El aceite de oliva ha llevado a Diego Cañamero Valle a viajar hasta los recuerdos de su infancia, marcada por las dificultades de la posguerra y una alimentación humilde en la que productos como el pan con aceite formaban parte de la vida cotidiana. El histórico sindicalista andaluz ha compartido una reflexión en redes sociales después de pasar una jornada recolectando aceitunas junto a un compañero para elaborar su propio aceite. Una experiencia que, más allá del trabajo en el campo, le ha permitido recuperar sabores y escenas que conserva en la memoria desde niño.
Cañamero ha explicado que en su casa las variedades que más gustan son la picual y la lechina en verde, aunque también ha mencionado otras como la hojiblanca, la arbequina y la manzanilla. Sin embargo, ha reservado un lugar especial para la acebuchina, procedente del acebuche silvestre, que considera la "reina de la calidad". Según relata, esta variedad apenas se comercializa debido a su baja riqueza en grasa, situada entre el 8 y el 10%. Aun así, recuerda que en una ocasión llegaron a moler 300 kilos de aceitunas de acebuche y obtuvieron 30 litros de aceite, que utilizaron en ensaladas, tostadas y mayonesas.
Es precisamente el aroma de ese aceite el que le devuelve a una época en la que las comidas estaban condicionadas por la escasez. "Cuando huelo el aroma de este aceite, me recuerda a cuando era un niño y mi madre me preparaba para la merienda pan con aceite", ha escrito. A aquel alimento lo llamaba "un hoyo de aceite", una expresión que conserva como parte de sus recuerdos familiares. Mientras sus hermanos y hermanas añadían azúcar al pan, él prefería echarle unos granos de sal.
La dura alimentación
El relato de Cañamero también retrata la alimentación básica de aquellos años. El tocino de veta, las sardinas arenques, los potajes, las gachas y el pan con aceite constituían buena parte de la dieta familiar. Para desayunar y cenar, según cuenta, tomaban café elaborado con cebada tostada. La costumbre llegó a marcar tanto su paladar que, cuando su madre pudo comprar café convencional, dejó de tomarlo porque no le gustaba. Una preferencia que, asegura, ha mantenido hasta hoy.
La trayectoria de Diego Cañamero, conocido por su vinculación al sindicalismo agrario andaluz y a las reivindicaciones de los jornaleros, está estrechamente ligada al mundo rural y a las condiciones de vida de los trabajadores del campo. En esta publicación, su mirada se centra en la memoria personal y en una tradición alimentaria que conecta con aquella realidad. También reivindica el aceite de oliva frente a otras grasas y destaca sus propiedades beneficiosas para la salud si se utiliza correctamente. Un relato en el que una jornada de recolección termina convirtiéndose en un recuerdo de familia, escasez y costumbres que permanecen décadas después.
El aceite de oliva ha llevado a Diego Cañamero Valle a viajar hasta los recuerdos de su infancia, marcada por las dificultades de la posguerra y una alimentación humilde en la que productos como el pan con aceite formaban parte de la vida cotidiana. El histórico sindicalista andaluz ha compartido una reflexión en redes sociales después de pasar una jornada recolectando aceitunas junto a un compañero para elaborar su propio aceite. Una experiencia que, más allá del trabajo en el campo, le ha permitido recuperar sabores y escenas que conserva en la memoria desde niño.
Cañamero ha explicado que en su casa las variedades que más gustan son la picual y la lechina en verde, aunque también ha mencionado otras como la hojiblanca, la arbequina y la manzanilla. Sin embargo, ha reservado un lugar especial para la acebuchina, procedente del acebuche silvestre, que considera la "reina de la calidad". Según relata, esta variedad apenas se comercializa debido a su baja riqueza en grasa, situada entre el 8 y el 10%. Aun así, recuerda que en una ocasión llegaron a moler 300 kilos de aceitunas de acebuche y obtuvieron 30 litros de aceite, que utilizaron en ensaladas, tostadas y mayonesas.
Es precisamente el aroma de ese aceite el que le devuelve a una época en la que las comidas estaban condicionadas por la escasez. "Cuando huelo el aroma de este aceite, me recuerda a cuando era un niño y mi madre me preparaba para la merienda pan con aceite", ha escrito. A aquel alimento lo llamaba "un hoyo de aceite", una expresión que conserva como parte de sus recuerdos familiares. Mientras sus hermanos y hermanas añadían azúcar al pan, él prefería echarle unos granos de sal.
La dura alimentación
El relato de Cañamero también retrata la alimentación básica de aquellos años. El tocino de veta, las sardinas arenques, los potajes, las gachas y el pan con aceite constituían buena parte de la dieta familiar. Para desayunar y cenar, según cuenta, tomaban café elaborado con cebada tostada. La costumbre llegó a marcar tanto su paladar que, cuando su madre pudo comprar café convencional, dejó de tomarlo porque no le gustaba. Una preferencia que, asegura, ha mantenido hasta hoy.
La trayectoria de Diego Cañamero, conocido por su vinculación al sindicalismo agrario andaluz y a las reivindicaciones de los jornaleros, está estrechamente ligada al mundo rural y a las condiciones de vida de los trabajadores del campo. En esta publicación, su mirada se centra en la memoria personal y en una tradición alimentaria que conecta con aquella realidad. También reivindica el aceite de oliva frente a otras grasas y destaca sus propiedades beneficiosas para la salud si se utiliza correctamente. Un relato en el que una jornada de recolección termina convirtiéndose en un recuerdo de familia, escasez y costumbres que permanecen décadas después.
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