La muestra de baile flamenco y danza española más relevante del mundo no es solo espectáculos en sus espacios oficiales.

Mientras el Festival de Jerez, pese a sus 22 años, aún sigue siendo una gran incógnita para muchos propios, el certamen agita los mediodías, las tardes, las noches y las madrugas del centro para delirio de forasteros que aterrizan en la ciudad estos días. Consumido el ecuador de la muestra, y más allá de lo que sucede en sus escenarios oficiales, patearse las calles en busca de la tertulia, la convivencia, el encuentro y el chispazo flamenco improvisado sigue estando a la orden del día entre los seguidores y los llamados jartibles de un evento cultural que cada año gana peso, prestigio y más cosas. Imaginemos que uno llega por la tarde-noche a la ciudad, sin mucho tiempo para vivir la oferta oficial de la muestra.

Empezamos, pues, por el final. Una parada obligada, después de dejar las cosas en el hotel y cenar algo (o en algún momento de lo que queda de Festival), debe ser La Guarida del Ángel (Porvenir, 1), donde aparte de vivir cada día un auténtico OFF Festival, con más de 60 espectáculos programados en 16 días, uno puede asistir cada medianoche al inicio de una jam flamenca que se sabe cómo empieza pero no cómo y cuándo acaba. En corro, entran y salen cantaores y bailaoras, con Ricardo Piñero comandando con el bajo más flamenco del certamen —que por cierto actúa el lunes 6, a las 21h, dentro del ciclo de La Guarida—, Jesús Agarrado de tocaor de 'guardia', y Moneo como cantaor de cabecera. Todo bajo la supervisión de Mario 'de la Guarida', el dueño de un local que rinde honores a Lola Flores y que se ha convertido en un epicentro para muchas cursillistas que acuden a buscar la magia del flamenco más espontáneo.

No muy lejos de allí, cerca de donde Lord Byron se hospedó en uno de sus pasos por la capital del sherry, se encuentra el tablao Puro Arte (Conocedores, 28). Con motivo del Festival ha cedido sus impresionantes instalaciones, en un antiguo casco de bodega, al mítico Colmao de Carlos Grilo. Dueño del trasnoche desde hace más de una década, el palmero y guitarrista se pone de nuevo tras la barra para dirigir un negocio que es ágora flamenca para quienes participan y cubren la muestra. Es imprescindible darse una vuelta al concluir la jornada para conversar con algunos de los protagonistas de la misma o para intercambiar impresiones con aficionados y prensa especializada. De cuando en cuando, uno puede asistir a un ramalazo de arte por mor de algún artista o, incluso, de algún que otro atrevido que se lanza a quitarse el traje de flamencólogo para darse alguna pataíta o algún cante cruzao. Haberlos haylos. Si sale de allí a las tantas, algo doblado y con rasca, busque la cercana calle Rui-López. Una vez allí, tiene que encontrar una bombilla encendida sobre una puerta oxidada, normalmente a esa hora con un candado que corta el paso. Se trata de un antro culinario sin parangón en la zona: El Sombrerito. A esas horas, me agradecerán el consejo.

A la mañana siguiente, uno puede pegarse un desayuno de arte en algunos de los muchos negocios hosteleros del centro de la ciudad. Para tal fin, recomendamos el mollete de carne mechada en El Molino (Calzada del Arroyo); un pan de cristal con salmorejo y aguacate en Albores (calle Consistorio); o un pincho de tortilla en Mi Rincón (rotonda de San Agustín). Ojeada la prensa digital, y ya preparados para sumerginos de nuevo en la jornada de este eterno retorno que supone el Festival de Jerez, puede dirigirse directamente a la calle Sevilla. Allí está la sede del Consejo Regulador del Vino de Jerez, donde al filo de las doce y media del mediodía se celebran las ruedas de prensa previas a la jornada del día siguiente en la muestra. Este acto diario, previo a un paseo por el centro para descubrir joyas del patrimonio local como la Catedral, San Dionisio, Santo Domingo, o los palacios de la calle Tornería y Rafael Rivero, suele ser una buena oportunidad para conocer de cerca a los artistas y escuchar sus comparecencias públicas donde cuentan qué subirán a escenarios como el Villamarta, Sala Compañía, Paúl y Los Apóstoles (un escenario mágico, este último, pero al que si llega tarde tendrá serias dificultades de visibilidad). Al finalizar la rueda suele haber copita por cortesía del Consejo y alguna que otra presentación de libros, discos o proyectos flamencos. 

En la hora del almuerzo, depende de la fecha en la que se llegue a la ciudad, puede optar por un buen picoteo por el centro o acudir a uno de los eventos dentro del ciclo De peña en peña, que ofrece gastronomía tradicional y actuación flamenca en la distancia más corta en diferentes días no laborables del Festival. Este último fin de semana completo de muestra, por ejemplo, puede asistir el sábado, en pleno barrio de Santiago, al templo flamenco de la calle Merced, la peña Tío José de Paula, para vivir el ciclo con las inolvidables mujeres de la peña, una experiencia que seguro que no le dejará indiferente. Al día siguiente, hay otra oportunidad en la calle Empedrada, en La Plazuela, para vivir la magia de las peñas en La Bulería, una de las grandes entidades flamencas de la ciudad. Si solo quiere ir allí a disfrutar del cante, el toque y el baile de artistas como Soraya Clavijo y Juanillorro, puede previamente disfrutar de las delicias de la gastro-taberna Atuvera, justo a los pies del monumento a Lola Flores. Un innovador cóctel de cocina tradicional con toques del mundo —especialmente de Asia—. También cerca de allí se puede disfrutar de guisos caseros y tortillones en La Abacería de Cruz Vieja o en el Tabanco de Cruz Vieja, donde por cierto también dedican cada día un ciclo especial al flamenco con motivo del Festival. 
Sin tiempo para la siesta (o sí), entramos ya de lleno en el terreno de la programación oficial del XXII Festival de Jerez. A las siete de la tarde habrá oportunidad de observar atentamente las evoluciones de los nuevos valores del baile flamenco y la danza española. El 5 de marzo hay una gala muy especial: suben al escenario de La Compañía los ganadores del concurso internacional de flamenco de Turín. Otra experiencia multicultural de un certamen jerezano abierto al mundo, como un caleidoscopio de la pasión que despierta el flamenco a escala universal.

Hilando con lo anterior, no nos olvidamos de los cursos. A estas alturas ya es prácticamente imposible apuntarse a alguno de ellos, pero tomen nota para el año próximo, pues las plazas, algo más de mil, suelen agotarse muy rápido por personas que vienen a tomar clases llegadas dedsde más de 30 países de todo el mundo (a muchas de ellas puede vérsele correteando por las calles del centro o, incluso, ensayando algunos pasos en pleno desayuno). A las siete de la tarde, baile aparte, también queda espacio para el cante, con por ejemplo los nuevos trabajos de Ezequiel Benítez (6 de marzo) y David Carpio (7 de marzo); y para el buen toque, siendo muy especial el mano a mano que se vivirá el último día, en Sala Paúl, con dos guitarras de auténtico lujo: la sabia y asolerada de Pepe Habichuela, y la renovadora y joven de Diego de Morón.

Salimos a toda leche de algunos de esos escenarios de la siete, pero antes de acudir al principal espacio de la muestra hay que acudir a un punto de avituallamiento. Obligado es pasar por el tabanco El Pasaje (Calle Santa María), aunque cueste llegar a la barra. Solo respirar la esencia que almacena ya es una gozada. Si la copita de palo cortao no cae ahí por razones de espacio (siempre está hasta la bola), puede optarse por acudir a La Manzanilla (Calle Veracruz), igualmente apretada en esta época, pero también ideal para tomar un refrigerio y alguna tapa como sus espectaculares conservas, pinchos, brochetas o chicharrones. También en la calle Mesones, en un radio de apenas unos metros, está La Reja, otro clásico del Festival para el antes y/o después de los espectáculos de Villamarta. Una copita de fino y uno de sus múltiples montaditos (cuando los pida verá que son como contarle un chiste al camarero: quería un malagueño, un catalán y un noruego...) le harán bien para continuar con el maratón.

De allí se llega en unos minutos a la plaza Romero Martínez, donde se encuentra el que llaman coliseo jerezano, el Teatro Villamarta. Esquivando flyers siempre con una sonrisa, llegamos a sus puertas, donde hay hasta un tipo que vende golosinas antes de entrar. Por favor, reserven las garrapiñadas y los quicos para la salida. ¿Han estado en el Auditorio Nacional de la Música? Allí molestan hasta las toses. En el Festival de Jerez ocurre igual. Se lo van a recordar antes de empezar la función con una coplilla que ya se ha convertido en himno del "Festival de tus sueños...". Para lo que queda de muestra, recomendamos ver lo último de Rafaela Carrasco (Nacida sombra) e Isabel Bayón (Dju-dju), y hay que observar con atención qué propone El Choro con Gelem, con Pedro el Granaíno como cantaor invitado, y la dirección de Manuel Liñán. Cuando salga del Villamarta tiene dos opciones: volver a empezar por lo que les contaba al principio (si viene con varios días), pues siempre es diferente cada día, o soñar con volver el año que viene. Yo siempre les recomiendo volver a empezar... y que sea lo que el trasnoche quiera.

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