Hay una leyenda, o más bien una certeza, que dice que el Cristo de la Expiración de Jerez de la Frontera sale todos los Viernes Santos, haga buen o mal tiempo.
Por muchos nubarrones que cubran el horizonte, a las cinco de la tarde el portentoso crucificado de larga melena y mirada perdida al cielo pisa la plaza que lleva su nombre para exhalar su último aliento junto a sus vecinos del Campillo, en el barrio de San Miguel.
Luego le pillará o no el agua, pero lo cierto es que en la hermandad tienen contabilizados los años seguidos que El Cristo –así, sin más apelativos– se ha puesto en la calle: contando este 2026, nada menos que 74, si se olvida el paréntesis forzoso de dos años en los que se quedó en su templo por la pandemia de Covid.
Por fortuna, este Viernes Santo no se hace necesario consultar partes meteorológicos. Cielo despejado y un sol de justicia acompaña a los hermanos que a las 4 de la tarde aguardan cola para acceder a la ermita. Lo hacen desde la parte trasera de la Casa Hermandad, en la calle Virgen del Valle, pero el gran número de papeletas expedidas, más de 1.100 entre nazarenos, cargadores y costaleros, ha obligado a montar una carpa donde, en este caso, se sitúan los tramos del Cristo.

Nazarenos del Cristo, ya colocados en sus sitios por la dirección de cofradía. JUAN CARLOS TORO
La tecnología ha llegado para quedarse, también a las hermandades, y los miembros de la Diputación Mayor de Gobierno escanea con sus móviles unos códigos QR en las papeletas de sitio, lo que permite agilizar el proceso de sentar a los hermanos y disponerlos en los tramos que ocuparán en su estación de penitencia, reflejados en diferentes carteles repartidos por patio e interior de la Casa Hermandad.
Aun así, el ritmo es frenético. Manolo Zúñiga, uno de los responsables de la Dirección de Cofradía, señala la dificultad de organizar un cortejo numeroso en un espacio tan reducido. “¡Todos los que tengan su número, que se sienten, por favor!”, pide otra compañera a los nazarenos que se resisten a sentarse.
“Nosotros aquí no tenemos ni San Miguel ni la Catedral, tenemos una ermita, y es casi un milagro lo que hace la dirección de cofradía para que todo el mundo sea capaz de estar aquí una hora antes y en orden”, resume Jesús Rodríguez, hermano mayor del Cristo que vive su segundo Viernes Santo como máximo responsable de su hermandad. Y no le falta razón: encajar un cortejo de tales dimensiones en el recogimiento de San Telmo exige precisión, paciencia y oficio.
Cargadores del Cristo, “una esencia propia”
Mientras, en el patio trasero de la ermita la escena cambia de ritmo. A la sombra de un naranjo para escapar de un sol que aprieta con fuerza, los cargadores conversan con esa mezcla de calma y nervio que solo entienden quienes están a punto de echarse al hombro al Cristo y a San Juan. Apenas quedan 40 minutos para que la Cruz de Guía se plante en una plaza que ya está a rebosar de público.
Eduardo, Dani, Beltrán y Juan Carlos visten la original túnica negra de los cargadores de la hermandad del Cristo, con botonadura y fajín en terciopelo negro y pañuelo blanco a la cintura, si bien aún no portan el característico bacalao en su cabeza.

Ellos, que no han cumplido aún los 30 años, conforman la cuadrilla alta de San Juan, si bien cuando descansan de portar al evangelista tienen la oportunidad de echarse al hombro al crucificado de la Expiración.
Eduardo Arcas, de 26 años, dice que para ellos el Viernes Santo “es un día sagrado”. Juan Carlos añade: “Es un verdadero orgullo. Es una tradición familiar, es especial y diferente. Además es una esencia propia de Jerez porque, junto al Nazareno, somos los únicos que aún cargamos por fuera”.
A unos metros de estos jóvenes, un grupo de veteranos cargadores también conversa animosamente a la espera de que lleguen las cinco de la tarde. José Manuel de la Barrera lleva 48 de sus 70 años cargando cada Viernes Santo al Cristo. Se hizo hermano gracias a su suegro, Juan El Cochino, histórico cuadrillero del crucificado y actualmente sus cuñados Ismael y Paco, además de sus hijos, son también cargadores de la portentosa talla.
Desde hace dos semanas tiene su ropa de cargador colgada en su dormitorio y a pesar del buen día que hace y del casi medio siglo siendo cargador, reconoce que “tengo los mismos nervios que el primer día, o como si el viernes estuviera nublado”.

Preces, últimos preparativos… y a la calle
A las cuatro y media de la tarde no se cabe en la ermita de San Telmo. Los tres pasos están ya encendidos gracias al trabajo que han llevado a cabo Manuel y Paco, los encendedores de la cofradía, quienes han tardado en torno a media hora en iluminar toda la candelería del Valle y otros tantos minutos para hacer lo propio con las singulares y características tulipas del Cristo.
En el interior del templo aguardan, entre otros, los miembros de las fuerzas de seguridad del Estado que acompañarán a los tres titulares de la corporación. Entre ellos se encuentra una cara bien conocida, la de Antonio Padillo, inspector de Policía Nacional de Jerez, jubilado en 2022, pero que en este Viernes Santo de 2026 se enfunda por última vez su uniforme azul oscuro por una “especial circunstancia”.

Así, Padillo, hermano del Cristo desde su nacimiento, acompaña a su hijo, también agente de la Policía Nacional, para escoltar por primera vez a San Juan. Junto a ellos, además está su nieto, revestido como cargador del Cristo.
“El acompañamiento de aquí es muy especial” –explica– ,“es una idiosincrasia específica la que tiene esta hermandad. Nosotros ayudamos en lo que podemos y muchas veces la labor del Policía o del Guardia Civil escolta es sorda, pero se tranquiliza al personal y se ayuda en lo que se puede”.
Finalizan las preces. A las cinco menos diez se abren las puertas de la ermita de San Telmo y la plaza estalla. Aplausos, emoción, móviles en alto. Unos minutos después llega en ordinaria la Agrupación Musical San Juan, que acompaña al crucificado.
Todo sucede con precisión. Los primeros tramos de nazareno salen con rapidez, mientras los cargadores del Cristo, soga en mano, ejecutan una maniobra que no por repetida cada año tiene menos complicación: retirar las ruedas al paso, previo a sacarlo del templo y ya en la plaza, subirlo a hombros.

Es entonces cuando las emociones y los acontecimientos se suceden unos detrás de otros. Ovación del público cuando los cargadores elevan al fin el paso. Una saeta rompe el aire desde un balcón y los piropos al Cristo brotan sin filtro.
Entre el público, la candidata por el PSOE a las próximas elecciones andaluzas, María Jesús Montero, presencia la salida y participa después en la primera levantá del palio del Valle, acompañada por la ejecutiva local del partido.
El recorrido de ida, sin pasar por Sol
Al igual que en 2025, el recorrido de ida a la Catedral discurre sin pasar por la Plazuela y calle Sol, que se toman a la vuelta. Aunque hay muchos hermanos y devotos que prefieren el antiguo trayecto, Jesús Rodríguez explicaba antes de la salida que esto se debe a “nuestro afán por cumplir estrictamente con los horarios. Con nuestro recorrido de siempre es imposible cumplirlos, porque tenemos que hacer varias paradas que son necesarias –el saludo a la Esperanza de la Yedra, por ejemplo–, y era imposible llegar a palquillo a la hora marcada”.
Eso sí, el hermano mayor tiene claro que la recogida será diferente. “A la vuelta el Cristo estará en su barrio y el barrio es quien decide, pero no con anarquía, sino con un cierto orden”.
Entre gritos de “guapo” y “bonito”, el Cristo, con el característico andar que le imprimen sus cargadores, avanza a buen ritmo, adentrándose en las calles de un barrio que lo espera en las aceras y en los balcones. En el número 20 de la calle Cerrofuerte, Antonio Méndez El Chusco, primo de La Paquera, aguarda, sentado, el paso de la cofradía frente a la casa que vio nacer a la añorada artista, evocando los Viernes Santos en los que el cante y la devoción se mezclaban.

Horas más tarde, antes de entrar en Carrera Oficial –con 10 minutos de retraso– toca el paso por Tornería y Rafael Rivero, donde la petalada a la Virgen del Valle, mientras se le canta el himno de su Coronación Canónica, se ha convertido por derecho propio en uno de los momentos indiscutibles de la Semana Santa de Jerez.
Y es en su regreso a la ermita –lenta, medida, profundamente de barrio– donde la hermandad se explica por completo. Ya no hay relojes que mirar. Sol o la Plazuela dejan de ser escenario para convertirse en cante por bulerías, saetas y el cariño de los suyos. Así será, por los siglos de los siglos gracias a una verdad inquebrantable: el Cristo, sale.


