"Cuanto más raro es lo que quieres contar, más verosímil tiene que parecer"

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Es periodista, pero apenas ejerce. Empezó a estudiar Derecho, aunque no trabajó en este campo. Ella es escritora. De cuentos, concretamente. Una de las responsables del resurgimiento del género, ni más ni menos. Mi hermana Elba (1980) abrió la veda. Luego vinieron Los altillos de Brumal (1983), El ángulo del horror (1990), Con Ágatha en Estambul (1994) o Parientes pobres del diablo (2006), aunque su última creación, La habitación de Nona (2015), confiesa que es de los que “mayores satisfacciones me ha dado”. No obstante, le ha hecho ganar el Premio de la Crítica 2015 y el Premio Nacional de Narrativa 2016. “Estaba mirando un cuadro en la Fundación Mapfre, era raro, desproporcionado, y me dio la idea”, cuenta Cristina Fernández Cubas (Arenys de Mar, Barcelona, 1945) durante la apertura del XIX Congreso de la Fundación Caballero Bonald, dedicada en esta edición a la narrativa breve contemporánea. “Los cuentos vienen de los estímulos menos pensados”, sostiene la autora, quien está acompañada de Fernando Valls, que introduce los temas de los que habla durante su participación en el congreso.

En la “aventura”, en palabras de Fernández Cubas, que es escribir, ella se desenvuelve con soltura en el género de misterio, algo que le encanta, “como autora y como lectora”. Ese es su mundo, “creer en lo que no se ve”, ya que sostiene que “la realidad tiene agujeros negros”, que escudriña y muestra a sus lectores, a los que quiere transmitir emociones: “Si escribiendo te ríes, los lectores reirán; si tienes miedo, ellos lo tendrán; si te aburres… a la papelera”, dice, provocando las risas del público. Fernández Cubas es una escritora a la que le gusta “partir de situaciones cotidianas” en sus cuentos, para luego “alterar el orden”, aunque siempre elabora un relato de ficción, pero verosímil: “Cuanto más raro es lo que quieres contar, más verosímil tiene que parecer”.

De sus inicios, la escritora recuerda la “suerte” que tuvo cuando, después de llamar a la puerta de muchas editoriales —“me decían que los cuentos se venden muy mal”—, su marido, sin ella saberlo, entregó su obra en Tusquets, que “había ganado dinero con ediciones sobre Woody Allen y Groucho Marx, lo que les permitió apostar por una absoluta desconocida”, como era ella por aquel entonces. Así, comenta que fueron sus “padrinos”, sin ellos saberlo, claro. Entonces comenzó una carrera literaria durante la que también ha publicado novelas —El año de Gracia (1985) y El columpio (1995), además de otra firmada como su alter ego Fernanda Kubbs, La puerta entreabierta (2013)—, obras de teatro —Hermanas de sangre (1998)—, biografías —Emilia Pardo Bazán (2001)— y sus propias memorias —Cosas que ya no existen (2001)—.

A la hora de escribir, “tengo mis tiempos y mi ritmo”. Durante su proceso creativo no cabe la rutina. Para redactar, “me tengo que olvidar del libro, y aunque no esté escribiendo es como si estuviera escribiendo en el aire”, dice. Un libro del que sabe siempre, antes de sentarse a darle forma, “lo que voy a contar”. Eso sí, puede variar en función de sus propias vivencias. “Si uno es curioso, se asoma a una ventana, abre una puerta… y eso puede que haga que termine como no había pensado”. “Mis influencias —confiesa—no son librescas”. Y es que, como dice la propia autora: “¿Qué es lo que llamamos realidad?”

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