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La radio, el eco de las voces de Gabilondo, Del Olmo, y más tarde Àngels Barceló o Pepa Bueno, era lo que se entremezclaba con mis pensamientos mañaneros, desde la guardería hasta el instituto. 

Como dice siempre mi madre, yo nací prácticamente leyendo. Durante mi infancia devoraba todo lo que caía en mis manos, desde la colección entera de El pequeño vampiro (que ella me iba trayendo de sus viajes de trabajo) hasta Las cenizas de Ángela de Frank McCourt, el primer libro adulto que recuerdo haber leído, pasando, por supuesto, por los suplementos dominicales de los diarios, que me acompañaban, y aún hoy lo siguen haciendo, a la hora del desayuno.

Hablando del desayuno: en mi casa no se encendía la televisión nunca mientras desayunábamos. La radio, el eco de las voces de Gabilondo, Del Olmo, y más tarde Àngels Barceló o Pepa Bueno, era lo que se entremezclaba con mis pensamientos mañaneros, desde la guardería hasta el instituto. Sólo cuando llegué a Madrid descubrí que la tele también existía por la mañana. Siempre, al llegar a casa del instituto, tocaba pelearse para que se pusieran Los Simpson y no el telediario. Algunas veces ganaba yo, pero otras había que ver las noticias (y menos mal...). Los domingos, entre una carrera en patines y el currusco del pan recién hecho, si me aburría echaba un vistazo al periódico, a veces buscando orgullosamente mi apellido en aquellas columnas de letras minúsculas. También recuerdo a mi madre explicándome (a una niña de doce o trece años, que tiene mérito) cómo iba todo eso de Irak que veía en todas partes y no lograba comprender.

Tal vez yo no me daba cuenta, empeñada como estaba en dedicarme a otras cosas, otros sueños, pero estoy segura de que todos esos pequeños detalles que formaban mi día a día y a los que no prestaba atención, se me fueron introduciendo, grabando en la piel, como si fuera un tatuaje, para que un día de 2010 decidiera que al final, después de todos los “noes” cuando me preguntaban si quería hacer lo mismo que mis padres, no estaba tan mal eso de estudiar Periodismo. 

Ahora, dos años después de terminar los estudios y muchas palabras juntadas a mis espaldas (y las que me quedan), y gracias a los profesionales a los que he tenido la oportunidad de ver y escuchar y tratar con ellos, a algunos (pocos, todo hay que decirlo) buenos profesores que me enseñaron a cuestionarlo todo, a los libros que he leído y también a los que me han hecho leer, y sobre todo a las personas que me encontré en este camino, puedo decir que tengo la suerte de haber vivido algunos acontecimientos históricos en casa de periodistas. Y sin darme cuenta.

Tengo muchas carencias y me las recuerdo a mí misma constantemente. Aún no sé muy bien por dónde tirar, porque prefiero escuchar y escribir historias a hablar en público y a todo eso de la comunicación corporativa, y eso no está muy de moda hoy en día. A veces soy algo vaga y prefiero la cultura o la política internacional al deporte o el culebrón político español; eso tampoco está de moda. Pero a estas alturas ya no sé hacer otra cosa, ni quiero hacerla. Así que ahí vamos; sin arrepentirnos ni un momento de haber elegido esto, como dice una amiga igual de anticuada que yo.

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