Isabel Halo: Sin título, 2017.
Isabel Halo: Sin título, 2017.

 

El chico del tercero era simpático. El resto de los vecinos, ni fu ni fa. Un poco suspicaces, tal vez, al ver a una chica tan joven y desenvuelta, y tan sola, ocupando el apartamento del quinto. “Debería haberle dicho algo”, pensaba siempre que me cruzaba a mi hombre por las escaleras, con esa sonrisa campesina suya y ese talle de honesto leñador, pero en esa época estaba tan absorbida por el trabajo que, a decir verdad, pocos momentos tenía para pensar: sólo eso, la escalera, el coche y alguna sala de cine puntual.

Una mañana tenía que imprimir unos documentos y me lo encuentro en la cola de la copistería. “El leñador comprando las páginas de los árboles que ha talado”, me dio por pensar. Aprovecho y le sonsaco que tiene un taller de informática, con una clientela fija, mayormente del vecindario, formada por esa clase de personas a las que les harías el favor gratis (y a menudo era así), pero bien de todos modos, suficiente para ir tirando. Me dice que quiere ampliar sus perspectivas y aprender un poco de programación, tarea en la que yo no soy, modestia aparte, ninguna novata, y le prometo alguna lección amistosa en cuanto pase esta racha tan estresante en la inmobiliaria, donde, dicho sea de paso, dirigía la peligrosa aproximación de la inversión especulativa y lo que los carrozas se siguen empeñando en denominar “nuevas tecnologías”.

Habiendo lanzado un cable electrónico a mi objetivo, un arpón a la giba de mi ballenato, y pudiendo bajarme al tercero algún día con esa o cualquier otra excusa, me asombra recordar hoy cuánto me absorbía el trabajo. Siempre lo posponía a la siguiente semana, aunque me consolaba pensando que le invitaría a un fin de semana en Hawái en cuanto me fuera por la puerta grande con trescientos sacos de monedas de oro. Lo cierto es que entonces pensaba que mi trabajo me iba a hacer rica de la noche a la mañana. Aunque también lo pensaba de la mañana a la noche, porque había días en los que literalmente no pegaba ojo.

Luego vino lo que todos conocéis: la crisis financiera internacional, la quiebra de la inmobiliaria, el adaptarse a un mundo en el que mi profesión ya no tendría sentido durante mucho tiempo. Hice cuentas, dejé el alquiler y tuve que irme a vivir a casa de mis padres una temporada. Me torturaba imaginando cómo podría haber empleado todo ese tiempo que malgasté en una carrera sin meta. Sobre todo, me lamentaba de haber priorizado mi trabajo a mi pequeño informático. Iba a ir a despedirme una tarde de él, pero me dio corte.

Mientras hacía la maleta no paraba de regodearme en la posibilidad, ya inalcanzable, de esas tardes soñadas de programación y besos, la posibilidad de mudarnos a un mismo apartamento, la posibilidad de haberme ganado la vida de forma honesta, tranquila, gratificante… Mientras bajaba trabajosamente la escalera con los bártulos, me paré un segundo a mirar aquella puerta del tercer piso, imaginándome qué estaría haciendo su habitante, y de repente se me escapó una lagrimita: me acababa de dar cuenta de que, él en un tercero y yo en un quinto, había estado viviendo por encima de mis posibilidades.

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