¿Por dónde íbamos y por dónde empezamos? Porque me siento, cinco años después de escribir mi último artículo semanal para un periódico, como el coronel George Taylor (El planeta de los simios, 1968) cuando regresó a la tierra y se encontró con un buen fregado.
Que haya elecciones no es noticia cada año, todas son importantes, pero no podemos obviar que las del próximo 29 de noviembre son especiales y claves. Hay que admitir que muchas personas estábamos convencidas de que Pedro Sánchez aguantaría hasta la última centésima de segundo para convocarlas. Eso, pase lo que pase, ha sido un alivio para la gran mayoría de sus candidatos a las próximas elecciones municipales de mayo de 2027.
Pero Sánchez no ha convocado porque a pesar del deterioro evidente de su presente mandato se le hayan acabado las páginas de su manual de resiliencia, sino porque cree que ahora existe una oportunidad para, al menos, evitar un naufragio con daños irreparables.
El detonante que ha supuesto la movilización social tras el desahucio de Mari Carmen, que en paz descanse, es una baza que quizá no esperaba encontrar tan pronto. Porque lo de gobernar sin apoyos parlamentarios, a decretazo limpio y sin presupuestos, es algo a lo que nos tenía acostumbrados y le importaba poco.
Una vez hecha la convocatoria y haciendo campaña desde Moncloa (cinco expedientes de sanción de la Junta Electoral Central acumula ya por ello y los que quedan) la gran baza de Sánchez para repetir como presidente sin volver a ganar pasa por la polarización social, por intensificar su teoría del muro, la de las dos Españas, la de los buenos y los malos.
Con una mochila cargada de secretarios de organización en la cárcel, esposa a espera de juicio, hermano condenado, Fiscal General inhabilitado, cargos públicos procesados, etcétera, etcétera y una más que cuestionable gestión de la crisis de Ceuta llena de contradicciones y silencios, esa llamada a las trincheras es otra vez el comodín del público para un PSOE que atraviesa sus horas más bajas en la reciente etapa democrática.
Porque un día sí y otro también le crecen los enanos al líder socialista: su estrella invitada a los mítines, llamada a ser la joya de la campaña, el ex presidente José Luis Rodríguez Zapatero, está abrasado política y judicialmente. Y el asunto del problema del acceso a la vivienda, la gran baza para arrancar votos ocho años después de no haberse percatado de ello, ha quedado ensuciada por la dimisión de la portavoz del PSOE, que defendió los decretos contra la especulación y los desahucios. Fue la misma que calificó de “fondo buitre” a una empresa con una sola vivienda y de “empresa familiar” a la de su pareja, con treinta inmuebles.
Pues a pesar de todo eso y más, no hay que dar a Sánchez por amortizado, como apuntan la mayoría de las encuestas que no pagamos los españoles. Él sabe que la fractura social que ha ido labrando con denuedo, como un meticuloso orfebre, día a día tras su llegada al poder hará que muchas personas voten a las siglas y pasen por alto sus clamorosos errores personales. Es lo que se dice votar con la nariz tapada para que no ganen los otros.
Si el líder popular no gana o al menos gobierna —con Vox, claro— con la de tiros en el pie que se ha dado Sánchez, es para que se dedique al escafandrismo, por ejemplo
En el Partido Popular también pasa, pues Feijóo no es santo de devoción de muchos votantes de centro o de derechas que lo único que desean es que Sánchez se vaya de vacaciones y no precisamente a su querida Mareta. Desde luego, si el líder popular no gana o al menos gobierna —con Vox, claro— con la de tiros en el pie que se ha dado Sánchez, es para que se dedique al escafandrismo, por ejemplo. Sabe Feijóo que muchos de sus votantes no echarán su papeleta el 29-N porque les ilusione su figura, desbordados de alegría y emoción, sino porque la política y la gestión del Gobierno de los últimos años les han situado en ese lado del tablero.
Y ahí es a donde quería llegar. La campaña que ya ha comenzado presenta signos de excesiva dureza mezclados con tintes de desesperación. Mensajes cargados de odio con reminiscencias guerracivilescas que nos retrotraen a lo peor de nuestra cainita Historia. Que en una sede parlamentaria, la Asamblea de Madrid, una diputada diga “No habrá paz en las calles” cuando aún no se ha pegado ni un cartel electoral es para preocuparse. El mismo uso de la palabra frente para tratar de unir a los partidos a la izquierda del PSOE, esos que quieren acabar incluso desde dentro del Gobierno con lo que llaman “régimen del 78”, tiene connotaciones negativas. No conozco un ‘frente’ que represente amabilidad, ni el Frente Nacional francés ni los frentes de algunos grupos ultras de clubes de fútbol. Es una palabra que lleva implícito un choque. Eso, la confrontación, que también incluye la interna entre la propia izquierda, al más puro estilo Monty Python.
Los propios medios de comunicación han caído en este juego al hablar cada vez con más asiduidad de “las derechas” y “las izquierdas”, como ya se decía hace casi un siglo
Si a todo ello unimos hechos tan graves como que se pague desde las cloacas de un partido a un grupo de delincuentes comunes para amedrentar (o algo más) a una jueza por investigar al hermano del presidente o que en la acampada de la Puerta del Sol, que nació para algo bien diferente a lo que se ha convertido, se hayan podido leer amenazas de muerte a políticos madrileños del PP, es que algo no funciona bien.
Los propios medios de comunicación han caído en este juego al hablar cada vez con más asiduidad de “las derechas” y “las izquierdas”, como ya se decía hace casi un siglo.
De la misma forma que cada vez hay más ataques a sedes socialistas, más grupos de jóvenes y no tan jóvenes que cantan el Cara al Sol y se enfrentan a los ‘antifascistas’, quemas de muñecos de Pedro Sánchez (como los independentistas catalanes, con el prófugo Puigdemont a punto de regresar anunciando que volverá a dar otro golpe, hacen lo propio desde hace tiempo con muñecos o fotos del rey Felipe VI) y ataques y señalamientos a periodistas, incluidos en listados con membrete del Ministerio del Interior en función de sus supuestas ideologías.
Se ha llegado por fin a la conclusión —ha costado— de que lo de Marruecos en Ceuta es una guerra híbrida entre países, no convencional, con la invasión de la integridad territorial española a base de jóvenes magrebíes que son carne de cañón y militares de paisano. De la misma forma podríamos establecer que estamos muy cerca de sufrir, si no lo estamos ya, una guerra civil híbrida. Poco a poco, día a día, aumentando la brecha y el tono bronco en una sociedad cada vez más dividida, con el riesgo de que salte una chispa. Otra vez con el Norte de África en el horizonte.
La pregunta que se haría hoy cualquier coronel Taylor es: ¿quién o quiénes ganan con todo esto? O mejor aún: ¿hasta cuándo demonios tiene que durar una guerra civil?
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