Y el Goya es… para todas las Rocío

Sebastián Chilla.

Sebastián Chilla

Graduado en Historia por la Universidad de Sevilla. En la actualidad, curso Antropología Social y Cultural por la UNED y el Máster de Profesorado en la Universidad de Granada. Cuento historias y junto letras en lavozdelsur.es desde 2015. 

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El pasado sábado Techo y Comida llamó a la puerta de la Academia de Cine en busca de un Premio Goya. La cinta había sido nominada a tres galardones: premio a mejor actriz protagonista, premio a mejor dirección novel y premio a mejor canción original. Aunque desafortunadamente ni nuestro Juan Miguel del Castillo, ni nuestros Daniel Quiñones y Miguel Carabante se hayan llevado, respectivamente, los premios a los que estaban nominados, Natalia de Molina sí se hizo con un Goya que, como ella misma dijo al recoger el galardón, responde, además de a su interpretación, a la del conjunto de Techo y Comida.

En su humilde e improvisado discurso, se acordó del barrio de La Granja, al que imaginó dando botes. Nada más lejos de la realidad. Si ya es complicado que una película de corte social, con bajo presupuesto y financiada por crowdfunding, se cuele en los Premios Goya, que consiga uno de los premios y que la galardonada se lo dedique a aquellos a quienes con su papel ha representado, no puede sino que debe ser motivo de euforia. Pero no sólo para nuestra ciudad o para el barrio de La Granja sino para todas aquellas a quien ella ha dado voz con su interpretación.

Al ver cómo Natalia de Molina recogía el Goya, se me vinieron a la memoria algunos de los momentos que Techo y Comida retrató con crudeza y, al mismo tiempo, naturalidad. Pensé en todas aquellas Rocío que no se pueden permitir tomar un café con las otras madres de los compañeros de colegio de su hijo y que, por vergüenza, evitan decirlo. Aquellas Rocío que necesitan la ayuda de otras personas y que no pueden sino rechazar su generosidad en un gesto de sana pero peligrosa humildad. Recordé el miedo, aquel que te persigue al saber que estás llamada a dejar tu único hogar o al no poder llevar a casa un trozo de carne o pescado cuando tu hijo más lo necesita. Pero también me acordé de la amarga ilusión, la de tu Adrián vistiendo la elástica de la selección española o la que te recorre el cuerpo al creer que puedes encontrar por fin una salida a tu situación y que, poco a poco, te das cuenta que queda en agua de borrajas. Escenas, todas ellas, que como ya expresé, despiertan conciencias y que deberían repetirse más en un cine que, en demasiadas ocasiones, peca de ser solo objeto de entretenimiento.

Natalia de Molina, bien fuera por el límite de tiempo o porque no le dieron cuartelillo, eso es harina de otro costal, no pudo finalizar sus agradecimientos con un ¡Techo, comida y dignidad para todos! pero, desde un primer momento, lo dejó bien claro. Ella aceptó ser Rocío porque quería sumergirse en un papel que constituye un retrato social fiel a la realidad de hoy. Eso le honra. Y es, precisamente por este motivo, que el galardón tiene la significación de ser para todas las que, como Rocío, se enfrentan, dia a día, a la necesidad. Todas las Rocío que, como canta nuestro Jerez, ruegan “la misma plegaria sin alas, el grito que pintan los cobardes”, con las  “manos heladas y las puertas cerradas”, y que deambulan por “los caminos de un mundo sin nada, mendigando al abrigo, pidiendo las migajas”. Aquellas que, entre palmas y quejíos, se lamentan al ver cómo “la vida pasa y la llama se apaga”. Un pasito más para poner en valor y dar a conocer la batalla diaria de las familias que lo pasan mal, y en concreto, de todas y cada una de las madres luchadoras.

Gracias a todos los que hicistéis posible Techo y Comida porque allá donde llegue sembrará un poco de cordura en un entorno de hostil esperpento. Sois necesarios.

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