María, de perder una mano con una picadora de carne a estar entre las mejores cuponeras de la ONCE

María Fernández, de El Cuervo, ha sido reconocida como la mejor vendedora de Sevilla y Huelva durante 2020. En la organización lleva ocho años. A ella llegó después de un accidente laboral que le cambió la vida

María Fernández, con el premio que la reconoce como mejor vendedora de la ONCE de 2020 en Sevilla y Huelva, en su kiosko de El Cuervo.
María Fernández, con el premio que la reconoce como mejor vendedora de la ONCE de 2020 en Sevilla y Huelva, en su kiosko de El Cuervo. MANU GARCÍA

Cuando a María la llamaron, desde la oficina de juego y ventas de la ONCE, no se imaginaba lo que le iban a decir. “¡Enhorabuena!”, fue lo primero que escuchó al otro lado del teléfono. “¿He dado un premio y no me he enterado?”, preguntó. Justo al revés. Le habían dado uno a ella, concretamente como mejor vendedora de 2020 en la delegación territorial andaluza, que comprende las provincias de Sevilla y Huelva.

“No me lo esperaba. Nunca llegué a pensar que me fueran a reconocer así”, dice María Fernández, cuando atiende a lavozdelsur.es en el kiosko de la ONCE en el que despacha, en la avenida N-IV, frente a la iglesia de El Cuervo de Sevilla. “Me puse a temblar y a llorar”, confiesa. “No me enteré de nada de lo que me dijeron, pero fue una alegría muy grande”, señala.

María es una de las 22 vendedoras de la ONCE reconocidas como los Mejores vendedores del año 2020, un galardón con el que la organización reconoce anualmente a sus empleados y empleadas, valorando cuestiones como la actitud en el trabajo, el compromiso con la labor social de la ONCE o la implicación con los clientes. De todo ello va sobrada la vendedora cuerveña, quien impulsó una recogida de alimentos durante la pandemia y quien ayuda a otros vendedores con menos experiencia, por ejemplo.

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María atendiendo a clientas, en el kiosko que tiene en El Cuervo.  MANU GARCÍA

María Fernández empezó a trabajar para la ONCE en 2013, después de sufrir un accidente laboral, en 2009, que cambió su vida para siempre. Con 22 años, trabajaba sin contrato en una carnicería de la localidad sevillana de Lebrija cuando la mano se le quedó atrapada en una picadora de carne que estaba trucada —los dueños habían retirado un anillo protector que servía para impedir este tipo de accidentes—, tras lo que perdió los cinco dedos de la mano izquierda.

“Lo pasé muy mal”, señala María, que ahora tiene 33 años, que empezó ahí una “batalla”, porque hasta se quedó sin cobertura médica durante un tiempo por no estar asegurada. A los pocos días de recibir el alta, después de ir por ella un helicóptero medicalizado y de pasar por la Unidad de Cuidados Intensivos (UCI) del Hospital Virgen del Rocío de Sevilla, donde fue intervenida, recibió una carta del Servicio Andaluz de Salud (SAS) reclamándole unos 120.000 euros por los gastos sanitarios. Posteriormente pudo recurrirlo, pero el disgusto se lo llevaron, ella y su madre.

“A mí se me culpaba de haber trabajado sin seguro, ¿quién no ha trabajado sin seguro por primera vez en algún sitio?”, se pregunta. A ella, la hija menor de un matrimonio separado, con un hermano epiléptico —“no puede trabajar”—, le hacía falta el dinero y aceptó el empleo. Unos 800 euros al mes, sin contrato. “Me quedé tirada tras el accidente”, dice. “No tenía cobertura médica, la primera cura después del alta me la hice yo misma”, recuerda.

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El premio como mejor vendedora de Sevilla y Huelva de 2020. MANU GARCÍA

El mismo hospital fue quien denunció a la carnicería, cuyos dueños acabaron entrando en prisión por un delito contra los derechos de los trabajadores y por otro de lesiones por imprudencia, y ella cobrando una indemnización. “Lo peor fue la repercusión social, cuando los condenan, me acribillaron por Facebook. Me desearon que me hubiera cogido la cabeza, que hubiera muerto, con amenazas, insultos…”, relata.

Debido al accidente, que le rebanó los cinco dedos de la mano izquierda, a María le reconocieron un grado de discapacidad del 37%. “Un tío mío me dijo: vete a la ONCE”, cuenta. A ella, la idea le daba “una vergüenza horrible”. Hasta tuvo que ser su madre quien entregara la documentación necesaria para empezar como vendedora. A los dos meses estaba vendiendo cupones. Iba con su hermano, “y lo pasaba fatal”, porque era “súper tímida” y “callada”, recuerda, al tiempo que atienda a una clienta

—“Dime, cariño”, le dice a una señora, compradora habitual.

—“Dame un cupón”.

—“¿Quieres uno con la paga o normal? Te lo doy este como el mío, el que me regalaron en Madrid. No va a tocar, pero bueno, vamos a intentarlo”.

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María, vendiendo cupones.  MANU GARCÍA

“Esto lo hace la experiencia”, cuenta cuando se vuelve a continuar con la conversación con lavozdelsur.es. María empezó como vendedora ambulante de la ONCE en Lebrija, durante unos meses, hasta que la trasladaron a su localidad natal, El Cuervo, lo que le ayudó a ir superando su timidez. “Aquí me conoce todo el mundo y a mí lo que me daba vergüenza era ofrecerlo”, cuenta.

La vendedora dice que, además, también ejerce de “psicóloga” con sus clientas, sobre todo mujeres que no tienen con quién “desahogarse”. “Sé la que está mal con su marido, los problemas de los hijos… Todo. Eso crea un vínculo muy fuerte”, dice. "¿Lo vas a dejar ahí para que venga otro y se lo lleve?”, le espeta a una mujer que se acerca a su kiosko. “¿Ves? Eso no lo hacía yo antes”, comenta entre risas. “Al final te resuelvo la vida”, le dice a la clienta. La suya cambió el día que su mano se quedó aprisionada en una picadora de carne. Ahora le faltan dedos, pero le sobra felicidad.

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