Entender el Parque Natural de la Bahía de Cádiz aún cuesta y conocerlo todavía más, después de 28 años. Fue en 1989 cuando toda la zona de marismas y salinas y algunas playas, dunas y pinares costeros de la Bahía de Cádiz fueron protegidas con la figura de Parque Natural salvándolas de una muerte segura en forma de desecación y urbanización. El de la Bahía de Cádiz no tiene la exuberante vegetación del Parque Natural de Los Alcornocales, los infinitos pinares del de la Breña o los sistemas montañosos del de Grazalema.

La llanura de su fisonomía y su inclusión en el territorio urbano no lo hace tan espectacular como los otros parques naturales de la provincia de Cádiz pero a su belleza, contemplada mejor desde el aire, se une su capacidad de generar históricamente riqueza en la zona. Pero el que iba a ser el recurso más importante para la difusión de este entorno natural que comprende los municipios de Cádiz, San Fernando, Chiclana, Puerto Real y El Puerto de Santa María con una extensión de 10.522 hectáreas, como 14.737 campos de fútbol  o 526.100 pistas de pádel, ha quedado en el olvido.

El Centro de Visitantes del Parque de la Bahía de Cádiz, en San Fernando, resulta ser uno de los centros interpretativos más completos de la red andaluza de equipamientos de estas características ofreciendo un sinfín de posibilidades. Inaugurado en 2009, este edificio sostenible, de más de dos millones y medio de euros, alberga una exposición museística interactiva, una sala audiovisual, un sendero interpretativo, un mirador de aves y una terraza bar entre otros servicios.

Estas instalaciones, gestionadas por la empresa Weyas —división de la empresa Atlántida Medio Ambiente—, que ha dotado al centro de actividades y eventos, son dependientes de la Consejería de Medio Ambiente que, entre otras cosas, destinó el año pasado 54.000 euros para la primera puerta del Parque Natural que da acceso a este enclave. Y sin embargo, las instalaciones interiores, sobre todo, las expositivas han quedado completamente abandonadas por la administración pública: vídeos explicativos que no funcionan, materiales arrancados, como las lunas del gráfico de mareas, y techos al aire. La mayoría de las placas están quitadas como medida de precaución puesto que al ser de fibras naturales, se expanden con la humedad y en verano se contraen con el consiguiente peligro de que se descuelguen. Las goteras en todo el edificio han desmejorado también las paredes como consecuencia del agua.

Aun así, el espacio museístico puede seguir siendo visitado y asombrando por la cantidad de información sobre el Parque Natural de la Bahía de Cádiz que ofrece. A partir cinco bloques temáticos –ciclos, flujos, adaptaciones, estrategias y memoria- el visitante puede conocer la importancia de las mareas, una fuente de energía fundamental para la construcción del paisaje de la marisma, transportado los materiales necesarios para la vida en ella y para poner en conexión históricamente a sus habitantes.

Un medio natural, en principio tan complicado, ha sido aprovechado desde la antigüedad por hombres y la avifauna que han encontrado su medio de vida y subsistencia. “Sólo han necesitado una buena estrategia”. Con diez mil hectáreas de fango, las plantas que colonizaron la marisma debieron enfrentarse al  más duro territorio. Muy pocas consiguieron vencer la elevada insolación, la inundación por la marea, el exceso de sal y la falta de oxígeno en el suelo.

El ser humano, por su parte, comprobó desde épocas tempranas que la marisma no era un fértil valle donde plantar lechugas. Así que las salinas fueron la mejor estrategia para hacer de las condiciones desfavorables de este medio las mayores aliadas para producir sal. Una salina no es más que una marisma transformada por la mano del hombre pero en perfecta consonancia con la naturaleza, aprovechando sus recursos y generando otros nuevos, de forma que el ciclo de la vida no se rompe.

Precisamente, una parte importante de la exposición es la que se dedica a la memoria de esta actividad que ha reportado a esta tierra tanta riqueza. Y es que hubo un tiempo en el que la sal valía más que el propio oro. En el Centro se explica perfectamente toda la historia de esta actividad que se remonta a 4.000 años, cuando se empezó a recolectar la sal, cristalizada por el sol en los bordes de la marisma. Los tartesios ya obtenían sal evaporando agua de mar en cazuelas de cerámica calentadas al fuego. Pero fueron los fenicios los que empezaron a mejorar la técnica, dando un importante avance tecnológico al crear salinas solares de un solo estanque excavadas en el fango de la marisma.

Los romanos desarrollaron y extendieron a todo el Imperio el sistema fenicio de salinas excavadas en el fango de las marismas y para acelerar el proceso, calentaban la salmuera obtenida en vasijas de barro al fuego. Los que les siguieron, los andalusíes, también hicieron una aportación técnica fundamental: inventaron las salinas de varios estanques sucesivos, lo que permitía concentrar paulatinamente la salmuera hasta su cristalización. Y con la conquista de Castilla, la Corona se quedó con la propiedad de las salinas, ostentando así el monopolio de la sal.

Ya en los siglos XVIII y XIX, se desarrolla el sistema de salina mareal que ha llegado hasta nuestros días, perfeccionando su estructura y manejo y las salinas de la Bahía de Cádiz se convirtieron en las más productivas de la época, exportando sal a todos los rincones del planeta. En el Centro de Visitantes de San Fernando toda esta información puede ser conocida de primera mano con las visitas guiadas que organizan a la salina del Estanquillo, observaciones nocturnas de camaleones o del anillamiento de aves limícolas o veladas astronómicas. Desde allí, además parte un sendero interpretativo para conocer el Parque Natural.

Las instalaciones acogen además eventos culturales como la próxima edición de Versalados, el 20 de agosto, actuaciones musicales o cine infantil gratis todos los miércoles, con una terraza espectacular para pasar una velada agradable. Un lugar espectacular que después de ocho años sigue siendo el gran desconocido para el ciudadano –no para los más pequeños, acostumbrados a ir en excursiones escolares- y ahora, olvidado por las administraciones.

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