Carlitos, de espaldas. FOTO: CEDIDA
Carlitos, de espaldas. FOTO: CEDIDA

Carlitos nació hace 11 años en Algeciras. Su madre, que no tiene todavía 40, se vino de Canarias para parir a su hijo en la ciudad de la que se marchó con 18 años porque no había trabajo. De Algeciras se fue a Fuerteventura a hacer camas de habitaciones, a trabajar de camarera y a limpiar la suciedad de alemanes, ingleses y suecos a cambio de salarios que le daban para pagar el piso, comer y poco más. Harta de batallar, cuando su hijo cumplió 9 años, se volvió a su tierra para ahorrarse los 800 euros de alquiler que tenía que pagar en Canarias. 

Sus padres habían muerto y la casa familiar estaba vacía, así que pensó que con algún trabajillo precario tendría para sacar adelante a su hijo. Y así fue hasta que llegó el estado de alarma y todas las casas donde limpiaba y cuidaba ancianos le dijeron que no volviera más. No volvió, tampoco cobró nunca más. Es la maravilla de dedicar tu vida a los trabajos de cuidados, los más esenciales, pero lo más oscuros; los más imprescindibles, pero los peor pagados; los más duros, pero no cotizan en la Seguridad Social. 

Con una mano atrás y otra delante, María, que así se llama la madre de Carlitos, se fue llorando a contarle a su niño que en casa dejarían de entrar los 600 euros mensuales con los que comprar los muslitos de pollo, una poquita de fruta y verduras, algo de pescado fresco, mucha pasta y patatas y se pagaba el recibo de la luz, el agua o la comunidad. Lo primero que ocurrió es que cortaron el wifi y Carlitos no podía hacer los deberes que su profesora le mandó durante el confinamiento. Como la mala suerte nunca viene sola, a Carlitos también le dejó de funcionar la tablet con la que hacía los deberes. 

María llamó por teléfono, desde el móvil de una vecina porque en el suyo no había saldo, a la profesora para pedirle por favor que no le mandara más deberes a su niño, que ya ella se encargaría de que Carlitos aprovechara el tiempo. Más o menos, vino a decirle que no le hiciera sentir a su niño que era pobre de solemnidad porque no lo podía soportar. “Mi niño acabó el año pasado la escuela sin un solo amiguito”, me contó un día María a bocajarro, el día que me llamó para contarme que en la nevera le quedaba un calabacín y medio paquete de harina que había metido en el frigorífico para que no le entraran los bichitos que pican las harinas. El acoso que sufren los menores por ser pobres es justamente el único que no se combate en las escuelas ni en las campañas de 12 meses, 12 causas. La pobreza margina, aísla, deteriora y enferma pero, sin embargo, es invisible para los ojos de una sociedad que combate la gordofobia sin pararse a pensar que ser gordo y pobre es sinónimo.

Todo esto lo sé porque María me escribió un día un mensaje privado por Facebook para pedirme ayuda a la desesperada. A su hijo le habían diagnosticado que le faltaba un riñón y tenía que trasladarse de Algeciras a San Fernando a hacerse unas pruebas médicas. Tenía que ir en autobús y no tenía los casi 60 euros que costaba el desplazamiento. Una diputada algecireña del Parlamento andaluz a la que le conté la historia de María, y que no diré su nombre para que la solidaridad no se convierta en caridad, se encargó de que María pudiera ir al médico y de que una oenegé llenara la nevera de María para varias semanas. El resultado del viaje a San Fernando es que a Carlitos, además de confirmarle que nació sin un riñón, tenía el hígado inflamado y las uñas tan débiles que se le caían a pedazos, síntoma clarividentes de malnutrición infantil en el cuarto país más rico de la Eurozona. 

El tratamiento que le ha recetado el médico a Carlitos es una dieta equilibrada, que el niño tome abundante fruta, verduras, pescado, carne, legumbres y lácteos, justo lo que su madre no puede comprar en el supermercado. Carlitos está malnutrido de forma severa, hasta el punto de que el médico le ha advertido a su madre que puede terminar siendo diabético si no baja la ingesta de azúcares e hidratos de carbono. A pesar de la malnutrición que sufre Carlitos, el niño sufre obesidad, que es uno de los principales síntomas de la pobreza. No todas las personas obesas son pobres, pero casi todos los pobres son obesos. 

María espera que la llamen para reanudar los trabajos de cuidado que tenía, pero no hay suerte y el único ingreso que recibe son 130 euros mensuales que el padre de Carlitos envía todos los meses desde Canarias. Gracias a que el Gobierno de España prohibió el corte de suministros mínimos vitales, María duerme sin el miedo a que le corten la luz, el agua o el gas, pero no puede hacer la comida de dieta que su hijo necesita para cumplir con el tratamiento que le ha recetado el médico. 

Carlitos es un niño que no sueña con ir a Disneyland o tener una consola como sus compañeros de clase, sino con tener un trabajo “para que a mi madre no le falte de na y pueda llenar la nevera”. La única esperanza que tiene María para atravesar este bache es el ingreso mínimo vital aprobado por el Gobierno de España y que, después de tres meses desde su aprobación, sigue sin llegar a los hogares donde más falta hace que haga acto de presencia el Estado. 

A María le importa muy poco quién es el sujeto del feminismo, que tan entretenidas tiene a una facción del movimiento feminista -que ha encontrado en las mujeres transexuales a sus enemigas a batir-, si la responsabilidad de que el ingreso mínimo vital no llegue a su casa es de un ministro u otro o lo que sufren los privilegiados que nos hemos ido unas semanas de vacaciones cuando regresamos al trabajo. María lo único que quiere es decirle a su hijo que en la nevera hay comida, de la buena y no de la que a Carlitos le provoca inflamación en el hígado y la caída de las uñas. 

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