Avispas invasoras: mucho ruido, muchas preguntas y una amenaza que ya está aquí, según los expertos
El avispón oriental apareció en Algeciras en 2018 y ya se extiende por Andalucía. Enrique Peña, investigador científico y ambientólogo, explica hasta dónde puede llegar
Una avispa enorme, un aguijón y una palabra que funciona especialmente bien cuando se coloca en un titular: invasora. El resto casi viene solo. Vídeos en redes sociales, avisos sobre nidos, fotografías de ejemplares de varios centímetros y noticias sobre personas que han sufrido picaduras han convertido a los avispones invasores en inesperados protagonistas. El miedo, como tantas veces, viaja más rápido que la ciencia. Pero detrás del ruido existe un problema ambiental real. Y probablemente bastante más interesante que el relato de la "avispa asesina".
España tiene que convivir ya con varias especies no nativas del género Vespa. Y no es la moto clásica. Dos concentran buena parte de la atención: Vespa velutina, conocida popularmente como avispa asiática o avispón de patas amarillas; y Vespa orientalis, el avispón oriental. La primera lleva más de una década expandiéndose fundamentalmente por el norte de la Península. La segunda está protagonizando una rápida colonización del sur, especialmente de Andalucía. Conviene comenzar precisamente ahí, porque no son lo mismo. "Hay mucha confusión en la prensa porque la que tenemos aquí es distinta de la que hay en el norte", explica Enrique Peña, investigador científico y ambientólogo. Y la diferencia importa para reconocerlas, comprender cómo han llegado y, sobre todo, saber qué podemos esperar de ellas.
¿Qué son las avispas y avispones invasores?
La imagen de una única gran avispa extranjera avanzando por España es falsa. "En el norte tenemos la Vespa velutina, que es el avispón asiático. La que tenemos aquí es Vespa orientalis, el avispón oriental. Son distintas", aclara el investigador.
La Vespa velutina nigrithorax es originaria del sudeste asiático. Presenta un aspecto predominantemente oscuro, con las terminaciones de las patas amarillas y una banda amarillo-anaranjada muy característica en el abdomen. La especie fue detectada en Francia a comienzos de este siglo y, desde allí, emprendió una expansión que terminaría atravesando los Pirineos. España confirmó su presencia en agosto de 2010 en Amaiur, Navarra, y ese mismo año apareció también en distintos puntos de Guipúzcoa. Desde entonces ha conquistado buena parte del norte y noroeste peninsular.
"Hay mucha confusión en la prensa porque la que tenemos aquí es distinta de la que hay en el norte"
La Vespa orientalis juega otra partida. "La oriental es una avispa grande, con una franja amarilla bastante marcada y lo que más llama la atención para distinguirla es ese color pardo rojizo que tiene", describe el ambientólogo. Su propio nombre puede provocar otro equívoco: "Escuchamos avispón oriental y parece que tiene que venir directamente de China, pero no es así. Su distribución natural ya incluía zonas de Asia, el Mediterráneo oriental y el norte de África".
Su presencia en la Península es, sin embargo, muy reciente. Los primeros ejemplares fueron localizados en Valencia en el otoño de 2012. En Andalucía hubo que esperar hasta octubre de 2018, cuando comenzaron a localizarse ejemplares en Algeciras. Aquello no tardaría en dejar de ser una anécdota. "En 2018 y 2019 eran avistamientos más puntuales. Hoy la gente ya tiene bastante experiencia viéndola. Está en Cádiz, Málaga, Córdoba, Sevilla, Huelva... En buena parte de Andalucía está ya establecida", apunta el científico.
Los últimos estudios respaldan esa percepción. Una investigación de la Estación Biológica de Doñana-CSIC y otras instituciones, publicada en Biological Invasions, reunió 695 registros de Vespa orientalis en España hasta finales de 2024. A las provincias donde ya se conocía se sumaron nuevas detecciones en Almería, Córdoba, Granada, Huelva y Sevilla, e incluso un registro aislado en Toledo. Hay un dato especialmente significativo: más del 75% de las observaciones analizadas se encontraban a menos de un kilómetro de zonas urbanas, una evidencia de que el avispón oriental no parece sentirse demasiado incómodo viviendo cerca de nosotros.
¿Cómo han llegado a nuestros lares?
Un insecto no necesita comprar un billete de avión. Le basta con una caja, un contenedor o cualquier mercancía que atraviese medio planeta sin que nadie advierta que lleva un pasajero dentro. El comercio internacional se ha convertido en una formidable autopista para las especies exóticas. En el caso de la velutina, la invasión europea comenzó en Francia. Desde allí avanzó hasta alcanzar España por el norte. El Ministerio para la Transición Ecológica sitúa su origen en el sudeste asiático y considera la introducción accidental mediante el transporte de mercancías como la explicación del desembarco europeo.
Con Vespa orientalis no existe una reconstrucción definitiva de su viaje hasta Andalucía, pero las pistas apuntan al mismo fenómeno. "Parece que aquí entró por Algeciras y todo hace pensar que pudo hacerlo asociada al comercio marítimo, posiblemente en contenedores procedentes de lugares donde ya estaba presente", plantea Enrique Peña. La afirmación requiere un matiz: lo que está científicamente documentado es que los primeros registros andaluces aparecieron en Algeciras en 2018. La entrada mediante el tráfico marítimo de mercancías es una hipótesis planteada por los propios investigadores, pero no puede darse por demostrada la ruta exacta seguida por aquellos primeros ejemplares.
"Si al principio ya hubiera sido complicado controlarla, ahora prácticamente es imposible"
No es, en cualquier caso, una hipótesis caprichosa. El primer trabajo científico que documentó la especie en Andalucía señaló el intenso tráfico mercante del puerto de Algeciras como probable vía de introducción. La proximidad de varias observaciones al puerto y a zonas relacionadas con el movimiento de contenedores reforzó esa posibilidad. El problema comienza después, cuando unos cuantos ejemplares dejan de serlo y la especie empieza a reproducirse y dispersarse. "Si al principio ya hubiera sido complicado controlarla, ahora estamos en un punto en el que prácticamente es imposible", considera el investigador.
El experto pone como ejemplo otras invasiones biológicas conocidas en Andalucía, como las cotorras de Kramer presentes en Sevilla y otras grandes ciudades. Atajar los primeros individuos habría requerido medios y vigilancia. Intentarlo cuando existen miles resulta mucho más complejo y, tratándose de insectos, el desafío aumenta. "En el caso de los insectos se nos escapa mucho más el control por el tamaño, por dónde pueden hacer los nidos y por la capacidad de propagación que tienen", advierte.
La Vespa orientalis tampoco es demasiado exquisita a la hora de elegir vivienda. Se han encontrado nidos subterráneos y en huecos de construcciones y otras cavidades. El ambientólogo ha podido comprobar esa capacidad de adaptación a través de apicultores de la zona. "He hablado con Pablo Ojeda, apicultor de Carmona y ya me comentaba que empezaron a verla el año pasado, que retiraron un nido y que han localizado otros. Puede anidar en el suelo o en muros. Se adapta bastante bien al ambiente urbano". La investigación más reciente vuelve a coincidir con esa observación: las ciudades y zonas periurbanas parecen actuar no solo como lugares favorables para la especie, sino potencialmente como puntos desde los que continuar su expansión.
La producción de miel se puede ver afectada por estos avispones invasores, ya que son depredadores de abejas.
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MANU GARCÍA
¿Qué mitos y verdades hay?
Aquí aparece una de las grandes contradicciones del fenómeno: el mayor impacto conocido de estos avispones probablemente no sea el que más titulares genera. "Las verdades son lo que estamos hablando. Los mitos aparecen muchas veces con aquello que llama la atención en los medios y termina creando bastante confusión", sostiene el científico. Y pocas cosas llaman tanto la atención como una picadura.
¿Su picadura es mortal? Puede serlo, pero esa respuesta necesita inmediatamente una explicación. Una picadura de avispa puede desencadenar una reacción anafiláctica en una persona alérgica. Muchas picaduras simultáneas también pueden provocar una intoxicación grave. Acercarse accidentalmente a un nido y desencadenar una respuesta defensiva de la colonia constituye, por tanto, una situación potencialmente peligrosa. Lo que no debe deducirse de ahí es que Vespa velutina o Vespa orientalis sean criaturas excepcionalmente letales que ataquen indiscriminadamente a las personas.
"Está claro que una avispa te pica y te va a hacer daño", reconoce. "Pero no parece que exista una peligrosidad extraordinariamente diferente de la que pueden tener otras avispas". El investigador pone el foco precisamente en cómo se construye en ocasiones el relato: "Lees que una avispa ha picado a una persona y ha muerto. Es un titular que llama muchísimo la atención. Pero cuando tiras del hilo, muchas veces detrás existe una alergia o alguna circunstancia añadida".
"Si no te das cuenta de que hay un nido, lo pisas o pasas demasiado cerca, pueden sentirse amenazadas y producirse un ataque en grupo"
Eso no resta gravedad a los fallecimientos ni al riesgo para las personas alérgicas. Simplemente coloca el peligro donde corresponde. Tampoco conviene acercarse a un avispero para comprobarlo. "Si no te das cuenta de que hay un nido, lo pisas o pasas demasiado cerca, pueden sentirse amenazadas y producirse un ataque en grupo. Pero eso también puede ocurrir con otras avispas", precisa. El consejo es bastante menos espectacular que algunos vídeos de internet: si se localiza un nido, especialmente cerca de viviendas o lugares transitados, no debe manipularse y hay que comunicarlo a los servicios competentes.
¿Se están comiendo a nuestras abejas? Aquí hay bastante menos espacio para el mito: sí. "Está claro que merma las poblaciones de abejas", afirma el ambientólogo. Tanto la velutina como el avispón oriental son depredadoras y las colmenas ofrecen algo difícil de rechazar: una enorme concentración de presas en un espacio muy pequeño.
Los avispones capturan abejas y otros insectos para proporcionar proteínas a sus larvas. Pero el efecto sobre una colmena no consiste únicamente en contar cuántas desaparecen entre sus mandíbulas. La presencia continuada del depredador puede alterar la actividad de las propias abejas, reducir el pecoreo y aumentar el estrés de colonias que ya soportan otros problemas. Aquí entra también la experiencia que le ha trasladado Pablo Ojeda: "Las abejas ya tienen sus historias y sus complicaciones: la sequía, la falta de floración en determinados momentos, otros depredadores... Cuantos más elementos añades, y encima uno nuevo que viene de fuera, mayor es la presión".
En Andalucía la preocupación ya ha saltado de la biología a la economía. La expansión de la Vespa orientalis está inquietando especialmente al sector apícola por su capacidad para atacar colmenas. Pero quedarse únicamente con la abeja doméstica puede llevarnos a cometer otro error. Una colmena tiene propietario, producción y pérdidas cuantificables; un insecto silvestre que desaparece silenciosamente de un ecosistema no envía una factura. Y es ahí donde empieza el gran agujero negro de esta historia.
¿Qué retos tenemos con ellas?
"Una cosa es lo que vemos y otra cosa es lo que no vemos". Probablemente sea la frase que mejor resume el problema. Sabemos que estos avispones depredan, que se expanden, que afectan a las abejas y que pueden generar perjuicios económicos. Lo que conocemos mucho peor es todo lo que ocurre alrededor. "Los estudios no son nulos, pero todavía son muy escasos", reconoce el investigador, especialmente en el caso de la Vespa orientalis y su reciente expansión por España.
La lógica ecológica plantea preguntas inevitables. Si aparece un nuevo depredador, consigue alimento, se reproduce y amplía rápidamente su territorio, está incorporándose a unas relaciones ecológicas que existían antes de su llegada. "Si tú ves que se propaga de una forma tan rápida, está claro que está triunfando en el medio. Ha llegado y se ha hecho con un nicho ecológico importante. ¿Cómo y cuánto está afectando? Pues no lo sabemos", reflexiona.
Ese "no lo sabemos" resulta bastante más importante que aparentar una certeza inexistente. ¿Qué insectos está consumiendo además de abejas? ¿Puede reducir determinadas poblaciones de polinizadores silvestres? ¿Compite con especies autóctonas? ¿Qué consecuencias tendría esa competencia? ¿Puede la disminución de una especie provocar efectos sobre otras? "Puede estar comiéndose especies y eso desencadenar una cadena de afecciones en el medio ambiente que puedan llegar a ser graves. Y quizá ni siquiera sepamos todavía qué estamos buscando", advierte.
Un ejemplar de velutina, que aún no ha llegado a Andalucía.
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La ciencia conoce bien las cascadas ecológicas: modificar una pieza puede provocar consecuencias en otras aparentemente alejadas. Eso no significa que debamos atribuir ya a estos avispones efectos que todavía no se han demostrado. Precisamente significa lo contrario: hay que investigarlos. "Ahora sabemos que afectan a partes del medio ambiente que además nos afectan económicamente a nosotros. Pero pueden estar afectando a otras muchas cosas de las que no tenemos ni idea", insiste el científico.
La expansión del avispón oriental proporciona motivos suficientes para tomarse la pregunta en serio. El estudio más reciente sobre el sur de España no solo constata su avance por Andalucía, sino que también ha encontrado ejemplares en espacios naturales, incluido Doñana. La frontera entre la ciudad y el ecosistema natural comienza, por tanto, a desdibujarse. "El reto es empezar a intuir hasta dónde puede llegar la afección sobre nuestro ecosistema ambiental y también sobre nuestro ecosistema económico", resume Enrique Peña, antes de añadir una frase menos científica, pero probablemente muy española: "Lo más normal es que lleguemos tarde".
¿Qué pueden hacer las administraciones para contener estas avispas?
"Lo primero es hacer estudios", defiende el ambientólogo. Antes de fumigar, trampear o anunciar grandes campañas hay que conocer qué tenemos delante. "Hay que basarse en la ciencia. Saber cómo actúa, cómo se mueve, cómo se está propagando y hasta dónde puede llegar esa afección".
La diferencia entre prevención, erradicación y control es fundamental. Cuando una especie acaba de aparecer en un territorio y existen unos pocos focos localizados, una respuesta rápida puede evitar su establecimiento. Cuando lleva años reproduciéndose y ocupa enormes extensiones, hablar de erradicación puede convertirse en una aspiración poco realista. El propio caso de la Vespa velutina demuestra la dificultad. España dispone desde hace años de una estrategia nacional de gestión y control, pero la especie continúa presente en amplias zonas del territorio.
Con Vespa orientalis, el tiempo tampoco parece jugar a favor. "Probablemente hemos llegado ya a un punto en el que en muchos lugares tendremos que hablar más de adaptarnos y gestionar el problema que de eliminarlo", considera. Eso no significa cruzarse de brazos. Las administraciones pueden reforzar los sistemas de detección temprana en territorios todavía libres de la especie, establecer protocolos rápidos para retirar nidos, mejorar la coordinación entre ayuntamientos y comunidades autónomas, apoyar a los apicultores, investigar métodos selectivos de control y aprovechar la ciencia ciudadana para conocer por dónde avanza.
"En muchos lugares tendremos que hablar más de adaptarnos y gestionar el problema que de eliminarlo"
De hecho, buena parte del mapa actual del avispón oriental ha podido reconstruirse gracias a observaciones ciudadanas verificadas posteriormente por especialistas. Entre 2023 y 2024, un proyecto desarrollado en Andalucía detectó un aumento del 30% de los registros, con Cádiz, Málaga y Sevilla como las provincias más afectadas. Hay además una precaución esencial: combatir una especie invasora no puede significar declarar la guerra a cualquier insecto que tenga alas y rayas amarillas. Las trampas indiscriminadas pueden capturar multitud de especies autóctonas y provocar precisamente el daño a la biodiversidad que se pretende evitar. Cualquier programa de control necesita selectividad, seguimiento y evaluación científica.
A ello se suma la puerta de entrada. Si mercancías y transportes internacionales pueden mover inadvertidamente especies a miles de kilómetros, mejorar la vigilancia y la bioseguridad en puertos y puntos de entrada resulta mucho más eficiente que perseguir después millones de descendientes de aquel primer pasajero clandestino. El investigador, sin embargo, no es particularmente optimista respecto a nuestra capacidad para anticiparnos: "La administración es lenta. La información va cayendo con cuentagotas hasta que llega a algún nivel del Estado donde se pueden tomar decisiones importantes y con buen soporte científico. Mientras tanto, estas especies avanzan mucho más rápido". No significa, puntualiza, que las administraciones no estén actuando ni que no existan investigadores trabajando sobre ellas. Su crítica apunta a una diferencia de velocidades: el insecto no espera un informe.
Una imagen del puerto de Algeciras, por donde parece que entró por primera vez el avispón oriental en Andalucía en 2018.
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Y existe una última batalla que no se libra en colmenas, bosques ni laboratorios, sino en una pantalla. "Ahora mismo lo que llega más rápido son los medios y las redes sociales", lamenta. Un titular sobre una "avispa asesina" siempre tendrá más posibilidades de circular que un estudio sobre interacciones tróficas. Una persona atacada por un enjambre genera imágenes; la reducción progresiva de una población de insectos silvestres, no. "Desgraciadamente los medios comen de la visita y llama muchísimo la atención decir que una avispa ha picado a un ciclista y este se ha muerto. Pero detrás de eso normalmente hay poca profundidad y poca ciencia", sentencia.
Quizá ahí esté la gran paradoja. Tenemos razones para preocuparnos por estas avispas, pero no necesariamente por las razones que más ruido generan. La cuestión no es vivir mirando al cielo por si aparece una velutina ni convertir cada orientalis en una pequeña película de terror. El verdadero problema es bastante menos cinematográfico: estamos introduciendo especies en ecosistemas que han tardado miles de años en construir sus equilibrios y, muchas veces, descubrimos las consecuencias cuando revertirlas resulta extraordinariamente difícil.
En el norte, la Vespa velutina lleva años demostrando hasta dónde puede llegar una invasión biológica. En Andalucía, la Vespa orientalis escribe ahora otro capítulo. Sabemos que depredan abejas, que pueden perjudicar a la apicultura, que se están expandiendo y que determinadas picaduras pueden ser peligrosas, como la de cualquier avispa o grupo de avispas. Después aparece una lista bastante más incómoda de preguntas para las que todavía no tenemos respuesta. "Una cosa es lo que vemos y otra cosa es lo que no vemos", recuerda el investigador. Tal vez sea precisamente lo segundo lo que debería preocuparnos más.
Una avispa enorme, un aguijón y una palabra que funciona especialmente bien cuando se coloca en un titular: invasora. El resto casi viene solo. Vídeos en redes sociales, avisos sobre nidos, fotografías de ejemplares de varios centímetros y noticias sobre personas que han sufrido picaduras han convertido a los avispones invasores en inesperados protagonistas. El miedo, como tantas veces, viaja más rápido que la ciencia. Pero detrás del ruido existe un problema ambiental real. Y probablemente bastante más interesante que el relato de la "avispa asesina".
España tiene que convivir ya con varias especies no nativas del género Vespa. Y no es la moto clásica. Dos concentran buena parte de la atención: Vespa velutina, conocida popularmente como avispa asiática o avispón de patas amarillas; y Vespa orientalis, el avispón oriental. La primera lleva más de una década expandiéndose fundamentalmente por el norte de la Península. La segunda está protagonizando una rápida colonización del sur, especialmente de Andalucía. Conviene comenzar precisamente ahí, porque no son lo mismo. "Hay mucha confusión en la prensa porque la que tenemos aquí es distinta de la que hay en el norte", explica Enrique Peña, investigador científico y ambientólogo. Y la diferencia importa para reconocerlas, comprender cómo han llegado y, sobre todo, saber qué podemos esperar de ellas.
¿Qué son las avispas y avispones invasores?
La imagen de una única gran avispa extranjera avanzando por España es falsa. "En el norte tenemos la Vespa velutina, que es el avispón asiático. La que tenemos aquí es Vespa orientalis, el avispón oriental. Son distintas", aclara el investigador.
La Vespa velutina nigrithorax es originaria del sudeste asiático. Presenta un aspecto predominantemente oscuro, con las terminaciones de las patas amarillas y una banda amarillo-anaranjada muy característica en el abdomen. La especie fue detectada en Francia a comienzos de este siglo y, desde allí, emprendió una expansión que terminaría atravesando los Pirineos. España confirmó su presencia en agosto de 2010 en Amaiur, Navarra, y ese mismo año apareció también en distintos puntos de Guipúzcoa. Desde entonces ha conquistado buena parte del norte y noroeste peninsular.
"Hay mucha confusión en la prensa porque la que tenemos aquí es distinta de la que hay en el norte"
La Vespa orientalis juega otra partida. "La oriental es una avispa grande, con una franja amarilla bastante marcada y lo que más llama la atención para distinguirla es ese color pardo rojizo que tiene", describe el ambientólogo. Su propio nombre puede provocar otro equívoco: "Escuchamos avispón oriental y parece que tiene que venir directamente de China, pero no es así. Su distribución natural ya incluía zonas de Asia, el Mediterráneo oriental y el norte de África".
Su presencia en la Península es, sin embargo, muy reciente. Los primeros ejemplares fueron localizados en Valencia en el otoño de 2012. En Andalucía hubo que esperar hasta octubre de 2018, cuando comenzaron a localizarse ejemplares en Algeciras. Aquello no tardaría en dejar de ser una anécdota. "En 2018 y 2019 eran avistamientos más puntuales. Hoy la gente ya tiene bastante experiencia viéndola. Está en Cádiz, Málaga, Córdoba, Sevilla, Huelva... En buena parte de Andalucía está ya establecida", apunta el científico.
Los últimos estudios respaldan esa percepción. Una investigación de la Estación Biológica de Doñana-CSIC y otras instituciones, publicada en Biological Invasions, reunió 695 registros de Vespa orientalis en España hasta finales de 2024. A las provincias donde ya se conocía se sumaron nuevas detecciones en Almería, Córdoba, Granada, Huelva y Sevilla, e incluso un registro aislado en Toledo. Hay un dato especialmente significativo: más del 75% de las observaciones analizadas se encontraban a menos de un kilómetro de zonas urbanas, una evidencia de que el avispón oriental no parece sentirse demasiado incómodo viviendo cerca de nosotros.
¿Cómo han llegado a nuestros lares?
Un insecto no necesita comprar un billete de avión. Le basta con una caja, un contenedor o cualquier mercancía que atraviese medio planeta sin que nadie advierta que lleva un pasajero dentro. El comercio internacional se ha convertido en una formidable autopista para las especies exóticas. En el caso de la velutina, la invasión europea comenzó en Francia. Desde allí avanzó hasta alcanzar España por el norte. El Ministerio para la Transición Ecológica sitúa su origen en el sudeste asiático y considera la introducción accidental mediante el transporte de mercancías como la explicación del desembarco europeo.
Con Vespa orientalis no existe una reconstrucción definitiva de su viaje hasta Andalucía, pero las pistas apuntan al mismo fenómeno. "Parece que aquí entró por Algeciras y todo hace pensar que pudo hacerlo asociada al comercio marítimo, posiblemente en contenedores procedentes de lugares donde ya estaba presente", plantea Enrique Peña. La afirmación requiere un matiz: lo que está científicamente documentado es que los primeros registros andaluces aparecieron en Algeciras en 2018. La entrada mediante el tráfico marítimo de mercancías es una hipótesis planteada por los propios investigadores, pero no puede darse por demostrada la ruta exacta seguida por aquellos primeros ejemplares.
"Si al principio ya hubiera sido complicado controlarla, ahora prácticamente es imposible"
No es, en cualquier caso, una hipótesis caprichosa. El primer trabajo científico que documentó la especie en Andalucía señaló el intenso tráfico mercante del puerto de Algeciras como probable vía de introducción. La proximidad de varias observaciones al puerto y a zonas relacionadas con el movimiento de contenedores reforzó esa posibilidad. El problema comienza después, cuando unos cuantos ejemplares dejan de serlo y la especie empieza a reproducirse y dispersarse. "Si al principio ya hubiera sido complicado controlarla, ahora estamos en un punto en el que prácticamente es imposible", considera el investigador.
El experto pone como ejemplo otras invasiones biológicas conocidas en Andalucía, como las cotorras de Kramer presentes en Sevilla y otras grandes ciudades. Atajar los primeros individuos habría requerido medios y vigilancia. Intentarlo cuando existen miles resulta mucho más complejo y, tratándose de insectos, el desafío aumenta. "En el caso de los insectos se nos escapa mucho más el control por el tamaño, por dónde pueden hacer los nidos y por la capacidad de propagación que tienen", advierte.
La Vespa orientalis tampoco es demasiado exquisita a la hora de elegir vivienda. Se han encontrado nidos subterráneos y en huecos de construcciones y otras cavidades. El ambientólogo ha podido comprobar esa capacidad de adaptación a través de apicultores de la zona. "He hablado con Pablo Ojeda, apicultor de Carmona y ya me comentaba que empezaron a verla el año pasado, que retiraron un nido y que han localizado otros. Puede anidar en el suelo o en muros. Se adapta bastante bien al ambiente urbano". La investigación más reciente vuelve a coincidir con esa observación: las ciudades y zonas periurbanas parecen actuar no solo como lugares favorables para la especie, sino potencialmente como puntos desde los que continuar su expansión.
La producción de miel se puede ver afectada por estos avispones invasores, ya que son depredadores de abejas.
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MANU GARCÍA
¿Qué mitos y verdades hay?
Aquí aparece una de las grandes contradicciones del fenómeno: el mayor impacto conocido de estos avispones probablemente no sea el que más titulares genera. "Las verdades son lo que estamos hablando. Los mitos aparecen muchas veces con aquello que llama la atención en los medios y termina creando bastante confusión", sostiene el científico. Y pocas cosas llaman tanto la atención como una picadura.
¿Su picadura es mortal? Puede serlo, pero esa respuesta necesita inmediatamente una explicación. Una picadura de avispa puede desencadenar una reacción anafiláctica en una persona alérgica. Muchas picaduras simultáneas también pueden provocar una intoxicación grave. Acercarse accidentalmente a un nido y desencadenar una respuesta defensiva de la colonia constituye, por tanto, una situación potencialmente peligrosa. Lo que no debe deducirse de ahí es que Vespa velutina o Vespa orientalis sean criaturas excepcionalmente letales que ataquen indiscriminadamente a las personas.
"Está claro que una avispa te pica y te va a hacer daño", reconoce. "Pero no parece que exista una peligrosidad extraordinariamente diferente de la que pueden tener otras avispas". El investigador pone el foco precisamente en cómo se construye en ocasiones el relato: "Lees que una avispa ha picado a una persona y ha muerto. Es un titular que llama muchísimo la atención. Pero cuando tiras del hilo, muchas veces detrás existe una alergia o alguna circunstancia añadida".
"Si no te das cuenta de que hay un nido, lo pisas o pasas demasiado cerca, pueden sentirse amenazadas y producirse un ataque en grupo"
Eso no resta gravedad a los fallecimientos ni al riesgo para las personas alérgicas. Simplemente coloca el peligro donde corresponde. Tampoco conviene acercarse a un avispero para comprobarlo. "Si no te das cuenta de que hay un nido, lo pisas o pasas demasiado cerca, pueden sentirse amenazadas y producirse un ataque en grupo. Pero eso también puede ocurrir con otras avispas", precisa. El consejo es bastante menos espectacular que algunos vídeos de internet: si se localiza un nido, especialmente cerca de viviendas o lugares transitados, no debe manipularse y hay que comunicarlo a los servicios competentes.
¿Se están comiendo a nuestras abejas? Aquí hay bastante menos espacio para el mito: sí. "Está claro que merma las poblaciones de abejas", afirma el ambientólogo. Tanto la velutina como el avispón oriental son depredadoras y las colmenas ofrecen algo difícil de rechazar: una enorme concentración de presas en un espacio muy pequeño.
Los avispones capturan abejas y otros insectos para proporcionar proteínas a sus larvas. Pero el efecto sobre una colmena no consiste únicamente en contar cuántas desaparecen entre sus mandíbulas. La presencia continuada del depredador puede alterar la actividad de las propias abejas, reducir el pecoreo y aumentar el estrés de colonias que ya soportan otros problemas. Aquí entra también la experiencia que le ha trasladado Pablo Ojeda: "Las abejas ya tienen sus historias y sus complicaciones: la sequía, la falta de floración en determinados momentos, otros depredadores... Cuantos más elementos añades, y encima uno nuevo que viene de fuera, mayor es la presión".
En Andalucía la preocupación ya ha saltado de la biología a la economía. La expansión de la Vespa orientalis está inquietando especialmente al sector apícola por su capacidad para atacar colmenas. Pero quedarse únicamente con la abeja doméstica puede llevarnos a cometer otro error. Una colmena tiene propietario, producción y pérdidas cuantificables; un insecto silvestre que desaparece silenciosamente de un ecosistema no envía una factura. Y es ahí donde empieza el gran agujero negro de esta historia.
¿Qué retos tenemos con ellas?
"Una cosa es lo que vemos y otra cosa es lo que no vemos". Probablemente sea la frase que mejor resume el problema. Sabemos que estos avispones depredan, que se expanden, que afectan a las abejas y que pueden generar perjuicios económicos. Lo que conocemos mucho peor es todo lo que ocurre alrededor. "Los estudios no son nulos, pero todavía son muy escasos", reconoce el investigador, especialmente en el caso de la Vespa orientalis y su reciente expansión por España.
La lógica ecológica plantea preguntas inevitables. Si aparece un nuevo depredador, consigue alimento, se reproduce y amplía rápidamente su territorio, está incorporándose a unas relaciones ecológicas que existían antes de su llegada. "Si tú ves que se propaga de una forma tan rápida, está claro que está triunfando en el medio. Ha llegado y se ha hecho con un nicho ecológico importante. ¿Cómo y cuánto está afectando? Pues no lo sabemos", reflexiona.
Ese "no lo sabemos" resulta bastante más importante que aparentar una certeza inexistente. ¿Qué insectos está consumiendo además de abejas? ¿Puede reducir determinadas poblaciones de polinizadores silvestres? ¿Compite con especies autóctonas? ¿Qué consecuencias tendría esa competencia? ¿Puede la disminución de una especie provocar efectos sobre otras? "Puede estar comiéndose especies y eso desencadenar una cadena de afecciones en el medio ambiente que puedan llegar a ser graves. Y quizá ni siquiera sepamos todavía qué estamos buscando", advierte.
Un ejemplar de velutina, que aún no ha llegado a Andalucía.
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La ciencia conoce bien las cascadas ecológicas: modificar una pieza puede provocar consecuencias en otras aparentemente alejadas. Eso no significa que debamos atribuir ya a estos avispones efectos que todavía no se han demostrado. Precisamente significa lo contrario: hay que investigarlos. "Ahora sabemos que afectan a partes del medio ambiente que además nos afectan económicamente a nosotros. Pero pueden estar afectando a otras muchas cosas de las que no tenemos ni idea", insiste el científico.
La expansión del avispón oriental proporciona motivos suficientes para tomarse la pregunta en serio. El estudio más reciente sobre el sur de España no solo constata su avance por Andalucía, sino que también ha encontrado ejemplares en espacios naturales, incluido Doñana. La frontera entre la ciudad y el ecosistema natural comienza, por tanto, a desdibujarse. "El reto es empezar a intuir hasta dónde puede llegar la afección sobre nuestro ecosistema ambiental y también sobre nuestro ecosistema económico", resume Enrique Peña, antes de añadir una frase menos científica, pero probablemente muy española: "Lo más normal es que lleguemos tarde".
¿Qué pueden hacer las administraciones para contener estas avispas?
"Lo primero es hacer estudios", defiende el ambientólogo. Antes de fumigar, trampear o anunciar grandes campañas hay que conocer qué tenemos delante. "Hay que basarse en la ciencia. Saber cómo actúa, cómo se mueve, cómo se está propagando y hasta dónde puede llegar esa afección".
La diferencia entre prevención, erradicación y control es fundamental. Cuando una especie acaba de aparecer en un territorio y existen unos pocos focos localizados, una respuesta rápida puede evitar su establecimiento. Cuando lleva años reproduciéndose y ocupa enormes extensiones, hablar de erradicación puede convertirse en una aspiración poco realista. El propio caso de la Vespa velutina demuestra la dificultad. España dispone desde hace años de una estrategia nacional de gestión y control, pero la especie continúa presente en amplias zonas del territorio.
Con Vespa orientalis, el tiempo tampoco parece jugar a favor. "Probablemente hemos llegado ya a un punto en el que en muchos lugares tendremos que hablar más de adaptarnos y gestionar el problema que de eliminarlo", considera. Eso no significa cruzarse de brazos. Las administraciones pueden reforzar los sistemas de detección temprana en territorios todavía libres de la especie, establecer protocolos rápidos para retirar nidos, mejorar la coordinación entre ayuntamientos y comunidades autónomas, apoyar a los apicultores, investigar métodos selectivos de control y aprovechar la ciencia ciudadana para conocer por dónde avanza.
"En muchos lugares tendremos que hablar más de adaptarnos y gestionar el problema que de eliminarlo"
De hecho, buena parte del mapa actual del avispón oriental ha podido reconstruirse gracias a observaciones ciudadanas verificadas posteriormente por especialistas. Entre 2023 y 2024, un proyecto desarrollado en Andalucía detectó un aumento del 30% de los registros, con Cádiz, Málaga y Sevilla como las provincias más afectadas. Hay además una precaución esencial: combatir una especie invasora no puede significar declarar la guerra a cualquier insecto que tenga alas y rayas amarillas. Las trampas indiscriminadas pueden capturar multitud de especies autóctonas y provocar precisamente el daño a la biodiversidad que se pretende evitar. Cualquier programa de control necesita selectividad, seguimiento y evaluación científica.
A ello se suma la puerta de entrada. Si mercancías y transportes internacionales pueden mover inadvertidamente especies a miles de kilómetros, mejorar la vigilancia y la bioseguridad en puertos y puntos de entrada resulta mucho más eficiente que perseguir después millones de descendientes de aquel primer pasajero clandestino. El investigador, sin embargo, no es particularmente optimista respecto a nuestra capacidad para anticiparnos: "La administración es lenta. La información va cayendo con cuentagotas hasta que llega a algún nivel del Estado donde se pueden tomar decisiones importantes y con buen soporte científico. Mientras tanto, estas especies avanzan mucho más rápido". No significa, puntualiza, que las administraciones no estén actuando ni que no existan investigadores trabajando sobre ellas. Su crítica apunta a una diferencia de velocidades: el insecto no espera un informe.
Una imagen del puerto de Algeciras, por donde parece que entró por primera vez el avispón oriental en Andalucía en 2018.
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Y existe una última batalla que no se libra en colmenas, bosques ni laboratorios, sino en una pantalla. "Ahora mismo lo que llega más rápido son los medios y las redes sociales", lamenta. Un titular sobre una "avispa asesina" siempre tendrá más posibilidades de circular que un estudio sobre interacciones tróficas. Una persona atacada por un enjambre genera imágenes; la reducción progresiva de una población de insectos silvestres, no. "Desgraciadamente los medios comen de la visita y llama muchísimo la atención decir que una avispa ha picado a un ciclista y este se ha muerto. Pero detrás de eso normalmente hay poca profundidad y poca ciencia", sentencia.
Quizá ahí esté la gran paradoja. Tenemos razones para preocuparnos por estas avispas, pero no necesariamente por las razones que más ruido generan. La cuestión no es vivir mirando al cielo por si aparece una velutina ni convertir cada orientalis en una pequeña película de terror. El verdadero problema es bastante menos cinematográfico: estamos introduciendo especies en ecosistemas que han tardado miles de años en construir sus equilibrios y, muchas veces, descubrimos las consecuencias cuando revertirlas resulta extraordinariamente difícil.
En el norte, la Vespa velutina lleva años demostrando hasta dónde puede llegar una invasión biológica. En Andalucía, la Vespa orientalis escribe ahora otro capítulo. Sabemos que depredan abejas, que pueden perjudicar a la apicultura, que se están expandiendo y que determinadas picaduras pueden ser peligrosas, como la de cualquier avispa o grupo de avispas. Después aparece una lista bastante más incómoda de preguntas para las que todavía no tenemos respuesta. "Una cosa es lo que vemos y otra cosa es lo que no vemos", recuerda el investigador. Tal vez sea precisamente lo segundo lo que debería preocuparnos más.
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