Cádiz, en una imagen de Flickr.com. FOTO: RAFAEL ESPINOSA ADRIANO.
Cádiz, en una imagen de Flickr.com. FOTO: RAFAEL ESPINOSA ADRIANO.

Desde una atalaya en el barrio de Guillén Moreno, el niño que fui observaba la vida alrededor. Asomado a un último piso, con los ojos abiertos y la curiosidad encendida. Un día cualquiera, mirando a la izquierda, un furgón de reparto podía ser desvalijado; al centro, en una carreterita entre edificios, un señor, que me recordaba a Paco Rabal, esgrimía una espumadera como un Quijote en lucha contra enemigos invisibles. A la derecha, en la vía sin soterrar, se levantaban nuestras casetas de madera y cartón y, engullidos por la oscuridad, chavales ya para mí viejos se consumían bajo las coces de una jauría de jacos. De pronto pasaba un tren llegado de alguna parte, de más allá del barrio, y hasta de más allá de Cádiz, y quizás hasta de más allá de Andalucía. Y ese niño, en la ventana de un noveno piso, soñaba con otros lugares. Porque debían existir otros mundos, otras gentes.

Aquella fue parte de mi infancia, la que vi y viví en las alturas y a pie de asfalto. Hoy, sin embargo, me encuentro en otra atalaya: la de la distancia. A más de 600 kilómetros miro hacia Cádiz con más vértigo que desde aquel noveno piso. Tan lejos, tan cerca, tan cerca, tan lejos. Contradicciones forjadas a base de deseos, desencantos, ilusiones, esperanza, frustraciones… Más de dos décadas con otro punto de vista, 22 años de idas y vueltas, más largas las vueltas que las idas, y, cuando se ha conocido la vida más allá de Cortadura, y se asimila que hay otras formas de existencia, cuesta ver de la misma manera a nuestra ciudad, más ensimismada de lo que parece, más pueblerina de lo deseable, más pendiente de todo y de todos solo por reafirmarse en su creencia de que es la mejor.

Y es paradójico: el golpe de pecho se da por Cádiz, pero pocas veces por el gaditano. Algunos no se miran para gustarse, sino para encontrarse las fisuras: “Esa qué se habrá creído”, “de ese me han dicho tal y cual cosa” (y no se contrasta para que no se desmorone la idea inicial). De todo se habla, de todos se opina, pocas veces se consulta. En mis dos décadas fuera he experimentado otras actitudes. Nadie se ha metido en mi vida, nadie ha opinado a bocajarro cómo he de hacer esto y lo otro. Se vive y se deja vivir. Se suele decir “en todas partes ocurre lo mismo”, pero, por desgracia, “en todas partes no sucede exactamente lo mismo”. Es una justificación que no nos podemos permitir. En el caso hipotético de que así sea, no nos parezcamos al resto; busquemos, de verdad, auténticamente, ser mejores como personas. No somos mejores o peores por haber nacido en la Viña; lo somos cuando respetamos al vecino del Mentidero, cuando reconocemos que los del barrio de Puntales son tan gaditanos como el más caletero, y valoramos que hasta en Trinidad y Tobago haya un carnaval de puta madre.

Mi sueño de Cádiz es hoy dulce y amargo. Aquel niño que deseaba salir y crecer, vivir otros mundos y forjarse una existencia propia, no sabía que la mochila cargada no iba a servirle el día que pensase en el retorno. En aquel entonces el camino de salida era difícil, y aun así esperanzador, pero el de vuelta se presenta más largo, mucho más complicado, y cada día, aunque parezca lo contrario, a los 600 kilómetros reales se van sumando otros, ficticios, que marcan aún más la distancia. A pesar de todo, ese niño que fui, ese niño que soy, espera regresar algún día, definitivamente, y para eso ambos, el de ayer y el de hoy, estamos preparando cabeza, corazón y estómago.

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