El Valle se cura las heridas tras su 'duro invierno': "Los jóvenes cumplen más; a los mayores les cuesta concienciarse"

Unas altas tasas de incidencia en la segunda y, sobre todo, en la tercera ola, han dejado un miedo que va superando este pueblo. "El cierre perimetral, porque la gente no se va, ha beneficiado algo, hay que decirlo", señalan desde dos negocios

Yolanda, propietaria de una frutería en la plaza, en silla de ruedas tras sufrir un accidente días atrás.
Yolanda, propietaria de una frutería en la plaza, en silla de ruedas tras sufrir un accidente días atrás. ESTEBAN

San José del Valle es una localidad a un suspiro de Jerez, un núcleo de casi 4.500 personas que viven en el pueblo y a menudo trabajan en los alrededores. Un pueblo que ha sufrido en las dos últimas olas varios incrementos importantes de casos. Quién podría decir si el incremento del Jerez Rural en la tercera ola influyó en San José del Valle o viceversa, porque ambas zonas viven conectadas, especialmente con La Barca. Esta semana ha lamentado su quinto fallecimiento por covid, según cifras oficiales. Pero tras aquellas tasas disparadas vuelve a respirar.

El mercado de abastos de San José del Valle es un espacio relativamente pequeño, con apenas tres puestos. En el de frutas, su propietaria, Yolanda, no puede atender porque se rompió el tobillo y reconoce que bien le gustaría dar otra explicación, pero "en realidad, los cierres perimetrales le han venido bien a mi negocio, porque la gente ha venido a comprar más aquí. Me habría gustado que no fuera esa la razón, pero es la realidad". Lleva una década en el puesto. "De marzo para acá ha aumentado la venta". Los vecinos, dicen, han pasado "miedo en enero, se ha notado que mucha gente no salía. Ahora ha empezado a andar más por el pueblo", dice.

Francisco, un miembro de la primera familia con contagios y que estuvo aislado.
Francisco, un miembro de la primera familia con contagios y que estuvo aislado. ESTEBAN

"Y aquí se ha cumplido por edades. Los mayores son los que parece que tienen menos miedo". Ha puesto los números de orden para que puedan esperar fuera. "Guantes, gel...". Los jóvenes "respetan la distancia y esperan en la calle. Mi madre, con 65 años, no se adapta a esperar fuera, tiene que entrar a mirar la fruta... 'Mamá, que está la gente fuera', le tengo que decir. No molesta, pero es que les cuesta más. Aunque el pueblo, en general, ha cumplido bien". En marzo pasó miedo. Iba con miedo a trabajar. No era para menos. De un día para otro, su compañero en la plaza, Francisco, pescadero, estaba aislado.

"Fuimos la primera familia del pueblo, vamos, mi suegra, pero yo estuve aislado, como todos sus hijos", dice. No tiene claro cómo lo pudieron coger. "Yo sigo sin pasarlo, me hice ayer la prueba porque me ahogaba un poco, pero he dado negativo". Estaba sin síntomas, pero nunca llegó a hacerse una prueba para dar negativo. "Venía el alcalde a llevarme los mandados a casa. Estábamos asustados por lo que veíamos". Su suegra sí pasó por el hospital. "Estuvo en UCI, aunque no intubada. No ha tenido secuelas, se ha recuperado".

Francisco, en la barra de su establecimiento.
Francisco, en la barra de su establecimiento. ESTEBAN

Los que más han sufrido el coronavirus son, como en muchos lugares, los hosteleros. No hay más que filosofía para aguantarlo. A pesar de la expectativa, la Junta finalmente no permitirá la apertura hasta las 21:30 horas en la localidad, que pertenece al distrito sanitario de Jerez-Costa Noroeste. Francisco Medinilla, a sus 27 años, es propietario de la Taberna el Rancho, a un paso del Ayuntamiento. Éste es su segundo año con el establecimiento, por lo que solo pudo disfrutarlo el primero. "Veo a la gente con mucho miedo aún", señala. "Esto es de poco movimiento. Hemos estado cerrado un mes, de mediados de enero hasta el 14 de febrero". En los días de confinamiento perimetral, como en la frutería, "nos ha ido mejor porque el pueblo se va menos", y vecinos de alrededores van poco, relativamente, a San José del Valle. El problema es ese miedo persistente. "Creo que los horarios aún se podrían ampliar un poco", decía al mediodía, poco antes del anuncio de la Junta de que se mantendría el cierre a las seis. No tiene intención de cerrar, hay que aguantar, porque "esto es lo que me tiene que dar de comer".

En la barra tapea un pequeño grupo de tres personas. Lorenzo es propietario de un bar cercano, que antes de la pandemia aguantaba hasta la madrugada, tipo pub. "No veo alegría, aunque las restricciones las veo bien. Sí las veo un poco exageradas. Algo se movía en verano, y entiendo que podría hacerse de otra forma". Por la noche "reparto pizzas y la gente hace fiestas en sus casas. Yo lo veo. Pero es que yo el primero. Si a las seis cierran, por qué no vas a seguir tomando algo en casa de un amigo, ¿por qué no? En todos lados lo hemos hecho igual".

San José del Valle 03
Isabel y Lorenzo, dueños de un comercio y de un bar, en primer término.   ESTEBAN

Isabel, sentada frente a él, es propietaria de un pequeño comercio dedicado a la moda, que tiraba adelante gracias a eventos, bodas. "Si no hay bares, si la gente no se casa, al final no lo sufro solo yo, sino que es una cadena", sentencia. Es la realidad de la gran ciudad y del pequeño pueblo. "La hostelería paga el pato, pero al final lo pagamos todo. Nos lo quitan todo, ¿quién se compra ropa si no sale?". "El Ayuntamiento", remacha Lorenzo, "no tiene dinero a lo mejor para las ayudas que puede dar otra administración, pero... ¿por qué seguir pagando por la terraza? Eso lo podría quitar". 

Empresarios, miedos, costumbres... Cierre o abra, al final, la crisis del coronavirus es un rodillo que pisa a todos por igual, aunque las circunstancias que lo definan vayan mutando. San José del Valle es un pueblo que aguanta bien un cierre perimetral, porque los vecinos no se escapan a consumir a otras localidades, pero que es solo el mal menor... Es una cadena. En la gran ciudad y en la pequeña. Eso sí, ahora, sin apenas casos. Y mirando al frente.

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