Playa de Los Lances, en Tarifa, en días pasados. FOTO: JOSÉ LUIS TIRADO (joseluistirado.es)
Playa de Los Lances, en Tarifa, en días pasados. FOTO: JOSÉ LUIS TIRADO (joseluistirado.es)

En ocasiones la confusión reina en nuestra mente. Sobre todo en estos días de nueva normalidad  en la que éste 21 de junio, cuando el solsticio de verano, pase a ser una fecha histórica en España con el fin del Estado de Alarma.

En estos meses hemos ido pasando por sentimientos contradictorios. Sufrido cambios de humor y altibajos notables.

El insomnio y las pesadillas, en las que nada bueno pasaba, se apoderaron de nuestras noches porque la realidad era muy oscura.

En fin hemos vivido situaciones de mucho temor  que nos quitaban el sueño y el sosiego.

Los números de fallecidos, los contagios,… Todo nos provocaba un  nudo que tardaba mucho en desenredarse. Pellizcos en el estomago  que están bien agarrados en el cerebro; la ansiedad,  el estrés, la pena. Todo viene de ahí. Es el que manda en nosotros.

Había quienes les dieron por cocinar y hacer pan. Los que, sin haber hecho deporte en su vida, se lanzaron a los tutoriales de pesas y yoga.  Por comer ansiosamente o perder el apetito. Miedo a salir o nostalgia de terrazas con cervezas. Necesidad de verte por videollamadas a veces, con los que antes apenas te veías.

En  ésta pandemia, todos y cada uno de nosotros pasamos por muy diferentes niveles. Sin olvidar que miles de personas con más pesar y con más pena que otros.

He aquí lo humano; perder el trabajo, un desengaño o un engaño. La enfermedad o la muerte de un ser querido

Todos son duelos y hay que pasarlo. Hablar de ello, convivir con lo que te ha tocado hasta superarlo sin olvidar.

Así es nuestro camino; dolor, rabia, aceptación y no rendirse ante los cataclismos.

Tu mente se enreda en pensamientos negativos mientras te preguntas por qué a ti. Por qué yo.

Piensas que los demás son más felices que tú. Que a ellos les sonríe la vida porque lo malo te pasa a ti, mientras a ellos les pasa de largo. Ni les roza.

Luego ves que no, que en cada casa entran luces y sombras.

Que cuando tienes la ocasión de rascar descubres sus dramas, porque todos somos y nos vamos de este mundo.

Lloramos y reímos.

Nos cobijamos, nos protegemos como individuos y como colectivos.

Si bien desligándose de lo humano y real, no finjamos, sabemos que hay gente condenada al desecho y a la mala suerte, al fracaso sin poder huir de su huida.

Al mismo tiempo existen personas imparables al éxito. A lo bello. Al disfrute sin desgaste. Esos que por mucho que rasques apenas se arañan.

Es la vida. Tal cual. Qué le vamos a hacer.

Algunos les vienen de cuna o de suerte. Otros se la buscan y trabajan, estudian su destino con dedicación y mucha voluntad.

Arriesgando su ambición de forma positiva llegan a la cima de sus aspiraciones. Les aplaudo por su tesón.

Otros van pisando deliberadamente al compañero, actuando o machacándole con un acoso constante que va minando su autoestima y por lo tanto, su suerte.

Lo esencial es estar preparado, conocer tus limitaciones pero también las habilidades y una inteligencia emocional para saber responder a los obstáculos que se te pongan por delante, que serán muchos.

Lo cierto es que, saber gestionar las dificultades en cada ámbito de la vida es fundamental para seguir adelante, para avanzar.

Y en la suerte (mala o buena) que nos ha tocado al final lo legítimo o lo conveniente es regatear, pactar con nuestro destino.

Poco a poco, cuando el miedo va quedando atrás me vienen  poemas de Joan Margarit (el último premio Cervantes que no pudo recogerlo por el confinamiento). Frases como estas que me parecen sublimes.

Del poema El buscador de Orquídeas:

No lo he olvidado pese que no lo recuerdo.

O ésta otra de Nuestro tiempo:

Pero una herida es también un lugar donde vivir.

Nada más que añadir.

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