Una mascarilla en el suelo. FOTO: MANU GARCÍA
Una mascarilla en el suelo. FOTO: MANU GARCÍA

¿Os acordáis de los botes de gel hidroalcohólico y de las mascarillas? Yo todavía guardo la mía en el fondo del armario, me da pena tirarla. Tiene rayas verdes y moradas, y una mancha negra que nunca conseguí quitar. Estuve tantos meses con ella puesta que ahora se me hace raro dejarla en el depósito de desechos post-covid. Parece que fue ayer pero ya han pasado dos años. Vaya locura vivimos. Nuestros abuelos vivieron la guerra y nosotras la pandemia. Demasiadas muertes, demasiado caos. Demasiada incertidumbre. Aunque no todo estaba tan mal. Algún que otro bar no limpia las mesas desde que salió la vacuna y a veces pienso que podría surgir otro virus para que quiten toda la suciedad que acumulan en los bordes de las mesas.

Por suerte todo pasó. Bueno, por suerte no. Gracias a la ciencia, que tan denostada está en nuestro país. Gracias a esas investigadoras que cobrando cuatro duros  trabajaron día y noche en  buscar una cura, una vacuna, un remedio permanente contra aquella enfermedad que lo cambió todo de la noche a la mañana. Me gustaría contaros que los gobiernos han aprendido la lección y ahora invierten más dinero en I+D, en Sanidad y en todas esas cosas que sirven para cuidar pero la verdad es que esto no es así. Bueno, al menos lo conseguimos. Esos héroes y heroínas de bata blanca nos salvaron a todos. A la humanidad al completo. Bien es cierto que en algunos de los países más pobres (o empobrecidos) del mundo la vacuna no ha llegado aún. ¡Cómo la van a pagar si cuesta 50 dólares la dosis y la gente se muere de hambre! La ONU dijo al principio que no se dejaría a ningún país atrás pero luego no han tenido el valor de hacer nada. Muchos discursos y pocas nueces. O pocas dosis.

Estábamos convencidos de que íbamos a salir mejores de todo esto. Que la experiencia nos cambiaría, nos haría pensar en lo verdaderamente importante. Tengo mis dudas de que esto se haya cumplido. Cuando anunciaron que las primeras vacunas irían para las personas más vulnerables, algunos grupos se enfadaron y agitaron sus puños, furiosos.  «¡No le den vacunas a los extranjeros! ¡Que vayan a sus países y allí se  las paguen!», gritaban, aunque esos extranjeros trabajaran aquí y llevaran varios años entre nosotras. También siguieron trabajando nuestros campos y cuidando a nuestros mayores durante la propagación de la enfermedad, exponiéndose a lo peor. En mi ciudad insultaron y atacaron  a una niña adolescente en la cola de vacunación que había nacido entre nuestras fronteras, sólo por su color de piel. No hemos salido mucho mejores de ésta. También hubo improperios contra las personas que vivían en los barrios marginales. Muchos consideraban que, como ellos solían trabajar en la economía sumergida, no pagaban impuestos y por tanto no debían recibir la vacuna. << Pues contráteme en su empresa>> dijo  uno de los que malvivía buscando chatarra, enfadado. Pero nunca le contrataron. 

Al final el Gobierno tuvo que ceder y no vacunar a muchas de las personas migrantes que viven entre nosotras. Una denuncia de algunos de esos agitadores de puro en mano y brazo recto paralizó el proceso sanitario y los Tribunales, para sorpresa de todos, les dieron la razón. Es todo un sinsentido pero como la vacuna era escasa y un bien de emergencia nacional el Tribunal autorizó sólo vacunas para gente con la residencia y los papeles en regla. Qué  pena que el Gobierno  no le diera la nacionalidad ni la residencia antes a las 400.000 personas que ya llevaban años viviendo y trabajando aquí.  No recibieron ayudas económicas durante la pandemia ni tampoco luego la vacuna. Podríamos haber evitado todo esto.

Pero bueno, la cosa no está tan mal. La mayoría de personas en nuestro país conseguimos vacunarnos más tarde o más temprano, también lo lograron la mayoría de países. Millones murieron por el camino aunque confío en que todo esto nos haya hecho aprender algunas cosas. La crisis que se desató aún la estamos padeciendo, es cierto, pero  en algún  momento nos recuperaremos. Claro, algunos se forraron, como siempre pasa en estos casos. Igual que  en las guerras son las industrias que fabrican armas quienes se ponen las botas, ahora las farmacéuticas hicieron el agosto. Vendieron no sólo las vacunas sino también algunos remedios para paliar sus efectos. Algunas veces era sólo paracetamol con algún adorno pero le pusieron un  nombre llamativo, muchos colores y ganaron millones. También se forraron  los seguros, que jugaron con el miedo para vender una falsa idea de seguridad. Se enriquecieron las clínicas privadas, que recibieron  contratos enormes de algunas comunidades autónomas para hacer pruebas y poner vacunas. Y no sólo los  contratos:  tuvieron acceso a una red enorme de datos personales de millones de pacientes que, sospecho,  están ahora usando haciendo dios (o Google) sabe qué. Ganaron dinero los prestamistas que acudían a la llamada desesperada de la gente humilde. Ganaron dinero los bancos, que se llevaron rédito de las líneas de crédito que el gobierno ofrecía y siguieron desahuciando a quienes no podían pagar la letra de la hipoteca. Ganaron dinero quienes ya tenían mucho dinero a costa de nuestra salud, nuestra seguridad y nuestros derechos.

Aún así, como digo, la cosa no está tan mal. Cierto es que quienes agitaron la bandera de la antivacuna fueron luego los primeros en ir al mercado privado a comprarse una. Parece que se arrepintieron de  sus  palabras –y eso está muy bien– pero se les olvidó decirles a sus seguidores que habían cambiado de opinión. Así, miles de personas no quisieron ponerse la vacuna y acabaron contagiándose ellos y contagiando a quienes no  pudieron vacunarse por  no tener  los papeles en regla o vivir al margen de la sociedad. Confío en que estas personas no viajen nunca a otros países donde la vacuna no está tan extendida como aquí pero os reconozco que es una confianza ciega.

La cosa no está tan mal pero ahora que lo pienso no hemos mejorado mucho. El odio sigue irrumpiendo en las tertulias de la tele y en  las redes sociales. No parece que haya aumentado la inversión en sanidad o en investigación aunque sí en defensa y seguridad. ¿No creen que  deberíamos defendernos de los virus con más investigación y mejores hospitales? Nos dijeron que el virus no tenía ideología pero es extraño que en los barrios más empobrecidos la mortalidad haya sido más alta. Algunos decían “es que en ese barrio son unos irresponsables” (“por pobres”, eso no lo decían pero iba en el subtexto) pero claro, ¿cómo no van a contagiarse en el metro con 200 personas por  vagón?  o ¿cómo se aísla a un miembro de la  familia cuando el piso donde viven tiene una habitación a compartir entre cinco personas? A veces creo que algunos no piensan con la cabeza. Nos dijeron también que el virus no distinguía entre clases sociales pero hay una de ellas que ha sufrido mucho menos los estragos de la pandemia que otra, tanto los sanitarios como los económicos y yo no creo mucho en las casualidades.

Por suerte ya nos hemos vacunado. Por suerte ya se acabó todo. Aunque sigamos en crisis. Aunque algunos sigan enfermando y muriendo. Yo sólo espero que la próxima pandemia nos pille con más derechos, más recursos públicos y más sentido de comunidad y empatía. Por si acaso, yo aún guardo mi mascarilla de rayas verdes y moradas.

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