La muerte no puede ser el final

Si ya de por sí es complejo hablar de asuntos inexplicables, imagínate si ese asunto involucra el hogar de quien lo narra y, encima, el protagonista ya no está entre nosotros

La muerte no puede ser el final, artículo de Antonio S. Jiménez.
La muerte no puede ser el final, artículo de Antonio S. Jiménez.
17 de abril de 2026 a las 09:37h

Una de las cosas que he ido aprendiendo desde que en 2021 me armé con el uniforme de Rutas Misteriosas, es cómo un porcentaje de los clientes no asiste a la actividad solo para aprender de lo que cuentan las calles o de cómo se investiga, sino para ser escuchados.

Paradójicamente, no quieren que el guía hable; quieren que los escuchen, que los entiendan y poder expresarse sin miedo al rechazo, a la ridiculización o a que les tengan lástima. Si ya de por sí es complejo hablar de asuntos inexplicables, imagínate si ese asunto involucra el hogar de quien lo narra y, encima, el protagonista ya no está entre nosotros.

Cuentan cómo unos padres, un fiel compañero de cuatro patas o el amor de casi toda una vida ya no están, pero los siguen sintiendo. Perciben su olor, sus pisadas, cómo, aun no estando, duermen en sus lechos haciéndoles compañía en esas noches en las que no hay nadie físico para escuchar sus lágrimas. Incluso, continúan haciendo ese “ritual vital” que es la vida: levantarse, ir al cuarto de baño, pasar a la cocina, estar en el salón tras una mañana dura e ir a la habitación cuando el sol se esconde.

Mi postura ante estos relatos es complicada. Por un lado, puedo soltar hipótesis sobre lo que está ocurriendo basándome en lo que sé del misterio. Pero si miro en mi corazón, ¿quién soy yo para intentar averiguar si lo que me cuentan es real? Es más, ¿de verdad las palabras de un desconocido valdrán para algo si intentamos esclarecer el asunto? Porque, si no confirman lo que anhelan, ¿lo querrán tomar en consideración?

Yo mismo entré en este mundo buscando exactamente lo mismo. Es cierto que fue por una doble vertiente: un reto y un sentimiento. El reto fue sacar un libro de mi ciudad al estilo de otro que ya existía en otro lugar. Pero también quería buscar explicaciones sobre dónde estaban mis seres queridos, esos que ya no están y que conocí en vida. Unas abuelas, un perro… ¿Me sirvió? No. ¿Obtuve pruebas? Creo que sí. ¿Debería seguir indagando para ver si de verdad fueron pruebas o simple casuística? La pregunta verdadera es: ¿quiero escuchar el resultado?

Tras años de investigación en el barro; como a los posturetas les gusta llamarlo ahora; he obtenido una cantidad muy escasa de psicofonías y pruebas que resulten intumbables con los avances científicos actuales. Pero mi mente, que no puede estarse quieta, me susurra que, al igual que pienso que la ciencia acabará con los pocos casos de exorcismos reales, podría hacer lo mismo con esas pruebas. Entonces, ¿morir es el final?

Entre esos clientes y yo no hay muchas diferencias. Me siento muchas veces como un niño triste con juguetes entre las manos, intentando convencer a los dioses de que se puede vivir más allá de la muerte. Y, por más que lo intente, ¿tengo razón?

Es triste superar el duelo de un ser amado, querido o muy apreciado. Somos seres sociales, ¿qué esperábamos? No obstante, aquí seguimos, gastando nuestras cartas en una sociedad rígida que nos va guiando por un maratón interminable hasta que nuestras piernas digan basta.

Y el investigador paranormal debe ser la conciencia del corredor, diciéndole que siga corriendo, porque al desfallecer las fuerzas, nos espera el otro lado. Pero vuelvo a debatirme: ¿existe el más allá?

Muchas veces nos vestimos con una mística que no tenemos, nos aprendemos de memoria los conocimientos de nuestros ancestros e intentamos dar una explicación al monotema del amante del misterio: la vida después de la muerte.

Ed y Lorraine Warren, Argumosa, el doctor Jiménez del Oso, Iker Jiménez, entre otros muchos, dijeron que sí. O, al menos, lo dejan caer. Pero no estamos seguros. Es como si faltara algo. ¿Certeza? ¿Demostración? No lo sé.

Pero volvamos a esa ruta nocturna que se acaba, mientras la mayoría de los turistas se marchan. Allí estoy yo, con esos clientes mirándome a los ojos, esperando una respuesta de mis labios que no servirá de nada. Los síntomas de la incertidumbre ahogan. ¿O no?

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Antonio S. Jiménez

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