Simón, el artista bohemio que tiene su 'estudio' en San Juan de Dios: "Pintar es una maldición"

Simón León, barcelonés de nacimiento, lleva dos décadas viviendo en la provincia de Cádiz, donde llegó por amor y en la que "malvive" pintando paisajes y retratos que vende en plena calle

Simón, pintando uno de sus cuadros en el centro de Cádiz. FOTO: MANU GARCÍA
Simón, pintando uno de sus cuadros en el centro de Cádiz. FOTO: MANU GARCÍA

Sentado en una silla, orientado hacia el puerto de Cádiz, Simón León sostiene una postal en la mano que, poco a poco, va reproduciendo en un pequeño lienzo que tiene ante sí, en un caballete que lleva años acompañándolo allá donde va. Hoy ha decidido montar su “estudio” en la plaza de San Juan de Dios, para aprovechar la llegada de cruceristas e intentar vender algún cuadro. Cuando habla con lavozdelsur.es acaba de hacer la primera venta del día. Unos 50 euros. Desde agosto, contando ésta, ha ganado 200 euros con sus obras. “El verano fue ridículo”, confiesa Simón, un barcelonés con alma andaluza que lleva dos décadas viviendo en la provincia, donde llegó “por amor”.

Este pintor callejero, que lleva 30 años montando su caballete en distintas ciudades del país, aunque también de Uruguay o de Marruecos, donde ha residido durante algunos años, pinta desde que tiene uso de razón. “La culpa la tiene mi abuela, ya que se dio cuenta de que si me daba unos colores, ya no tenía nieto”, rememora. “Luego aprendió la segunda lección: que me tenía que dar papel porque si no decoraba las paredes”, dice entre risas. En su familia no conoce a nadie que tenga dotes artísticas, “sé que por parte de mi padre hay un pintor, pero no lo he conocido”, dice.

Para él, “la pintura no es un don, es una maldición, porque no puedes dejar de hacerlo”. Él lo hace a cualquier hora. “Sientes el impulso a las cuatro de la mañana y te tienes que levantar a pintar. Es algo que te mueve por dentro”, explica Simón, quien confiesa que es “moderadamente feliz”, sobre todo cuando no piensa en la “escasez de dinero” y tiene “el mínimo para vivir”. “El dinero es muy importante hasta que cubre tus necesidades, a partir de ahí puede ser bueno o malo, según lo manejes. Es una droga, todo el que conozco, tenga el dinero que tenga, siempre quiere más. El dinero es una herramienta, utilicémosla para lo que es”, reflexiona.

Un callejón de Chaouen, un paisaje de Benaocaz, una playa de Cádiz… los cuadros de Simón representan lugares o espacios que le motivan, “aunque busco algunos que sean comerciales, que tengo que pagar recibos”, dice. Pero la pintura, últimamente, no le da ni para pagar facturas. “Le debo seis meses de alquiler a mi casero”, relata, “pero es buena gente y entiende que la vida es complicada y que soy honesto, porque le pago cuando puedo”, dice mientras guarda lo recaudado durante la mañana. A duras penas reúne los 300 euros que le cuesta vivir en una vieja casa de Chiclana, donde lleva un tiempo.

Un detalle de la paleta de Simón. FOTO: MANU GARCÍA

Por el pequeño “estudio” que monta en la plaza de San Juan de Dios pasan muchas personas que se interesan por sus obras.

—Hola, ¿cuánto vale éste?—, pregunta un hombre de mediana edad.

—50 euros—, responde Simón.

—¿Se puede negociar el precio?

—No, eso es un día de trabajo. Yo pongo el material y le saco de 25 a 30 euros por un día de trabajo, ¿y quieres que lo rebaje? ¿Tú trabajarías por ese dinero?

Simón no acepta el regateo, a pesar de que está pasando por una racha en la que apenas vende cuadros. ¿Por qué? “No puedes rebajar el precio, hay mínimos que son inaceptables. Como no le cobro nunca de más a nadie, sea como sea y tenga el dinero que tenga, tampoco le rebajo a nadie”, contesta.

—¿Tienes estudio?—, pregunta el interesado, para ganar tiempo.

—Mira dónde lo tengo, este es mi estudio—, dice Simón señalando el caballete.

Simón, cuando el posible comprador se acerca por un café para intentar convencerlo —“con dos azucarillos, que yo soy muy amargo y necesito algo de dulce”—, cuenta que no suele hacer descuentos, aunque siempre hay excepciones. “Una vez me vino un niño con mucha ilusión a traerme todo lo que tenía en su hucha. Cuando le dije que valía 50 euros, se fue mirando lo que tenía en la mano, cabizbajo… Sólo tenía seis euros y se lo vendí, porque me estaba dando todo su dinero, más no me podía pagar”, explica.

Este barcelonés con alma de andaluz lleva la mayor parte de su vida ejerciendo de pintor callejero, pero durante una época llegó a ser director comercial de una empresa. “Digamos que manejaba dinero, más que ganarlo, porque ese tipo de vida te obliga a gastar mucho”, cuenta Simón. “Nunca me ha gustado demasiado el alcohol, pero siendo director comercial me di cuenta de que estaba tomando de media unos ocho cubatas diarios para aguantar la angustia que me provocaba el trabajo”, recuerda. Por eso lo dejó. Y también porque “para ganar dinero en ese trabajo tenías que engañar”, algo que no soportaba.

Simón, durante un momento de la charla con lavozdelsur.es. FOTO: MANU GARCÍA

“No sé lo que quiero, pero sé lo que no quiero”, se dijo entonces, y llegó a ejercer más tarde como peón de albañil, repartidor de cartas, camarero o ayudante de cocina. “Me di cuenta de una cosa: de que quería ganar dinero, pero no a cualquier precio”, relata. “Y si el precio es tu vida, ¿de qué sirve?”, se pregunta Simón, que lleva años “malviviendo de la pintura”. “Cádiz es un sitio donde se malvive de puta madre”, añade acto seguido, “hay buenos y malos como en todos lados, pero tiene otro ritmo de vida”.

Para él, “Cádiz es un estado de ánimo”, pero llegó a la Tacita por casualidad, para vender sus obras durante un verano, cuando conoció a una gaditana, “el amor de mi vida”. Con su anterior pareja estuvo durante catorce años, “pero nos separamos, porque es muy difícil vivir conmigo”, dice. Su expareja, señala Simón, “sigue siendo mi persona favorita, mi cómplice absoluta, siempre la amaré, pero ya no estamos enamorados”.

Antes de recalar en Cádiz, Simón estuvo viviendo en Canarias, donde durante los años 90 no le fue mal vendiendo sus cuadros. “La época turísticamente alta era el invierno”, rememora. Durante su estancia en las islas recibió clases de pintura, aprovechando las dos horas libres que tenía entre el turno de mañana y el de tarde cuando trabajaba como camarero. “Tenía un profesor que me enseñó a ver. Yo no te voy a enseñar a dibujar, solo hay una persona en el mundo que te puede enseñar, eres tú, y es dibujando, me decía”.

En una ocasión, se fracturó el escafoide de la mano derecha: “Me agobié pero mi profesor me dijo que dibujara con la izquierda. En un mes ya sabía hacer retratos”. Simón sostiene que “no se pinta con las manos, se pinta con los ojos y con la cabeza”. Así lo lleva haciendo desde entonces. Y no se plantea dejarlo, aunque los ingresos sean modestos. “Con 56 años que tengo es complicado encontrar trabajo, y tampoco lo hay”, dice Simón, que no recibe ayudas sociales de ningún tipo. “Siempre intento no acomodarme, si te dan un mínimo te puedes acomodar y no quisiera”, explica.

El último cuadro de Simón León, a medio hacer. FOTO: MANU GARCÍA

Simón se define como “un liberal de izquierdas”. “Entiendo la necesidad de labor social para la mayoría de la gente, pero para mí, conociéndome, prefiero que no me ayuden porque me acomodo”. Para él, “es fácil cuando el día está malo no venir a pintar a la calle”, pero sale un día tras otro, con su caballete y sus pinceles, como lleva haciendo desde hace tres décadas. “Me gustaría que me tocara el Sueldazo”, añade, “pintaría igual, pero para mí”. “Soy un loco, que es la única gente que me interesa, la gente que está cuerda no vale la pena. Un cuerdo es el que sigue todas las normas, un borreguito, que se reprime de ser él mismo para aparentar”, reflexiona.

La pintura es lo único que hace feliz a Simón, hijo de madre cordobesa y padre barcelonés —aunque con ascendencia rusa—. Fue una novia que tuvo quien lo empujó a salir a la calle a pintar —“yo nunca me habría atrevido”— y es lo que sabe y quiere hacer, ya que huye del circuito cultural donde hay “mucho ego y pamplineo”. “Cualquiera que ponga dos manchas ya dice que es pintor”, se queja Simón, que ha llegado a exponer en galerías y se ha presentado a todo tipo de concursos, “pero en más de uno el premio ya está adjudicado de antemano al sobrino de”.

Cuando acaba la conversación, Simón continúa con el cuadro que estaba pintando, una playa donde el Sol va cayendo ante la atenta mirada de una barca anclada cerca de la orilla. Al acabar, dejará sus bártulos en un pequeño espacio que le alquilan en un local cercano, donde los recogerá el siguiente día que lleguen cruceros, “a ver si saco para el casero”.

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