cartilla_de_lectura.jpg
cartilla_de_lectura.jpg

En una sociedad con prisas donde prima la inmediatez, ¿qué cosas se dejan los niños en el camino?

En una sociedad con prisas donde prima la inmediatez, ¿qué cosas se dejan los niños en el camino?

Todo el día corriendo. Nos pasamos el día de aquí para allá, agobiados por llegar a todo. Las prisas se han instalado en nuestras vidas y las hemos incorporado de forma natural en todos los ámbitos. Ya no es sólo el hecho de no parar y no hacer las cosas tomándonos tiempo para disfrutarlas, sino la necesidad de que el tiempo corra y todo se consiga de forma rápida. Las cosas ya no necesitan su tiempo, todo tiene que ser inmediato y cuanto antes mejor. Cerramos etapas, conseguimos objetivos, prueba superada.

Con los niños nos movemos en terrenos pantanosos. Podemos no respetar sus ritmos. Y lo hacemos sin darnos cuenta, a veces incluso desde que nacen. Recuerdo que cuando nació mi hija mayor estaba de moda aquel método “infalible” para regular el sueño en los bebés que se llamaba “Duérmete niño”. Con el mismo énfasis con que este método ha sido demonizado y puesto en entredicho con los años, a nosotros padres primerizos se nos cuestionó por no aplicarlo en su día. Fuimos de esos malos padres que no enseñamos a su hija a dormir sola y llorando. Éramos de lo peor por no seguir las consignas del doctor Estevill para que la niña con apenas pocos meses de vida ya creara ese hábito de sueño que la acompañaría el resto de su vida. Aclaro que a día de hoy la niña ha crecido con hábitos de sueño saludables. ¿Qué prisa  había?

Cuando comienza la etapa escolar también nos pueden las prisas. Los niños tienen que aprender de forma rápida a leer, a escribir, a sumar…a veces sin importar sobre que se cimenta ese aprendizaje rápido. Es maravilloso ese momento mágico de ver a un niño con la emoción de leer la primera vez, ese vértigo de todo el mundo de posibilidades que se les pone por delante. Pero volvemos al respeto a sus ritmos y a las renuncias que este tipo de aprendizaje les exige a veces. Todo debía ser natural, fluído, como el juego. Tan esencial como aprender a leer debía ser el desarrollo de otras capacidades que si se aprenden a edades tempranas te dan herramientas para toda la vida. ¿Somos conscientes de lo importante que son para el desarrollo del niño sus primeras experiencias fuera del entorno familiar? Pero otra vez se imponen las prisas. De los padres, de los maestros, del sistema que exige cumplir objetivos.

Dicen que la infancia se está acortando. Que los niños se hacen preadolescente y adolescentes a edades muy tempranas. Que hay prisas por convertirlos en adultos incompletos. Que necesitan un Smartphone a los 9 años y se abren una cuenta en Instagram a los 10. Volvemos a correr, a no respetar los tiempos.

Deberíamos frenar. Dejar de pisar el acelerador, hay que llegar pero llegar bien. En casa y en la escuela. Porque de cómo lo hagamos ahora con ellos dependerá el tipo de adulto que serán. Leía el otro día que hay una nueva generación de jóvenes, la “generación de cristal” que han disfrutado de todas las facilidades pero que no tienen capacidad para tomar las riendas de su vida. No saben. No les han enseñado, no saben gestionar sus emociones, enfrentarse a las dificultades, resolver, algunos tienen problemas de autonomía y se derrumban frente a cualquier contratiempo. Lo quieren todo aquí y ahora (es lo que siempre han vivido) y tienen poca o ninguna tolerancia a la frustración. Han crecido rápido pero nadie les enseñó a hacerse mayores. A lo mejor aprendieron a leer con 4 años y hablan incluso chino. Que no es que esté mal, todo suma para hacernos personas completas,  pero cuidado con desatender  las otras competencias. Y cuidado con tener prisas por llegar y no hacer las paradas necesarias en el viaje.

Hay que preocuparse por los contenidos curriculares, es verdad que no pueden seguir bajándose los listones y premiando el no esfuerzo. Soy la primera que defiende que a nivel de materias no puede exigírse cada vez menos para que todos lleguen. Los niños de ahora son además afortunados por tener más oportunidades de viajar y de conocer y esto favorece su desarrollo como personas.  Pero esto tiene que ser compatible con un aprendizaje asentado sobre unas bases firmes, que respete al niño y que preste atención a la educación emocional.  

Me han contado que hay maestros capaces de que el tiempo se pare en el aula. Son maestros que te hablan de la política exterior de Felipe II o te enseñan lo que es un número primo. Pero son también maestros a los que les gustan los pies descalzos y las respiraciones profundas. Maestros que entienden que el juego es aprendizaje del bueno. Maestros que entienden que de la emoción también se vive. Maestros que hacen que los niños se den abrazos y escriban notas a sus compañeros en las que les dan las gracias por algo que han hecho por ellos. Lecciones de vida para combatir esa torpeza emocional que sufrimos aquellos adultos a los que no nos enseñaron a expresar nuestras emociones, a comprender los sentimientos de los demás y a ponernos en su lugar, a trabajar  en equipo… Y a nivel familiar también deberíamos pararnos de vez en cuando, apretarnos las manos y sentirnos.

Deberíamos dar las gracias, decir te quiero y te necesito sin pudor y sin prisas. Adoptar una actitud social que nos lleve a empatizar y nos brinde mayores posibilidades de desarrollo personal en un ambiente armónico. Una actitud que seguramente nos hará más felices. A lo mejor no nos enseñaron pero estamos a tiempo de aprender y de enseñar. Podemos empezar por algo tan sencillo como abrazar más, que los abrazos, como comer chocolate, liberan endorfinas. Y si hace falta, que se pare el tiempo.

Si has llegado hasta aquí y te gusta nuestro trabajo, apoya lavozdelsur.es, periodismo libre, independiente y en andaluz.

Comentarios

No hay comentarios ¿Te animas?

Ahora en portada
Lo más leído