El 11-S cambió el mundo tal y como lo habíamos conocido hasta entonces. Los atentados contra las torres gemelas del World Trade Center de Nueva York generaron en las sociedades occidentales una conmoción sin retorno y provocaron una súbita transformación del paisaje. Por aquello de que “cuando Estados Unidos estornuda el resto del mundo se resfría”, este suceso trajo consecuencias directas en nuestras vidas, que discurrían apacibles hasta ese momento a casi 6.000 kilómetros de la denominada zona cero.

Las medidas de seguridad para viajar, especialmente en avión, se multiplicaron hasta rozar la paranoia y ya nadie iba a vivir con total tranquilidad en ningún punto del planeta. Casualidad o no, tres meses después de aquello cerró la cabecera del periódico en el que trabajaba, el ABC de Jerez, justo medio año antes de mi boda. Sin embargo, la consecuencia más nefasta de todas no iba a ser inmediata. Diez meses más tarde comprobé con enorme pesar que la fiesta del 4 de julio en la Base de Rota no volvería a ser lo que fue.

La descubrí hace veinte años. Aunque ya de antes conocía y era devoto seguidor de las fantásticas hamburguesas con bacon del Terminal; de las exquisitas pizzas, lasañas y ensaladas del Pizza Villa; los nachos con guacamole del Hard Rock, y de los riquísimos helados de praliné de Baskin Robbins. Incluso recuerdo haber visto Evita en el cine. Todo ello gracias a las invitaciones de mi amiga Olga Pardo y a la paciencia de Jorge, su padre, para llevarnos y recogernos un sábado cualquiera del año.

A la fiesta del 4 de julio me animó a ir mi tía Blanca, hermana de mi madre además de comadre, que estuvo la friolera de cuarenta años largos trabajando como secretaria para los americanos. Ella recuerda los buenos tiempos, en los 60 y 70, en que venían los Blue Angels (Ángeles Azules), un escuadrón de acrobacia aérea; los grupos de jazz más conocidos de los Estados Unidos y hasta una cabalgata. Por aquel entonces, el personal militar y civil español recibía invitaciones que luego repartían entre familiares y amigos. Por delante había varios días de fiesta en los que teníamos la oportunidad de vivir y disfrutar del Día de la Independencia como un estadounidense más.

El 11-S iba a acortar los días de celebración para la gente de fuera, a extremar la vigilancia en las zonas de acceso a la base militar y a limitar el número de invitaciones, amén de que los de fuera tendríamos que ir obligatoriamente acompañados de un trabajador, lo que dificultaba bastante el margen de maniobra. No obstante, mi tía, que es de las personas más generosas que conozco, siguió cumpliendo con la tradición y hasta su jubilación pudimos seguir disfrutando una vez al año al menos de la gastronomía, los conciertos y los fuegos artificiales del 4 de julio.

Lo de ser español lo llevo a gala desde siempre, y no sólo cuando llegan los Mundiales, que también. Pero me declaro un ferviente admirador del orgullo patrio estadounidense y del amor a la bandera y a su corta historia. Ese arraigado sentimiento de pertenencia a una comunidad en virtud de unos caracteres comunes me impresionó siempre. En líneas generales, su gastronomía es bastante más simple que la española, la francesa o la italiana. No hay ni punto de comparación. Al ser un país relativamente nuevo, ha tenido que ir adaptándose a las influencias extranjeras para ir modelando su propia cultura, y la cocina no es una excepción.

Sin embargo, me declaro un completo enamorado de la manera en la que han ido haciendo suyas esas influencias, perfeccionándolas, ampliándolas y mostrándolas con orgullo al mundo entero. El 4 de julio no es una feria al uso. Nada que ver con albero, farolillos, trajes de gitana, sevillanas ni coches de caballo. En un inmenso espacio que el resto del año ocupa un campo de béisbol se alinean, sin mucho orden ni concierto, carpas y tenderetes con barbacoas y neveras enormes. De mantelería fina, vajilla y cristalería, nada de nada. Platos, vasos y cubiertos de usar y tirar. Ropa cómoda de verano y mesas corridas.

El incomparable olor de la carne asada con carbón te atrapa nada más dejar el coche en el lugar más próximo. En la misma puerta de acceso, los grandes camiones de bomberos, con sus llamativos colores y sus originales cabinas, concitan la atención de grandes y pequeños. En su día nacional, la bandera de las barras y las estrellas lo preside todo. Para abrir boca, suelo comenzar por el puesto donde sirven las mejores lumpias y fideos chinos que he probado nunca. Recién fritas y con la salsa agridulce adecuada, son una verdadera delicia.

Luego, entre tanto tenderete, la prioridad es aquel donde haya menos gente esperando. Y es que, aunque los americanos son consumados expertos en el arte de asar carne, no dejan de ser aficionados despachando cientos de bocadillos a la vez. Las hamburguesas sólo son comparables a las que usted mismo puede hacer en su casa con buena materia prima del carnicero de confianza y el toque adecuado de sal y pimienta. Desgraciadamente, la gran mayoría de las que compramos en la calle están en las antípodas de una hamburguesa auténtica.

A lo largo y ancho de los mostradores y de las mesas corridas se agolpan gigantescos botes de salsa (ketchup, mostaza, barbacoa, thousand islands…) y latas y latas de refrescos de todos los sabores, incluido Welch's, uno de uvas que es una bomba de azúcar y que a pesar de eso es mi favorito. Tampoco pueden faltar los perritos calientes, que poco o nada tienen que ver con los de aquí, por mucho que hayamos intentando copiarlos. Las salchicha bien asada, el bollo tierno y sabroso…

La ansiedad con la que uno llega al 4 de julio la va a apagando la sobredosis de pan de hamburguesa y perrito con la que, si te descuidas, puedes llegar engolliparte. Si uno va con niños, la siguiente etapa pasa por el cuidado césped del campo de béisbol, donde destacan por su tamaño y colores los gigantescos castillos hinchables, las camas elásticas y las pequeñas tiendas de manualidades y pinta caras.

Una vez cae el sol, es obligado una visita al pequeño camión de helados, donde la especialidad del día es el de tarta de cumpleaños. Conciertos por parte de grupos norteamericanos y un impresionantes castillo de fuegos artificiales ponen fin a una jornada que siempre es especial, y que no tengo la suerte de disfrutar desde hace tres años. Sin embargo, mi vecina de blog, Pilar Ruiz Rodríguez-Rubio, me ha dicho que el próximo le avise con tiempo. Sin duda que lo haré.

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