento con el subdelegado del gobierno en Cádiz. En el caso de Francisco Sánchez Ubera, regidor décimo del Ayuntamiento «rebelde», su destierro no fue muy lejano, pues su condena fue mudarse a El Puerto. Este es el motivo de que en 1835 naciera en dicha localidad su hermana María del Carmen y que Manuel lo hiciera un año más tarde. Al acabar el destierro unos años después, la familia Sánchez Mira volvió a Jerez a su casa de la calle Lealas.

Cuando Navarrete, ya viviendo en Rota con su madre y su hermana, tuvo edad de cursar los estudios en un Instituto, la familia lo envió a Jerez al antiguo Colegio de San Juan Bautista, en la plaza del Mercado (sede actual del Museo Arqueológico) convertido en el nuevo Instituto Local de Jerez, y allí volvió a encontrarse con su amigo Manuel Sánchez Mira.

Las vidas de Navarrete y de Manuel siguieron trayectorias paralelas como cadetes en la Academia de Segovia, donde se graduaron de subtenientes en 1855, y ambos se marcharon a la Escuela de Aplicación Práctica de Sevilla para convertirse en Tenientes de Artillería en 1857.  Sánchez Mira sirvió en regimientos de artillería montada, siendo un experto jinete y especialista en caballos gracias a la hacienda de su padre, mientras Navarrete sirvió en el Tercer Regimiento de artillería a pie.  Ambos participaron en la Guerra de África y en las batallas de Tetuán y Wad-Ras (1860) y obtuvieron el ascenso a capitán de artillería en 1865, si bien Navarrete lo consiguió seis meses antes.

Aunque siguieron tratándose de forma esporádica, pues se consideraban como hermanos, la historia los volvió a unir en septiembre de 1868 durante la Revolución Gloriosa en Cádiz. El capitán de artillería Manuel Sánchez Mira había abandonado el ejército en julio de 1867 por sus actividades revolucionarias en contra de la monarquía de Isabel II y participó como civil armado en la insurrección de Cádiz. Navarrete narró con mucha gracia y gran minuciosidad el encuentro casual de ambos en Cádiz cuando Navarrete actuó como «cajero» de la revolución a las órdenes de Manuel, perteneciente al Partido Progresista y como enviado del general Prim.  Sánchez Mira fue una figura importante en la Junta Revolucionaria de Jerez junto a Paul y Angulo o Ramón de Cala, entre otros.

Otro jerezano muy amigo de Navarrete fue el hijo de familia bodeguera Carlos Haurie, también participante en la Revolución Gloriosa de 1868 en Cádiz y luego en la Junta Revolucionaria de Jerez. En varios episodios de la vida de Navarrete citará a Haurie como suministrador del mejor vino amontillado de la comarca, le dedicará un poema y recordará a su familia en el Castillo de su finca de Macharnudo, en Jerez, donde tenía a su juicio la mejor viña y por eso pensaba Navarrete que «el arca de Noé se tuvo que posar en aquella loma».

Del jerezano Ramón de Cala no hay ni que decir que fue un gran amigo y correligionario suyo, formando con Fernando Garrido un trío de diputados a Cortes en tiempos de la Primera República que fueron una piña en sus opiniones de tintes socialistas y situándose a la izquierda del grupo intransigente de republicanos federales de la Cámara.

Sin embargo, lo que más llama la atención es que al fundar en julio de 1871 la revista La Democracia, el republicano jerezano José Luque Beas, abogado y periodista, contara con el oficial de artillería y poeta José Navarrete como su más constante colaborador. Ya había dejado la poesía festiva y las comedias para dedicarse a los textos filosóficos y socio-políticos. En ese periodo, Navarrete ya había sido candidato republicano federal a diputado provincial y a Cortes por Cádiz y por el Distrito de El Puerto en tres ocasiones. También destacaba por sus escritos espiritualistas de una gran originalidad. Su primer artículo se tituló «El moderno absolutismo», y en el siguiente número publicaba su primera entrega de «Los derechos individuales».

Navarrete fechó varios artículos o poemas en Jerez, por lo que no es descabellado pensar que se quedara alguna noche en casa de sus amigos Manuel Sánchez Mira o Carlos Haurie. La primera vez fue el 18 de noviembre de 1871, cuando escribió un largo poema, un tanto enigmático y espiritualista, dedicado A C.H. y que bien pudiera referirse a Carlos Haurie. La segunda fue con ocasión de su visita a Rota al recibir la noticia del fallecimiento de su joven hermana Paca (hija del segundo matrimonio de su madre), escribiendo en Jerez un largo y hermoso artículo titulado «A mi querida hermana Paca en el mundo espiritual».

Para terminar, decir que Navarrete, buen conocedor de la ciudad de Jerez de la Frontera, publicó en el Almanaque de la Gaceta Agrícola del Ministerio de Fomento para el año 1880, un extenso artículo titulado La gran ciudad agrícola. En sus diez páginas, Navarrete prometía a los lectores del Almanaque contarle, aunque fuera de forma resumida, todo lo que necesitaban para hacerse una idea de los recursos de Jerez de la Frontera -¡el tercer gran pueblo contribuyente después de Madrid y Barcelona!-, de la riqueza de su campiña y de la fisonomía del pueblo jerezano, temible rival de Cádiz "en la cuestión de la provincia". Para ello, Navarrete aseguraba que todos los datos estadísticos que iba a ofrecer no los había copiado de ninguna parte, sino tomados por él mismo en los centros oficiales o en las industrias que mencionaba, asegurando que no había en el texto "ni una línea que no sea original mía".

Después de describir los tipos de mujeres y hombres jerezanos y sus aficiones, decía que Jerez se caracterizaba también por sus desigualdades sociales: frente a "siete u ocho capitales de cinco o seis millones de duros, además de docenas de grandes propietarios, la clase obrera vivía en la miseria más deplorable". Tanta era la miseria que "raro era el jornalero que no tuviera empeñados los aperos de labranza, viéndose obligado a alquilar una azada", y muchos jornaleros se veían obligados a pedir limosna por las calles, siendo común que el ayuntamiento tuviera que repartir millares de hogaza de pan "para prevenir cualquier conflicto". A continuación, aseveraba: "la clase jornalera de Jerez es la más inteligente de España".

Navarrete terminaba su escrito afirmando que lo que Jerez necesitaba de "forma imperiosa" eran "palenques donde la vida del pensamiento pueda revelarse de palabra, por escrito y en acción; un buen ateneo, un buen periódico y un buen teatro". Tuvieron que pasar muchos años para que la petición de Navarrete se hiciera realidad. Este erudito texto del diputado republicano por el Distrito de El Puerto de Santa María constituye una buena fuente para conocer la historia de la ciudad jerezana del último tercio del siglo XIX.

Bibliografía: El Increíble José Navarrete Vela-Hidalgo (Ed. Suroeste), de Manuel Almisas Albéndiz, quien también ha recopilado su obra poética (De Tejas Arriba).

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