El afilador que no desafina

Joaquín El Morao sigue recorriendo la provincia con su furgoneta, afilando todo lo que se le pone por delante, y perpetuando un oficio en peligro de extinción al que lleva dedicados 47 años de su vida

Joaquín El Morao, cantando frente a su furgoneta. FOTO: MANU GARCÍA
Joaquín El Morao, cantando frente a su furgoneta. FOTO: MANU GARCÍA
“Afilador Morayto” pone, escrito con tiza, en una pequeña pizarra negra que coloca encima de la furgoneta. Al lado, ondea una pequeña bandera de España. El maletero del vehículo hace tiempo que dejó de ejercer como tal. De unos alambres dispuestos sobre una chapa azul cuelgan cuchillos de cocina, navajas y tijeras. El hueco que queda en la parte trasera lo ocupan un pequeño motor de gasolina y una rueda con la que afila todo lo que le pongan por delante. Joaquín El Morao, como lo conocen en Jerez, lleva 47 años ejerciendo una profesión que está en peligro de extinción y que ha aprendido a base de “muchos cogotazos”. Él no ha conocido otra cosa desde que su abuelo le inculcara un veneno que lleva corriendo por sus venas desde muy joven. José Gálvez, que es como se llamaba, tenía una fragua donde el pequeño Joaquín también empezó a canturrear. “Él me enseñó”, dice, “me apuntaba la letra y yo cantaba”.

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Joaquín se arranca después de insistirle un poco. No puede evitarlo, lo lleva en la sangre, ya que pertenece a una familia en la que los palos flamencos se aprenden casi antes que a andar —es primo hermano del añorado guitarrista Moraíto chico—. Ésta es de cosecha propia. “Las compongo yo, no me gusta copiar”, se justifica. Afilando cuchillos y su garganta —algún que otro bolo le sale— se gana la vida. “Hay veces que se vive y otras no”, matiza Moraíto, como lo conocen, quien se considera un afilador de “vocación”. “Los hay de dos clases”, explica, “vocacionales y por conveniencia, porque no hay trabajo”. Él es de los primeros. Y lo demuestra manejando con maestría la piedra rodadora que lleva en su furgoneta.

Joaquín mientras afila un cuchillo. FOTO: MANU GARCÍA El despertador de Moraíto suena todos los días a las siete y media de la mañana, para ponerse en marcha como una hora después. “Voy donde me llaman”, señala, “primero a mis marchantes, y luego doy vueltas para buscar clientes”. Es entonces cuando hace sonar el sonido característico de los afiladores. Pero no lo hace soplando el chiflo, como antiguamente. La tecnología también ha llegado a este oficio, por lo que lo lleva grabado en un pendrive que conecta a la radio del coche, y que suena en bucle. “El pito te dejaba los labios pegados”, dice, justificando el cambio. El sonido alerta a sus clientes potenciales, y también a los fijos, que los tiene. “Hasta que no va Moraíto nadie afila sus cuchillos”, dice orgulloso, porque “para afilar hay que saber, no lo hace cualquiera”. Aunque él, confiesa, tuvo que romper “unos 500 o 600” cuchillos antes de aprender este noble oficio. ¿Lo más difícil? “Las máquinas de cortar chacina”, dice. Durante el verano tiene más trabajo, asegura, no solo en Jerez, sino en poblaciones de la costa como Rota, Sanlúcar y Chipiona, donde es un fijo. “Por allí hay mucha gente que me quiere”, señala, y además de particulares le afila cuchillos a hoteles y restaurantes que reclaman sus servicios. Joaquín posa junto a su furgoneta, donde lleva todos los utensilios para poder afilar. FOTO: MANU GARCÍA Moraíto tiene que luchar también contra las supersticiones, ya que todavía hay quien sigue pensando que trae mala suerte escuchar a un afilador. “De siempre la llegada de un afilador ha sido sinónimo de alegría, ahora dicen que alguien se muere… ¿Cómo te vas a morir por escuchar un pito?”, exclama. Él, aún así, no se ve haciendo otra cosa. “Me costaría dejarlo, por mi abuelo, y porque me faltaría la vida”, dice, “acostumbrado a estar en la calle y a tratar con la gente”. Todo empezó en la fragua de abuelo José, que le enseñó a cantar y a afilar, y no necesariamente en ese orden. “Me llevaba al bar, le cantaba un fandango y me daba un trozo de pan con aceite… y ya hasta la noche”, dice. “No he pasado hambre, pero sí necesidad”, matiza. Así forjó su carácter. Y no lo olvida. “No puedo dejarlo, es mi forma de vida”.

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