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Encontré 'El sol del membrillo'. Una película bajo la dirección de Victor Erice, rodada en el año 1990.

"Quizás busco ciertas utopías, espacios para el honor y el respeto humano, paisajes que no han sido ofendidos, planetas que todavía no existen, lugares soñados. Hay poca gente que busque esas cosas hoy en día".

La cita parece provenir de Werner Herzog. Aquel director de cine que me asombró con la extraordinaria Fitzcarraldo. ¿Se acuerdan? Quizás no. Cabe tener en cuenta que la parte de la población se inquieta más con la ignorancia, que por la posibilidad de aprender algo extraordinario. Qué le vamos a hacer. Vivimos en este mundo y no en otro, por lo que nos toca caminar con lo puesto.

¿Y qué si el mundo es una mierda tal y como lo conocemos? Nos aguantamos. No hay un ascensor que nos provea de pisos alternativos en cualquiera de los sentidos ascendente y descendente. Ésta es la luz que nos toca y sobre cada uno pesa la responsabilidad de buscarse esos “lugares soñados” a los que alude la cita.

¿Qué de dónde viene? Pues miren. El milagro de Internet y un poco de suerte. Estaba entusiasmado cocinando dulce de membrillo y me dije para los interiores: voy a ver si busco algo de literatura en torno al membrillo. Y claro que encontré, pero no un grano de uva, sino el racimo entero.

Encontré El sol del membrillo. Una película bajo la dirección de Victor Erice, rodada en el año 1990, cuando yo contaba con apenas 15 años y hallaba en plena efervescencia de lo inútil. Película considerada como una obra de arte en sus aspectos más simbólicos y que se inspira en la realidad del pintor Antonio López, el mismo que tardó 20 años en pintar un cuadro de la Familia Real pero que, en puridad de circunstancias, está considerado como uno de los últimos artistas pictóricos vivos que nos quedan.

Aquel hombre pues, plantó en su jardín un membrillero y Víctor Erice se encargó de hilvanar visualmente el proceso creativo de Antonio, al querer plasmar en un lienzo la exuberancia del membrillero, una vez éste dio frutos considerables que se mecían prendidos de las ramas como un niño de pirotecnia en su ruidosa cuna. Para aderezo, los fragmentos de su banda sonora compuesta por Pascal Gaigne, en la aplicación de Deezer.

Como tengo el alma inquieta y además quería dejar una reflexión provechosa en las redes sociales, la curiosidad mencionada me llevó a buscar la película. Claro que no bajé en tropel las escaleras en busca de algún videoclub perdido, de esos que ya no existen y permitían alquilar una buena muestra cinematográfica por dos o tres euros, en su momento. Recuerden que vivo en Quito y no en Jerez. Tampoco se me ocurrió preguntarle al guardia del edificio, en torno al sol del membrillo, porque quizás iba a pensar que estaba más loco que un borracho sin botella.

Busqué en las tupidas redes del espacio virtual. Y al final, me topé con una excelente reseña de la película en un blog trabajado con gusto exquisito y enorme esfuerzo. Pude descargar la película a trompicones y gozar de su impacto visual mientras el futuro dulce de membrillo seguía su curso de cocido a fuego lento.

El blog mencionado tiene un lema en la imagen que hace las veces de cabecera: Arsenevich. Además, la reseña acerca de El sol del membrillo no era más que la punta de lanza de contenidos muchos más amplios y curiosamente abundantes en cine japonés. Así que puede navegar tranquilo a lo largo de las horas hasta la medianoche y, de algún modo, llegué hasta Werner Herzog, el grandísimo director y documentalista al que le tengo admiración y estima.

Ya conocía las locuras de Fitzcarraldo, la película donde el inclasificable Klaus Kinski encarnaba a un loco llamado Brian Sweeney Fitzgerald, que en plena fiebre del caucho, está empeñado en llevar la opera a un remoto rincón de la selva peruana, y para ello, no encontrará otra forma que desmontar un viejo barco de vapor y hacerlo atravesar de un extremo al otro de la montaña, como una versión amazónica del Quijote.

No sería la única película en torno a las utopías y cabezonerías del hombre moderno, porque Werner Herzog también nos dejaría con el culo al aire en torno a otra obra sobre la figura de Lope de Aguirre y su desencuentro con el río Amazonas o, al fin, Cobra Verde, que narra las aventuras de un mísero brasileño que termina convirtiéndose en bandido y en África, donde intenta retomar el tráfico de esclavos en tierras inhóspitas y hacer frente al despotismo reinante.

En cualquier caso, mis palabras son demasiado limitadas en cuanto a la profundidad y respeto que exigen todo lo mencionado. En la misma reseña de Cobra Verde encontré aquella cita, que me dejó pensando, contando monedas para comprarme el alma en su caso. Buscarnos otros mundos. Otros planetas. Soñar con los ojos abiertos, teniendo en cuenta que nuestro mundo es demasiado precario, ignorante y vulgar. Además, si tales calificativos los restregase al común de los mortales, vas a por lana y salas trasquilado, te amedrentan, insultan, niegan la evidencia, te condenan al destierro y terminas siendo un paria por salirte de lo que es común en este siglo: la mediocridad.

Los soñadores somos tunantes. No estamos bien vistos. Más bien proclamamos una minoría sumamente decepcionante para la mayoría. Se han invertido los papeles. Lo mediocre triunfa, como apuntaba, mientras que los sueños naufragan en el desinterés más absoluto.

Menos mal que aquella noche fue sobresaliente. Contemplé la película. Aprendí algo de directores japoneses. Observé cómo el dulce de membrillo iba adquiriendo una tonalidad más oscura y brillante, signo evidente de que el azúcar se estaba caramelizando y adquiriendo la textura tan característica del amor por la cocina.

Pensé que “prefiero el silencio, a meterme en los estúpidos trayectos de las redes sociales. El membrillo proporciona un profundo aroma que se superpone sobre el estercolero de los contenidos”. Pero además, el membrillo me regaló más momentos precisos, aunque el cielo de Quito estuviera encapotado y triste. Me enteré de más chismes, cuanto menos imprescindibles para el sueño.

Días atrás me habían nombrado a Humbert Humbert, de forma indirecta, quién sabe si aludiendo a mi perfil inquieto o vayan ustedes a saber. Después una bellísima canción de los Jaivas, compuesta en 1972 pero en una versión más actualizada y procedente del último capítulo del programa Puro Chile en su primera temporada, con los solistas ya encanecidos.

¡Oh! Se me olvidó referirles quiénes son, pues aunque estemos en plena globalización, los cuentos no llegan si no los  “comunico” de forma amena, adecuada y enderezada con la anécdota. Pues miren, los Jaivas son uno de los grupos de folklore andino más longevos, y nacidos al calor de los desmadres sociales y políticos de América Latina, que en muchos casos llevaron al padecimiento de las dictaduras militares que ya conocemos, junto a otros grupos como Quilapayún, Ilapu, Inti Illimani o los Calchakis. La canción en cuestión era Mira niñita y su letra:

Mira niñita,

te voy a llevar

a ver la luna

brillando en el mar

Mira hacia el cielo

y olvida ese lánguido temor

que fue permanente emoción

ay, fue permanente emoción.

Para la hija de un hombre

con ojos de cristal

y papel sellado en la piel.

Mira hacia el cielo

y olvida ese lánguido temor

que fue permanente emoción

ay, fue permanente emoción

Tu pelito y tus ojos de miel

pero ya en tu pecho florecerán colores de amor.

Florecerán

tu pelito

la ternura tendrás para ti, para ti

florecerán

la ternura

pero ya en tu pecho florecerán colores de amor.

Al principio, Mira niñita podría ser el enigmático pensamiento de Humbert Humbert, el profesor de literatura francesa que arrienda una pieza en la casa de una viuda, en un remoto pueblo de Estados Unidos y, el día en que ve a su hija Charlotte tomando el sol plácidamente en el jardín, se enamora perdidamente de ella. Sin embargo, Charlotte o Lolita, como terminará llamándola cariñosamente el profesor, solo cuenta con doce años de edad. Para conocer el resto de la historia, habría que acudir a las páginas de la novela homónima de Nabokov, escrita en 1953, así como a las adaptaciones cinematográficas de la mano de Stanley Kubrick (1962) y Adrian Lyne (1997).

Pero no, detrás del epígrafe se esconde una de las mejores canciones de los Jaivas, y que formó parte de su segundo álbum La ventana publicado en 1973. La canción fue una balada escrita por el propio Eduardo 'Gato' Alquinta en 1972, a medio camino entre el folklore andino y el rock progresivo, cuya letra sumamente lírica nos deja el interrogante de la presunta historia real . Algunos aluden a una historia de amor hippie y otros a una canción de padre a hija.

La noche siguió, por supuesto. Luego irrumpió otro blog, éste llamado Oye Borges, justamente una entrada que tenía que ver con sendos periodos en que Jorge Luis Borges y su hermana permanecieron en un hotel de Mallorca, allá por la década de los veinte en el siglo pasado. Un viejo hotel llamado Continental y que José Maria Lafuente, el autor del reportaje, se refiere como: “En la manzana situada entre las calles Can Gater y Can Tamorer se levantaba un pequeño hotel, en cuyo vestíbulo había un piano tapado con una tela de mueselina blanca bordada, sobre el que descansaba la foto de una joven”.

El dulce de membrillo. Las locuras de un tipo que quiere atravesar la montaña de la Amazonía con un destartalado barco de vapor. Los aires de Nabokov. Las películas de Werner Herzog. Una bellísima canción de los Jaivas. Borges en Mallorca. ¿No les parece que ya soñé suficiente? Les invito a practicar lo mismo. 

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