Quini y su hijo Mario, recaderos de personas mayores en tiempos de pandemia

Joaquín y Mario Rodríguez son dos de los 200 voluntarios movilizados por Cruz Roja en toda la provincia de Cádiz que llevan alimentos y medicamentos a personas vulnerables durante el estado de alarma

Quini y Mario, preparando los alimentos que reparten a personas mayores. FOTO: MANU GARCÍA
Quini y Mario, preparando los alimentos que reparten a personas mayores. FOTO: MANU GARCÍA

Quini llega con la mascarilla y los guantes puestos, saluda con el codo, y entra en las instalaciones de Cruz Roja en Jerez para conocer el itinerario del día. Hoy tiene cuatro domicilios a los que acudir. Lo acompaña su hijo Mario, que llega unos minutos más tarde, por separado, también ataviado con el correspondiente material de prevención. Los dos, padre e hijo, forman parte del programa de voluntariado de la organización que, durante el confinamiento, lleva comida y medicamentos a personas mayores o que pertenecen a un grupo de riesgo ante el coronavirus. Antes de montarse en el coche hay que asegurarse de que está todo. Cada usuario tiene unos alimentos asignados, dependiendo de sus necesidades. El maletero está a rebosar y la ruta, clara.

La primera parada de Joaquín —Quini para los amigos— y Mario Rodríguez es en el polígono San Benito. En el cuarto piso de un bloque de viviendas está esperando María José, una octogenaria que prefiere no dar su verdadero nombre ni que se le vea la cara. “La cara no, hijo”, le dice al fotógrafo. Ella vive sola con su marido, que padece Alzheimer, y a cuyo cuidado dedica la mayor parte del día. Hace años que colabora con Cruz Roja, abonando una cuota mensual. “No los he buscado, me han llamado ellos a mí”, relata María José, quien agradece la comida y los minutos de charla. “Ayudar a los demás me ha gustado siempre”, dice ella, que tiene una amplia trayectoria como voluntaria en la iglesia de su barrio.

Quini con algunas de las bolsas de alimentos. FOTO: MANU GARCÍA

María José, antes de decretarse el estado de alarma, salía “todos los días”, para hacer la compra, “arreglar papeles”, ir al banco o cualquier otro "mandao". Ahora no puede, claro. Y lo echa de menos. Como ver a sus hijos. A una hija, que está en paro, la ayuda en lo que puede, estirando la pensión de su marido. Ella no tiene. “Pero anda que no he trabajado, qué va…”, dice con sorna. María José cuenta que ha sido “polifacética”. Lo mismo ha vendido zapatos, que productos de limpieza, de maquillaje o las baterías de cocina que anunciaba Carmen Sevilla. “Y también he cosido”, añade. En una ocasión, hasta se plantó con su marido —venenciador de profesión— en Alemania: él servía y ella vendía vino. “Muchísimo… pero sin cotizar”.

Otro hijo de María José está, con su mujer y su hijo pequeño, en República Dominicana. “Tengo mucha pena por eso”, dice. Pero los ve a través de videollamadas de vez en cuando. Sus hermanos, que viven fuera, los visitan de vez en cuando, pero casi diariamente habla por teléfono con ellos, “y el día que tenemos ganas de llorar, lloramos, y el día que tenemos ganas de reír, reímos”, expresa. Un vecino le hacía antes algunas compras, ahora le trae comida la Cruz Roja, a la que le da las gracias. “Dios nos dijo, amarse como yo os he amado. Hay personas que lo hacemos y otras que no”, señala. Ella es de las que sí, agrega al final de una breve conversación, que reanudará en la siguiente visita de los voluntarios que les llevan algo de comida.

A Luis, que reside en el entorno del barrio de Santiago, también le viene muy bien la ayuda de Cruz Roja. Algo de leche, aceite, pan, zumo…, “productos de primera necesidad”, complementa este malagueño de 65 años que lleva uno residiendo en Jerez. “Esto es mi casa”, dice. Él está deseando que acabe el estado de alarma para hacer una pequeña reforma en su vivienda, donde lleva poco tiempo. La cuarentena la lleva “como buenamente se puede”, dice. Ya no puede salir a andar —“daba un paseo de una hora todas las mañanas”—, ni al centro de mayores que solía frecuentar. Este año se quedará, además, sin Semana Santa, sin Gran Premio y sin Feria del Caballo, tres eventos que le encantan. “Nos han cortado las alas”, dice con pena, pero “aguantando el chaparrón”.

Luis padece una cardiopatía hipertensiva, por lo que al ser grupo de riesgo, no se atreve casi ni a asomarse a la puerta de la calle. Ahora anda en casa lo que puede, escucha la radio, ve la televisión y se entretiene con un juego de crucigramas que se ha descargado en el móvil. “Me asustan las noticias, porque no sabes si lo vas a pillar”, expresa, “pero lo que más me indigna es que tenemos un Gobierno que no ha sabido dar la información adecuada en su tiempo”. Mientras, Quini le entrega los alimentos que puede aportarle Cruz Roja, de la que es usuario habitual. “Estoy muy a gusto con su servicio”, dice.

“Hay una enfermedad que se ve acentuada con el coronavirus, que no se diagnostica, y es la soledad. Es una plaga que la vivimos, vemos y sentimos. Hace falta mucho acompañamiento. Las personas están muy solas”, dice Quini Rodríguez, uno de los fundadores del Alma de África UD, un equipo de fútbol integrado por inmigrantes, nacido en Jerez. A él, enfermero de profesión, le concedieron una invalidez y de la noche a la mañana se quedó en su casa, “sin saber qué hacer”. “Siempre he tenido inquietudes sociales”, expresa, unas inquietudes que lo llevaron a hacerse voluntario de Cruz Roja, primero impartiendo formación y ahora dentro del programa de mayores, repartiendo alimentos y medicinas. “Hay mucha necesidad”, señala Quini. De hecho, durante el reportaje hay personas que le preguntan en varias ocasiones si llevan alimentos que les puedan repartir. “Se nota que ahora —con el estado de alarma— hay más demanda”.

“Las personas mayores están asustadas, no quieren salir de sus casas”, dice Quini. Él y su hijo, junto a otros muchos voluntarios, les ahorran el trago de pisar la calle y someterse a posibles contagios. “El riesgo está ahí —dice por ellos mismos—, pero lo asumimos porque la labor que se hace es importante”. Además, que les agradezcan su trabajo los reconforta. “Nos dicen que nos cuidemos… eso tiene mucho valor”, señala Quini. Su hijo, Mario, que está en segundo de bachillerato, asiste a clases online a primera hora de la mañana y luego sale a ayudar como voluntario. “Me apunté hace un año pero con los estudios y el trabajo no he tenido tiempo. Por eso ahora me vengo con mi padre y ayudo en todo lo que puedo”, cuenta.

“Estamos teniendo una respuesta muy buena de la población, hay muchos voluntarios nuevos estos días”, señala Inmaculada Santos, de Cruz Roja Jerez. “Intentamos llegar al máximo número de personas posibles”, añade, en un hueco que saca en medio de la frenética actividad que realiza cada mañana, cuando prepara cientos de bolsas con alimentos. “Siempre estamos cerca de las personas vulnerables, pero en esta situación es aun más acuciante la necesidad”. Cruz Roja ha movilizado en la provincia a más de 200 voluntarios que apoyan sus servicios esenciales, como las llamadas a más de 8.800 personas identificadas como especialmente vulnerables ante el coronavirus —personas mayores, con discapacidad o con enfermedades crónicas—.

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