Día completo dedicado a la situación actual del servicio ferroviario en España. Sesión extraordinaria de mañana y tarde en el Senado del ministro de Transportes, Óscar Puente, donde fue recibido al grito de "dimisión, dimisión", territorio abiertamente hostil, el Senado, en el que hay una clara mayoría absoluta del PP. Tarde de funeral, casi de Estado, en Huelva, con la presencia de los Reyes; el presidente de la Junta, Juanma Moreno y la vicepresidenta primera del Gobierno, María Jesús Montero.
Puente, en sus explicaciones, reconoció que la vía del AVE entre Sevilla y Madrid está a falta de renovar "cientos de miles de elementos" y que el objetivo es acometer dicha renovación en distintos planes plurianuales, sin que cese en ningún momento el servicio entre ambas ciudades. Puente estuvo, en la medida de lo posible, hábil, fajador, aunque sin salirse del todo del guion excesivamente semántico que ha estado manteniendo desde que terminó la tregua. Porque... ¿qué es una reforma integral? Una de las cosas que va quedando claro es que para un ministro la palabra "integral" no significa lo mismo que para que un ciudadano corriente. Una "reforma integral" en política –y en la vía férrea a la altura de la localidad de Adamuz–, ahora ya lo sabemos, no significa que todo lo viejo se sustituya por algo nuevo, sino que se ha actuado en la zona y está todo ok respondiendo a determinados criterios. "Puedo mirar a la cara a las víctimas", afirmó tajante Puente durante su intervención.
El ministro está encastillado, se siente fuerte para seguir, con un apoyo explícito y aparentemente sincero –ojo, esto es política– del presidente Sánchez y no se siente aparentemente presionado para dimitir, pese a que los socios del Gobierno comienzan a cuestionar abiertamente su gestión. Incluso Junts ha solicitado abiertamente su dimisión, aunque sea por el tema de Rodalies –otro–, que también salió a relucir, que se ve que achacar los problemas del mantenimiento de las infraestructuras "al cambio climático" no cuela entre los independentistas catalanes.
Con Puente todavía hablando en el Senado, comenzaron a llegar las autoridades al llamado funeral (casi) de Estado celebado en el Palacio de los Deportes de Huelva, con la presencia de unas 4.000 personas. Con este tema se ha evitado la polémica política, al menos en público, otra cosa es lo que haya ocurrido entre bambalinas. El caso es que el funeral de Estado de carácter laico que pretendía el Gobierno se lo ha 'comido', así de simple, la programación de un funeral-funeral al que la presencia de los Reyes ha terminado por dar toda la carga de un acto de Estado. Una vez que el debate político sobre lo ocurrido en Adamuz fue ganando terreno a la unidad frente a la desgracia que escenificaron los principales partidos políticos durante tres o cuatro primeros días, el Gobierno empezó a sopesar que pudiera producirse antes, durante o después del acto algún tipo de protesta protagonizada por familiares o amigos de las víctimas o incluso por algún grupúsculo con alguna intención claramente política. Vaya, que no se quería correr ningún riesgo en lo que se refiere al presidente Sánchez... aunque probablemente tampoco se midió lo de programar acto laico en una tierra especialmente fervorosa como es Huelva, que se podía 'pinchar', en resumen.
Desde el Gobierno se envió la idea de aplazamiento del funeral de Estado para que las víctimas y sus familiares tuvieran más tiempo, pero ya estaba en aire que la razón era otra... la programación de un funeral religioso –con los Reyes, el presidente Juanma Moreno y María Jesús Montero, como vicepresienta y andaluza– probablemente ha sido la puntilla del acto que el gabinete de Pedro Sánchez tenía en mente, que difícilmente llegue a llevarse a cabo.
Por lo demás, el obispo de Huelva ha hecho una homilía cercana en la que ha recordado los nombres de los fallecidos en su homilía y ha pedido justicia para ellos, con todos los asistentes muy emocionados, en un acto que va a seguir dando más de qué hablar por lo que no ha sido...
