Abdalah y su segunda familia donde "nadie es ilegal"

Un joven guineano reside en casa de Paco y Aurora, un matrimonio jerezano que lo auxilió temporalmente y que terminó solicitando el acogimiento familiar. Ahora va al instituto y a clases de baile después de estar explotado en Argelia y de cruzar el Estrecho en una barca con remos sin saber nadar

Abdalah, en primer plano, con Paco y Aurora al fondo. FOTO: MANU GARCÍA
Abdalah, en primer plano, con Paco y Aurora al fondo. FOTO: MANU GARCÍA

Abdalah Diallo se emociona al recordar el tiempo que hace que no ve a sus padres. Con su madre habla por teléfono una vez a la semana, “o alguna más si la extraño mucho”, dice visiblemente triste y con la cabeza gacha. El joven, de 16 años, se refiere a su madre biológica, porque en Jerez ha encontrado a una segunda madre y familia. Hace un año que reside en casa de Aurora van Echelpoel, belga de nacimiento, y de Francisco Cuevas, donde comparte techo también con dos hijas del matrimonio en una vivienda en la que convive un crisol de culturas que enriquece a cada miembro de esta particular familia.

Fue en verano de 2018 cuando, por casualidad, se cruzaron las vidas de Abdalah y su familia de acogida. Aurora, muy ligada a la Red de Apoyo a Inmigrantes de Jerez, trabajó durante un tiempo en Anide 8, en Montealegre, un centro de acogida de menores extranjeros en el que estaba el joven guineano. Pero no coincidieron allí, ya que Abdalah se escapó, harto de la mala comida, de no tener ropa y de la falta de higiene que prestaba el centro. Un día después, Aurora recibió una llamada. “A ver si nos puedes ayudar, tenemos a un chico que no tiene dónde quedarse”, le dijeron.

Así fue cómo pasó la primera noche en casa de Paco y Aurora. “Al principio no nos planteamos nada, simplemente que se recuperara y que descansara, porque estaba demacrado”, dice Cuevas, quien añade que Abdalah “se adaptó bien a la familia”. La pequeña de la casa está encantada, y no para de corretear por el patio donde se realiza la entrevista, deseando jugar con el joven guineano. “Luego le fuimos cogiendo cariño al muchacho”, dice Paco entre risas, y empezaron un procedimiento burocrático que ha durado un año.

“Él decía que si volvía al centro de menores se iba para Francia”, recuerdan Paco y Aurora, que acudieron a los servicios de protección del menor de la Junta de Andalucía para solicitar el acogimiento familiar. Después de muchos trámites, consiguieron la partida de nacimiento de Abdalah —“fue horroroso”, recuerda Paco—, después realizaron un curso, pasaron la evaluación, el informe de idoneidad y un test psicológico. Una maraña burocrática que, un año después, concluyó con final feliz: ya tiene la cédula de inscripción que le permite tener documentación, ya que su país de origen no expide pasaportes.

Abdalah, hablando con lavozdelsur.es, con Aurora escuchando al fondo. FOTO: MANU GARCÍA

De su país natal, Abdalah salió hace más de dos años, cuando apenas tenía trece. Desde entonces, su vida ha dado muchas vueltas. Nació en el seno de una familia pobre de Guinea —a la que se le añade el apellido Conakry para diferenciarla de Guinea-Bisáu o Guinea Ecuatorial—, donde compartía vivienda con sus padres y sus cinco hermanos. Iba al instituto, cuando había clase, porque las continuas huelgas de los profesores reclamando mejores condiciones salariales hacían que el curso se interrumpiera constantemente. “Estuve dos meses sin dar clase”, cuenta.

Por eso, ante la falta de perspectivas de futuro, decidió hacer las maletas, con apenas trece años, y emprender un largo viaje de 4.000 kilómetros hasta Argelia, donde pretendía instalarse. No fue fácil su estancia allí. Para sobrevivir empezó a trabajar como peón de albañil, cargando sacos a varios pisos de altura, en un edificio en construcción sin ascensor y sin medidas de seguridad. Tampoco tenía apenas descanso. De esa época conserva un dolor en la espalda, “que tendré siempre”, dice el joven.

“Quería quedarme allí”, apunta, ya que su intención no era cruzar hasta Europa. “Pero la situación era muy dura”, recuerda. Su sueldo lo cobraba un compañero, de más edad, “y había veces que desaparecía y te quedabas sin dinero”, relata, algo que “no podía denunciar”. Por eso decidió cruzar la frontera y establecerse en Marruecos, concretamente en Tánger, donde barría las calles a cambio de las pocas monedas que le daban los vecinos. “Unos me ayudaban y me daban algo, otros me insultaban”, cuenta.

Paco Cuevas, Abdalah Diallo y Aurora van Echelpoel. FOTO: MANU GARCÍA

Hasta que ahorró lo suficiente y surgió la oportunidad de cruzar el Estrecho. En “rame-rame”, como define Abdalah, o lo que es lo mismo, en una barca, con otras doce personas, que se turnaban para remar a mano. Unas cuatro horas duró el viaje, que no se complicó en exceso, algo que agradece el joven guineano, que confiesa que no sabe nadar. En junio de 2018 arribó a las costas españolas, y fue internado en el centro de menores de La Línea, “donde estaba bien”. Luego vinieron otros centros, como Arcos, donde llegó con apenas cuatro euros en el bolsillo, que se gastó en un billete de autobús hasta Jerez para él y un compañero.

En el municipio jerezano tampoco estaba bien atendido, ni alimentado, y se escapó varias veces. De hecho, hasta intentó coger un tren hasta Sevilla para probar suerte en otra ciudad. Pero el destino quiso que conociera a Moustapha, un joven de Senegal que se ofrece para ayudar a personas con movilidad reducida, que lo puso en contacto con Aurora y Paco, con quien ahora vive y está “muy feliz”. Abdalah está escolarizado en un instituto de Jerez. Su primer curso fue “difícil”, ya que aun no manejaba bien el idioma "y no conocía a nadie", pero se integró pronto e hizo buenos amigos. “Aprobé solo Educación Física y Francés”, dice, pero el centro quiso reconocerlo con el premio al esfuerzo educativo. El joven confiesa que le gusta estudiar, y que este curso mejorará sus notas.

“Aporta mucho a la familia”, dice Aurora van Echelpoel, "ya que nos ayuda a ver las cosas de otra manera". Ella confiesa que, “una vez que rompimos la zona de seguridad de la familia”, y lo dejaron entrar en ella, fue todo más fácil, aunque antes de la llegada del guineano ya acogieron temporalmente a otros jóvenes inmigrantes en su casa. Abdalah Diallo es uno más de la familia, y además de ir al instituto —tras prepararse durante todo el verano en una academia—, ahora recibe clases en una academia de baile de la ciudad, desarrollando así una de sus grandes pasiones.

“Nadie es ilegal”, se puede leer en varios idiomas las camisetas que llevan Paco y Aurora durante la entrevista, pertenecientes al club de fútbol sala Dimbali, formado por jóvenes inmigrantes. Una frase que llevan a la práctica, combatiendo la recurrente sentencia racista de “llévatelos a tu casa”. Ellos lo hacen y están muy contentos.

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