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Nació en la barriada de La Granja pero con el tiempo pasó etapas de su vida en los barrios de San Miguel y Santiago. Palabras mayores. Ahí aprendió a amar el flamenco. Carmela Páez La Chocolata no para de sonreír durante el tiempo que dura la entrevista. Es así, alegre por naturaleza, y lo transmite en sus canciones. Ella es de cantar palos alegres, “pocas cosas que pongan triste”, cuenta. “Me pone las pilas que la gente esté contenta”, dice, y acudiendo a una actuación suya es difícil salir triste.

La tía de Carmela, recuerda, tenía un tocadiscos en el que escuchaba canciones de Camarón, El Torta, Silvio Rodríguez, Pablo Milanés… Ahí empezó a gestarse su amor por la música. “Jugaba a cantar saetas”, señala entre risas, y dice que tiene “un imán para canciones extrañas”. Su música es una mezcla poco habitual. En sus canciones fusiona flamenco con jazz y sones de Latinoamérica. “El flamenco se puede mezclar con todo, es muy rico rítmicamente”, señala. A ella, que da clases de baile por bulería, no le cuesta versionar cualquier tema por este palo flamenco.

Rancheras, bulerías, soleá, tanguillos, jazz, alegrías… Todo eso incluye el tercer disco de esta jerezana, llamado Cantándole al río —tras Chocolata en directo (2010) y De un suspiro (2011)—, que es como su "bebé". Esta licenciada en Bellas Artes, que siempre ha estado ligada al mundo del arte, se adentró en el de la música hace más de doce años. Se adentró o hicieron que se adentrara. Ella siempre cuenta que ha sido la gente quien la ha ido derivando hacia este mundillo —“y como yo me dejo llevar…”—, al que se dedica ahora por completo.

Desde pequeña le gusta cantar pero no se veía actuando. Fue en un pub de Granada donde, por influencia de su amiga argentina Juana Larreta, hizo sus primeros pinitos. “Me ofreció montar un tablao y allí empecé a investigar, fue nuestro banco de pruebas, donde estuvimos cuatro años”, explica Chocolata, que ahora imparte clases de baile en Sevilla, donde reside. Tuvo que salir de Jerez, dice, para progresar como artista. “Para avanzar en la música hay que irse”, señala, aunque confiesa que echa de menos La Moderna e ir los domingos al rastrillo de la Alameda Vieja, ya que también es restauradora de muebles.

La Chocolata con Fernando de la Morena. FOTO: JUAN CARLOS TORO.

Lleva 20 años dando clases y más de una docena en el mundo de la música. “A mí la gente me ha hecho cantaora y profesora”, y remata: “El arte me eligió a mí”. Ella, que viene del flamenco, quería hacer algo más suyo. “No me voy a poner a cantar por soleá”, apunta. Le costaba decidirse por un estilo y por eso fusiona todos los que puede. “Soy una gran melómana, me gusta todo tipo de música”, dice Chocolata, que lo mismo hace versiones de temas de la banda de rock estadounidense The Velvet Underground que canta canciones de la italiana Mina Mazzini, “a lo yeyé”, puntualiza, aunque también le encanta Chavela Vargas —“es muy flamenca”, puntualiza—. “Me inspiro en lo que veo flamenco de lo que no es flamenco”, remata.

“No quiero etiquetas”, dice Chocolata, a la que el apodo le viene por su abuelo, natural de Chiclana, “que era muy negro”, explica. Su abuela era conocida como La Chocolata, su madre también… Pero no fue hasta un encuentro con Rancapino en Granada, cuando el cantaor, originario de la misma localidad que su abuelo, le preguntó de qué familia era. Ahí se le encendió la bombilla y adquirió su actual nombre artístico. Antes era Carmela de Jerez, “pero me daba respeto”, señala, llevar la coletilla “Jerez” por la responsabilidad que suponía.Chocolata tuvo grandes maestros, como Ana María López, María del Mar Moreno o Pastora Galván en lo que a baile se refiere, y Esperanza Fernández o José de la Tomasa en cuanto al cante. “El flamenco me ha enseñado a jugar”, apunta la jerezana, que está en plena promoción de su tercer álbum, para el que ha contado con la producción de Fernando Vacas y Ferni Duhalde, y que también presentará, cómo no, en su ciudad natal, de la que se confiesa "enamorada".

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