Está situado en una de las mejores esquinas del centro histórico, la que une Chapinería con José Luis Díez, frente por frente a la plaza de la Asunción, con la imponente fachada renacentista del Cabildo Viejo, en esta época semioculta por los palcos para la Semana Santa. Entramos en uno de los clásicos del centro de Jerez, de los de toda la vida. El paso de gigante que han dado muchos establecimientos desde el punto de vista gastronómico se ha llevado por delante a no pocos bares tradicionales y a otros muchos les ha obligado a ponerse las pilas para no verse obligados a cerrar sus puertas.

Entre estos últimos no incluimos al Rody. Lo que se dice renovarse no lo ha hecho, ni creo que lo pretenda. Sin embargo, le salva su regularidad y constancia. La clientela fiel de tantos años sabe que allí no se equivoca. Que la pavía no la presentan deconstruída, pero que está siempre igual de bien frita en aceite nuevo, crujiente por fuera y jugosa por dentro —lástima que no les permitan ya elaborar su propia mayonesa, como hacían antaño—. Que los riñones no se sirven en una probeta, pero que, con permiso de la tristemente clausurada Cepa de Oro, en pocos lugares los cocinan al jerez como allí. O que las albóndigas no son hidrogenadas, sino del tamaño del pomo de una puerta antigua y con su salsa castellana de siempre.

Comida casera y tradicional de quienes no han visto en la cocina vanguardista un filón ni una oportunidad de incorporar a una clientela nueva y más exigente. A lo máximo que llegaron Pepe y Daniel, su hijo, fue a darle un lavado de cara hace unos años al local, pero sin alterar su atmósfera natural. Grandes ventanales serigrafiados por donde entra mucha luz y enmarcados en madera tratada. Del viejo lugar sólo queda el primitivo cartel de "Cafetería Rody", que han querido mantener.

A este baluarte gastronómico del centro no sólo le ha salvado su regularidad, que también. El entorno bien merece una visita. Aunque sea para tomar un café y contemplar desde el interior el Cabildo Viejo, el templo gótico-mudéjar de San Dionisio o las casas de los Zuleta y de los Sánchez-Briñas. En esta primavera todavía incipiente en la que los jerezanos suelen regresar al centro atraídos por los besamanos y besapiés, por los cultos en las cofradías y, un poco más adelante, por las procesiones, el Rody volverá a ser un lugar de cita. Los soportales del viejo edificio de oficinas de Ceret, la inmobiliaria decana de la ciudad, se llenarán de mesas y cómodas sillas y ni Pepe ni su familia serán capaces de divisar candelería alguna más que de reojo y a través de las ventanas que dan a la plaza del Cabildo, o el ronquido de los tambores de las bandas que, presurosas, se encaminan por la cuesta de Díez buscando la Catedral.

Del Rody siempre me han gustado especialmente la sopa de tomate y los calamares rellenos. Los platos que aparecen en la clásica pero variada carta piden pan por lo general, y que por otro lado suelen servir con tacañería. No sé bien por qué. ¿No harán bien el cálculo? Hace años hacían unos pimientos rellenos de carne realmente deliciosos, pero los retiraron. Supongo que por la trabajera que suponían. El atún mechado, el gallo empanado, las lagrimitas de pollo y los potajes —menudo, garbanzos con tagarninas...— tampoco desmerecen. Como pueden ver, todo muy normal y sin fuegos de artificio. Y así siguen...

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