Un pastor denuncia que le envenenan ovejas: "Que me hagan daño a mí, no a mis animales"

Antonio Pina se queja de las "trabas" que le ponen para ejercer su profesión en la ciudad

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“Esta es mi vida, sueño con las ovejas”, dice Antonio Pina, un pastor de 54 años que no conoce otra profesión. Lleva toda su vida cuidando ganado. Y le encanta. “Es mi ilusión, mirar para atrás y ver a mis ovejas”, dice. Los 40 kilómetros que anda todos los días con su rebaño, que tiene más de 500 ejemplares, no le pesan, “porque esto me gusta”, insiste. Él es uno de los pocos pastores que resisten en la ciudad, a pesar de que cada vez tenga menos zonas a las que llevar a los animales y de las innumerables trabas que se encuentra casi a diario. La última, el veneno que han ingerido algunas de sus ovejas, lo que ha provocado que tengan partos prematuros y con malformaciones.

Al menos 25 borregos murieron tras no poder salvarle la vida, lo que le ha impedido venderlos en un futuro, que es de lo que vive. Entre 800 y 900 euros de pérdidas, calcula, por un problema que, aunque no es nuevo, sí recurrente, ya que se encuentra con él cada cierto tiempo. “Que me hagan daño a mí, pero no a mis animales”, dice Antonio, que desconoce quién o quienes son los culpables de que rocíen con veneno una vereda, en plena Cañada Ancha, cerca de Guadalcacín, en una zona que está dentro de la red de vías pecuarias de Andalucía.

“Nadie nos escucha”, se queja Antonio, que dice que está harto de llamar a la delegación de Medio Ambiente de la Junta, sin éxito. Los espacios por los que puede transitar con su rebaño, señala, cada vez son más escasos, “y si encima en los pocos que tenemos echan veneno…” Chispa, una pequeña perrita que los acompaña, a él y a su sobrino, también ingirió alguna sustancia tóxica hace pocos días. “Se revolcó por el suelo para purgarse y se intoxicó, se iba muriendo”, cuenta, y su sobrino añade: “Me gasté un dinero en el veterinario, casi 40 euros”. Antonio dice que el joven puede que siga sus pasos, aunque vaticina un negro futuro a la transhumancia. “Esto se acaba”, apunta cabizbajo, aunque él se mantiene en un sector que le da lo justo para comer y al que prácticamente toda su vida.

A las seis de la mañana ya está levantado y, tras contar a las ovejas y poner inyecciones a aquellas que tienen alguna infección, se echa a las cañadas con ellas hasta que, llegada la noche, vuelve a casa, cena y se va a dormir a la caravana que está aparcada junto al rebaño. “No duermo ni con mujer”, dice Antonio, en una conversación durante la que también critica el robo de cabezas de ganado que ha notado en las últimas semanas. “Somos la última mierda del mundo”, apunta Antonio subiendo el tono de la queja, mientras sus ovejas circulan por un tramo de la Cañada Ancha donde se pueden ver numerosos botellines de cerveza y hasta un zapato: “Así lleva varios años y no lo limpian”.

Cuando no está en esta zona, lleva a su rebaño a Morabita, el entorno de la barriada San José Obrero o al de la antigua azucarera de Guadalcacín. “A esto no hay derecho”, dice el pastor, al que acompaña su sobrino y su inseparable amiga Ana, que va con él siempre que puede. “Me gusta el ganado más que mi vida”, dice, “aunque lo pase mal”, y es que a pesar de todo, de la falta de apoyo institucional, de las trabas para pastar y del escaso margen de beneficio que consigue vendiendo a sus ovejas. “Pienso en el día a día”, apunta Antonio, “en mañana no pienso”. ¿El futuro? Quizás continúe con su rebaño su sobrino, “si lo dejan”. Así es, como dice él mismo, “la vida del pobre”.

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