Felipe Cuero tiene 21 años y es colombiano. En su país jugaba en las categorías inferiores del América, pero sus padres decidieron un día hacer las maletas y venirse a vivir a España. Él, dice, se dedica a jugar al fútbol y a buscar trabajo, aunque de momento no ha tenido suerte en esto último. En cuanto a lo primero, a practicar su deporte favorito, sí. Ha encontrado equipo, el Alma de África Unión Deportiva, el club compuesto por inmigrantes de hasta 16 nacionalidades, en principio todos procedentes del continente africano, pero ya hay españoles y sudamericanos, como Felipe y su amigo Juan Sebastián, de 18 años, también colombiano. “Había escuchado hablar de este equipo y llegué por Felipe, porque sus padres y los míos eran conocidos”, relata. Vive con su familia en El Puerto, donde su madre lleva once años residiendo, y él ahora estudia un grado medio de Técnico en Carrocería. “Me gusta progresar”, asegura. La misma aspiración tienen sus compañeros de equipo.

La historia de Alma de África es de sobras conocida. El equipo juega en la modesta Tercera Andaluza —aunque puede que ascienda de categoría este año— pero acapara una atención mediática propia de clubes de Champions. Los propios jugadores aseguran que no están acostumbrados a atender tantas entrevistas y peticiones de reportajes —ninguno de ellos había estado si quiera federado con anterioridad—, aunque lo llevan lo mejor que pueden. “Si no fuera por ellos seguiríamos jugando en la pradera de Chapín”, admite Pepa Benito, mujer de Quini, quien una tarde, paseando por las instalaciones anexas al estadio municipal con su hijo, le propuso que jugara con unos africanos que gritaban más que jugaban y que, pocos meses después, estaban federados y listos para competir.

Desde sus inicios, el ascenso —no de categoría, sino de repercusión y metas conseguidas— ha sido meteórico. El logo del equipo de obra del publicista Risto Mejide, de quien fue la idea de que las camisetas incorporaran el artículo 14 de la Declaración Universal de Derechos Humanos —“toda persona tiene derecho a buscar asilo, y a disfrutar de él, en cualquier país”—. Aún así el futuro del equipo no está asegurado, ya que ahora se encuentran buscando patrocinadores para poder costear las fichas federativas, los desplazamientos y todos los costes que implica seguir compitiendo. Pero no pararán hasta conseguirlo. “No sabemos de dónde, pero tendremos el dinero”, dice esperanzada Pepa Benito, miembro de la directiva del club.

Abdel Mounim es uno de los delanteros del Alma de África, que acude al partido que disputa su club contra un combinado de jugadores de diversos equipos de Jerez en el marco de la celebración del Día de África en la ciudad. No se encuentra bien del todo, pero no quería perderse el partido por nada del mundo. A sus 24 años, llegó hace ocho a España escondido en la sala de máquinas de un barco que lo dejó en Algeciras. “En mi país no hay billetes”, dice Abdel, natural de Marruecos. Allí trabajó de recadero de una familia adinerada, de albañil, cuidando vacas, en labores agrícolas… pero llegó un momento en el que decidió jugársela e intentar entrar en España. “No podía aguantar más”, dice. Por eso se opuso a la voluntad de sus padres y se coló de polizón buscando mejor suerte en suelo europeo. Una vez sobre el terreno ha cambiado su percepción: “Se dice que en España hay mucho dinero y trabajo, que pagan bien. Antes sí, pero ahora no. Si hubiera sabido cómo está todo no hubiera venido”.

Él es de los que se reunía en Chapín junto a otros cuantos inmigrantes para disputar los primeros partidos de fútbol del que por entonces todavía no estaba constituido como club. “Gritábamos más que jugábamos, estábamos 20 minutos gritando y diez jugando”, recuerda entre risas. Por eso Quini, quien los descubriera, llamó a su amigo Alejandro Benítez, al principio entrenador y en la actualidad presidente del club, para que arbitrara los partidos. “Mis hijos jugaban en el Sanluqueño (Dani) y en el Xerez CD juvenil (Rafa) y organizamos un torneo amistoso que fue un éxito, recaudamos 100 kilos de alimentos”, recuerda Benítez, quien asegura que en aquel momento no eran conscientes del hito que estaban llevando a cabo. Pero ya piensan en ampliar el proyecto y en formar a los jugadores para que puedan ejercer como monitores o en organizar un campus de verano. Mientras llega todo eso les ayudan a integrarse en el país, a buscar trabajo o a conseguirles los papeles.

Mohamed El Oumary es uno de los indocumentados del equipo. Tiene 19 años y lleva cuatro meses en Jerez, diez en España, adonde llegó en los bajos de un camión junto a un amigo. Entraron por Ceuta. “Vine para trabajar”, dice, “y también para ayudar a mi familia”, añade. En su Marruecos natal ganaba 20 euros a la semana, por lo que quiso mejorar su calidad de vida y la de los suyos. En Jerez vive en uno de los pisos para jóvenes extutelados que tiene la ONG Voluntarios por otro mundo, donde lo destinaron desde el centro de menores de La Línea donde ingresó al llegar al país, donde acude a clases de español para perfeccionar el idioma y poder encontrar empleo.

Junto a él está Abdul Diouf, un senegalés de 21 años que llegó en patera. “La pagamos entre nueve, yo puse 100 euros”, recuerda. Su historia es diferente a la de algunos de sus compañeros. Abdul salió de su país esperando fichar por un club marroquí que, finalmente, no lo contrató. “No quería volver, sería un fracaso”, apunta. Por eso decidió entrar en España. “Veía que los equipos españoles ganaban muchos títulos, era un sueño llegar aquí”, dice. Una vez asentado en Jerez limpia coches, una tarea con la que gana entre 200 y 300 euros mensuales. “Da para ir tirando”, apunta. Él es uno de los que está en el equipo desde sus inicios, aunque ni de lejos esperaba que acapararan tanta atención. En el club, dice, se siente muy a gusto: “Me ayuda a familiarizarme, a convivir, a compartir…” Aunque también se ha encontrado con más de una situación desagradable: “Hay gente que te insulta, pero Alma de África sirve para sensibilizar, porque quien insulta no entiende cómo va el mundo. No han salido de su tierra ni lo han pasado tan mal como nosotros”.

El partido que disputan contra el combinado de clubes jerezanos lo terminan perdiendo, pero el resultado es lo de menos. En este club impera el buen humor, algo que lleva por bandera su entrenador, Pepe Correa. “Los que han fallado en la jugada del gol tienen que hacer ahora 200.000 abdominales”, dice, provocando las risas de sus jugadores, que es lo que pretende. “Lo que queremos es que estén integrados, acogidos, que estén como en familia. Nuestra labor es que estén felices”, relata el míster de un equipo al que ha tenido que ir moldeando poco a poco. “Al principio todo el mundo quería ser delantero, hay que trabajar mucho la táctica, pero tienen algo muy bueno: físicamente son imparables, se dejan la piel”, dice Correa, amigo de Alejandro Benítez, el presidente, quien apostó por él para que entrenara al equipo. “Esto no tiene nada que ver con ningún otro club, hay jugadores que tienen problemas de alimentación, algunos viven en la calle…”, enumera.

“Ellos son el mejor ejemplo, por su capacidad de lucha y superación. Tenemos mucho que aprender de ellos”, dice Pepa Benito, que añade: “Ellos llaman extranjeros a los españoles —hay cinco en el equipo— de broma”. Entre balones y chistes olvidan por un rato sus problemas, que son muchos, y se sienten integrados en un país que no es el suyo entre personas que viven situaciones parecidas. Un ejemplo que incluso les ha hecho ganar el Premio Ciudad de Jerez 2016 a la Igualdad y la Integración o el galardón Corazón de Olavidia otorgado por Carboneros (Jaén), que reconoce a las asociaciones que trabajan por la solidaridad. Y muchos más que llegarán, seguro.

Alma de África colabora con la campaña Pasa el balón a los niños de Guinea Ecuatorial, por lo que los interesados en participar y donar balones pueden contactar con el club a través de su cuenta de Facebook o en el email: [email protected]

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