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Gabriela Ybarra es la autora de una de las novelas revelación de 2015: 'El comensal'

Ante una novela como El comensal surgen dos tipos de lectores, los que opinan que se trata de una estrategia literaria oportunista, y los que sostienen –y en este grupo me incluyo- que el ser nieta de una víctima de la banda terrorista ETA no es incompatible con escribir un excelente relato, a pesar de no tener ningún bagaje literario previo. Gabriela Ybarra sólo nació seis años después de que ETA secuestrara y asesinara a su abuelo Javier de Ybarra, ex alcalde de Bilbao entonces jubilado y miembro de una de las familias poderosas de la zona. Ella misma cuenta en la novela que se enteró de la tragedia mucho después al comentárselo una compañera de colegio. Desde entonces su mente se dividió entre asumir la historia y tomar partido de la mejor forma que un potencial creador puede hacerlo: contarla.

Gabriela Ybarra se ha valido de sus recuerdos personales, de las conversaciones con su familia, de documentos personales, de hemerotecas y bibliografía para construir su personal visión de un hecho que, inevitablemente, ha marcado su desarrollo. Sin embargo, no se ha quedado ahí y aún ha dado un paso más en esta decidida apuesta de valentía, pues El comensal se divide en dos partes, la segunda centrada en los últimos meses de la vida de su madre, golpeada fatalmente por un cáncer. La catarsis, por tanto, se duplica y se justifica en el interior de una persona que es incapaz de disociar un hecho del otro, pues, aunque separados en el tiempo, y vividos de forma distinta –tocando la realidad palpable y en la distancia imaginada- ambos van de la mano y necesitan salir a la luz para cobrar su pleno sentido.

La joven autora no recurre al sentimentalismo barato. Todo lo contrario. Su estilo podría calificarse de gélido, cortante, seco, incluso áspero. Su relato, que cuenta con la coartada de no haber estado ni en la hora ni lugar del crimen, bascula entre hechos reales y novelados con la sencillez de los narradores experimentados, sugiriendo hipótesis, desmintiendo teorías y asumiendo errores. La primera persona se detiene también en los tiempos de la narración, en el propio rompecabezas que supone afrontar una historia desde dentro, y nos lleva a los paisajes reales donde todo sucedió, el bosque donde hallaron el cadáver, los hospitales, los pisos de la tragedia…

Desde esa maravillosa y certera primera frase, El comensal sabe erigirse en una novela sorprendentemente madura, dueña de un estilo propio que bastarían, como así ha sido, para situarla entre las mejores novelas del año pasado y a su autora como una de las promesas más firmes de la nueva narrativa española. 

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