anina
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De noviembre para acá es un gusto coger el coche y tener al alcance de la mano cualquier ventorrillo, viña o mosto. Póngale el nombre que quiera, seguro que tiene su favorito. Allí donde poder disfrutar de los guisos tradicionales y del vino joven que ofrece la temporada al solecito invernal que por estos privilegiados lares abunda en esta época del año. Calidad de vida le llaman.

Desde que me lo descubrió mi cuñado Rafa hace más de un lustro, uno de mis lugares favoritos es el Mosto Añina, en Las Tablas, Polila y Añina, el nombre colectivo de la barriada rural que se sitúa en la zona oeste de Jerez, a 6 kilómetros del centro urbano, y que es conocida por la fiesta del Mosto que celebra cada mes de diciembre.

El Mosto Añina lo forman un conjunto de casas de esta barriada rural con un patio en común y que los fines de semana de entre mediados de octubre y finales de marzo se transforma en venta. La carta no tiene nada del otro jueves, no deja de ser la típica oferta que nos ofrece el entorno rural, pero casi todo está muy bien hecho y la satisfacción del cliente es lo que hace que sus salones y su patio estén habitualmente llenos.

La habilidad de Carmen, el alma del Mosto Añina, es su constancia. Sus guisos no sufren altos ni bajos y aquél que llega deseoso de hincarle la cuchara a sus platos caseros queda más que satisfecho.

Con gran diferencia con respecto al menudo, que para mi gusto no es su fuerte, la berza es la estrella de la casa. Los garbanzos y habichuelas tiernos, el espesor y aroma de la salsa, las tagarninas y cardillos de allí mismo, la pringá… y el cariño. No se lo he preguntado, pero Carmen debe querer muchísimo a sus clientes, porque sin esa dosis de ternura es harto improbable tamaño resultado.

El ajo campero tampoco tiene desperdicio. En un día de lleno total, los kilos de migas de pan campero se cuentan por decenas y los lebrillitos van saliendo de la cocina que es un gusto. Es verdad que la horquilla horaria obliga, dependiendo de la hora de llegada, a darle un calentón rápido en el microondas. Lo suyo es llegar pronto, con mesas disponibles y con el ajo de viña recién hecho, pero aun así el de Añina está a la altura de los mejores.

Ya digo que el resto de la carta no sobresale precisamente por su originalidad, pero destacaré las papas aliñás, el lagarto ibérico y el hecho de que la mayor parte de los platos tienen de guarnición patatas fritas cortadas a mano (visto lo visto últimamente, es un detalle a agradecer).

Por lo demás, salvo por el solecito tan agradable del invierno, el Mosto Añina no es el sitio más cómodo para comer y ni mucho menos para pasar una agradable sobremesa. En el patio exterior, sin sol no se puede estar, los salones no están insonorizados y, a pesar de que hay un castillo hinchable para que los más pequeños se entretengan y desfoguen, hay más niños de la cuenta de padres desententidos.

Por eso, la idea del to take away no es nada mala, y además le va a dar la oportunidad de quedar de lujo ante sus invitados, como acertadamente suele hacer mi amigo José Argudo.

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