Piernas de una mujer prostituida, en una imagen de archivo.
Piernas de una mujer prostituida, en una imagen de archivo.

Cierra los ojos y casi siente la caricia de la brisa marina del malecón. Le parece deslumbrarse con la luz del atardecer, mágica, que tiene prendida en las pestañas en forma de recuerdo. Su alma viaja a su patria querida, a miles de kilómetros de allí, con un inmenso océano de por medio que cruzó hace ya una década y a la que no ha podido volver. La mamá y el papá se quedaron allí, y su linda chiquita a la que ha aprendido a ver crecer a través de una pantalla de ordenador. Le gusta recordar los sones cálidos de cualquier guaracha mientras recorría las calles de su Habana querida camino a su casa. Tararea bajito, sentada en la acera, mientras golpea con la punta de tacón el duro asfalto que pisa en medio de una noche fría.

Yumara vuelve a mirar el mundo, se retira un mechón de pelo de la cara, de una melena negra y rizada, desgobernada pero fuerte, y le da un sorbo al chocolate caliente que le ha recogido una compañera de manos de una trabajadora social. Ella nunca se acerca, por una extraña mezcla de vergüenza y miedo, y mira de lejos a esta chica, rubia y de sonrisa amplia, que se identifica como miembro de una organización social y ofrece café y preservativos, además del chocolate. Y sin embargo se moriría de ganas de hablar con ella y llorarle, una a una, las lágrimas negras de su corazón.

Ella no está segura de si su familia sabe a lo que se dedica. Tampoco sabe cómo fue que empezó a meterse en todo esto, ni siquiera, y eso es lo más grave, sabe ahora cómo escapar de esta situación. Teme que si decide irse, quizá la busquen, quizá le den una paliza o quizá la maten. Y a pesar de la profunda pena, Yumara tiene claro que quiere vivir. Porque mientras haya vida, hay esperanza. Sabe que un día encontrará las fuerzas necesarias para escapar de tanto cerdo con chaqueta de cuero o con corbata y traje. Son todos iguales, las mismas perversiones y humillaciones que destrozan su cuerpo pero sobre todo minan su autoestima.

Y que por qué son drogadictas, que por qué viven en la marginalidad. Aún hay quienes se lo preguntan. Que ejercen este oficio con libertad, que son meridianamente felices, afirman otros. No conoce a ninguna compañera que se sienta libre, ni feliz, ni parecido. Sí comparte calle sin embargo con muchas que, como ella, sienten que están prisioneras de una vida, de un sistema, que las esconde, las olvida y las condena. Una luz se acerca desde el otro extremo del polígono. Yumara apura el chocolate y se recoloca la preciosa melena. La jornada sigue.

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