Un pastor no puede estar confinado

Antonio y Ana salen cada día para que las 900 ovejas que cuidan puedan comer en pleno estado de alarma. Ellos no pueden quedarse en casa porque "los animales no entienden de eso"

Antonio Pina, apoyado en su bastón, con su rebaño al fondo. FOTO: MANU GARCÍA
Antonio Pina, apoyado en su bastón, con su rebaño al fondo. FOTO: MANU GARCÍA

A Antonio le ha cambiado poco la vida. Sigue levantándose cada día a las seis de la mañana, minuto arriba, minuto abajo. Hace años que duerme solo en una caravana asentada a las afueras de Jerez. Lo suele despertar el ladrido de sus perros, Moro y Macarena, compañeros inseparables. Él no se puede quedar en casa confinado durante el estado de alarma para esquivar al coronavirus. “Los animales no entienden de eso”, dice en referencia a sus ovejas. Antonio Pina, pastor de vocación, sale cada día a hacer kilómetros junto a su rebaño, compuesto por unos 900 ejemplares, a los que lleva por caminos rurales, cada vez más escasos.

“No nos podemos saludar”, dice al recibir a lavozdelsur.es, y continúa su camino en dirección a los terrenos en los que tiene a sus ovejas, donde le dejan guardarlas a cambio de que “limpien” la zona de malas hierbas. A su habitual indumentaria, formada por su bastón con un gancho en un extremo, su mochila con la comida, y sus botas de agua —la lluvia de los últimos días ha embarrado el campo— ahora suma una mascarilla. Ya la tenía de antes. En su caravana contaba con seis o siete, que usa cuando “sulfata” a sus perros.

“Los fumigo cada 15 días”, explica, para quitarles las pulgas, chinchorros o garrapatas que puedan tener después de las maratonianas jornadas de pastoreo. “Mi madre me ha hecho una”, añade Antonio, que saca del bolsillo interior de su chaleco una bolsa con una mascarilla de tela. “Le ha puesto un filtro en medio”, dice. Por si se quedara sin existencias. “Es para emergencias”, añade, y la vuelve a guardar con mimo. A Antonio lo acompaña Ana, hija de un amigo suyo, que le ayuda cuando puede. “Nosotros no nos podemos quedar en la casa y él solo no se va a quedar, yo vengo siempre”, cuenta ella.

Ana y Antonio, durante una salida en pleno estado de alarma. FOTO: MANU GARCÍA

“Luchando”, dice Antonio que sigue, con estado de alarma o sin él, en su continua batalla diaria por criar a sus ovejas y vivir de su gran pasión. “Esto es muy duro”, dice varias veces durante la conversación. Pero no se ve —ni quiere— haciendo otra cosa. Sus ovejas salen todos los días, pero sus ingresos se han congelado. “El mercado está parado”, apunta, por eso no le da salida a los corderos. Su suerte es que el empresario de Murcia al que se los vende habitualmente le adelanta algo de dinero. “Menos mal que me apaña el hombre”, señala Antonio. “Es un tío fabuloso”, dice, “si te va bien la cosa sigue con el que estás”.

Cuando acabe el estado de alarma, aun no se sabe qué día exactamente, espera recuperar la normalidad y seguir vendiendo sus corderos. “En cuanto levante —las restricciones— se los llevan… pero no sé a qué precio”, dice Antonio Pina. Él, que se pasa la mayor parte del día caminando, se informa a través de la radio o de lo que le cuentan sus amigos por teléfono. “Está uno todo el día con el ganado”, dice. Rara es la jornada que acaba antes de las nueve de la noche.

“Esto te tiene que gustar, si no te corre por las venas, olvídate”, apunta el pastor, que ha tenido que solicitar permisos para poder circular con sus ovejas durante el estado de alarma. “Si quieres moverte a otras localidades tienen que sacarle sangre a un tanto por ciento de ovejas”, cuenta. Él y Ana, como mucho, llegan hasta la barriada rural de Mesas de Asta, situada a unos 20 kilómetros de su vivienda. Entre ida y vuelta, andan más de 40 kilómetros, casi todos los días. “Hoy no cojo porque ha llovido y se embarra”, explica.

Antonio sigue con las mismas reivindicaciones desde hace años: que le dejen circular por caminos públicos y que se persiga el envenenamiento de cañadas. “A ver si entran generaciones nuevas que quieran luchar”, señala, “el principal problema es que no hay sitio por donde andar con el ganado. Esto lo han vendido todo —dice señalando unos terrenos situados junto a la antigua azucarera de Guadalcacín—, cuando empiecen a construir, ¿dónde va uno con las ovejas?”, se pregunta.

A Antonio le gustaría quedarse en su casa, “como hace todo el mundo”, pero sus ovejas “tienen que comer”. “Salimos de lunes a lunes, no tenemos derecho ni a ponernos malos… como pare el barco, adiós”. ¿Y si se contagia? “Va a caer mucha gente… como caiga las tendré que vender”, señala con pena. “Es lo mejor, ¿quién va a aguantar esto?”. Aunque sigue teniendo “esperanza” en que todo vuelva a la normalidad cuanto antes. Eso sí, “el pan hay que ganarlo como sea. Y como uno no luche, no viene nadie a darte nada”.

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