Antonio y Eduardo, la vida en la eterna cola del hambre

El comedor de El Salvador sirve cada día más de 70 menús que reparte en bolsas a sus usuarios, la mayoría nuevos desde el inicio de la crisis del coronavirus

Eduardo y Antonio, tras recoger la comida en el comedor de El Salvador. FOTO: MANU GARCÍA
Eduardo y Antonio, tras recoger la comida en el comedor de El Salvador. FOTO: MANU GARCÍA

Antonio, cada día, coge el autobús en La Ina, una barriada rural situada a más de doce kilómetros de Jerez, donde reside con su hermana, para desplazarse hasta el núcleo urbano. “Ella me ayuda en lo que puede”, expresa, pero les cuesta sacar para poner un plato de comida diario encima de la mesa. Por eso acude al comedor de El Salvador, del que es usuario habitual, aunque solo va “cuando hace falta”. Como en estos momentos, que acumula meses y meses sin trabajar, ni se acuerda cuántos. “No cobro nada ahora”, expresa Antonio Santos cuando acaba de recibir una bolsa con el menú del día, compuesto por lentejas, pescado frito, una bocadillo de pechuga de pavo, un refresco, dulces y una naranja.

“Miedo tenemos todos, pero gracias a ellas tenemos alimentos. Si no fuera por las monjas muchos las iban a pasar canutas”, señala Antonio, que con el comienzo de la desescalada intenta ganarse la vida como buenamente puede, ya sea cogiendo caracoles o aparcando coches. Antes trabajaba en el campo, pero le diagnosticaron hepatitis C y lo tuvo que dejar. Ahora va “roncheando” de un lado a otro. Pero lo que quiere es trabajar. “Ahora me encuentro bien y me tengo que buscar la vida, ojalá no tuviera que venir”, dice en referencia al comedor, que está cerrado y que sirve los menús en bolsas que los usuarios puedan consumirlos en sus casas.

Eduardo Merino llega a la puerta del comedor cuando ya está cerrado. Y se justifica: “Tengo los pies inflamados por retención de líquidos y tardo una hora en llegar desde mi casa”. Por eso hace tiempo que no se pasa a recoger comida, aunque eso no significa que no le haga falta. “Estoy loco por encontrar trabajo”, expresa. Durante su vida laboral ha sido vigilante de seguridad, reponedor de supermercado, ayudante de cocina, jefe de almacén, camarero, limpiador. También ha hecho campañas agrícolas, aunque menos, “porque te deja la espalda hecha polvo”.

El coronavirus pilló a Eduardo terminando un curso de pintura, tras el que esperaba trabajar. Sin ingresos, ni perspectiva de encontrar un empleo, espera percibir el ingreso mínimo vital aprobado por el Gobierno. Eso evitará que vuelva a dormir en un garaje, como hizo durante tres meses, no hace mucho. “Ahora me estoy recuperando, pero mientras no tenga trabajo…”, interrumpe Antonio, que acude al comedor según esté en ese momento, “tengo rachas buenas y malas”.

Antonio, enseñando la comida que ha recogido en El Salvador. FOTO: MANU GARCÍA

Cada día, las Hijas de la Caridad preparan entre 70 y 75 menús, dependiendo de la demanda. “Son los mismos que antes del confinamiento, pero ahora los damos en bolsas”, explica Sor Teresa, la directora del comedor de El Salvador, cuando atiende a lavozdelsur.es. “Ahora hay más actividad, porque antes servíamos de la olla al mostrador y se comían los menús dentro del comedor, pero ahora hay que ir montando tarrina por tarrina y meterlas en las bolsas”, expresa. Sor Teresa calcula que en torno a un 30% de los usuarios del comedor son habituales, el resto son nuevos, la mayoría personas que se han quedado en paro o que no tienen medio de subsistencia desde que empezó la crisis del coronavirus.

“Al principio todo era como una película de ciencia ficción, todo raro, extraño, nuevo…”, dice la directora, quien asegura que ahora están “más mentalizadas”. Los diez trabajadores del comedor y las diez hermanas de la congregación toman “todas las precauciones posibles”, explica Sor Teresa. El horario ha cambiado, ya no se sirve comida a las 12:30 horas, ahora se reparten las bolsas entre las 12:00 y las 12:45 o las 13:00 horas, aproximadamente, “para que no se junten muchos usuarios”. El comedor de El Salvador está atendiendo a aproximadamente un 60% de usuarios que son nuevos, y parte de las personas que utilizaban sus servicios, están en la actualidad en el Albergue municipal.

Antes de reabrir el comedor necesitan elementos de prevención sanitaria como pantallas y carros para recoger las bandejas, y establecer turnos para que puedan comer dos personas por mesa. Además, las Hijas de la Caridad quieren que el SAS les facilite test para descartar contagios entre la congregación. El Ayuntamiento mantiene un convenio de colaboración con el comedor, al que ha realizado un ingreso de 48.000 euros recientemente, “para que puedan seguir adaptándose a todos los cambios que requiere la situación en las infraestructuras del comedor, adquisición de EPI y demás necesidades”, explica la delegada de Acción Social, Carmen Collado, en una visita reciente.

“Hemos venido a agradecerles esa labor tan encomiable que realizan siempre, pero que ahora cobra todavía más valor. El comedor de El Salvador se ha sabido adaptar a esta realidad sanitaria, y han convertido esa comida que se daba en el salón, en una serie de kits de comida que entregan a las familias que lo necesitan. Tenemos que sumar entre todos para que todas las personas tengan cubiertas sus necesidades básicas”, remata Collado.

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