cepal-paris-manifiesta-solidaridad-victimas_ediima20151115_0280_4.jpg
cepal-paris-manifiesta-solidaridad-victimas_ediima20151115_0280_4.jpg

Se hace muy difícil escribir algo en el estado emocional en el que nos han dejado los atentados de París. Cualquier cosa distinta sobre la que se pretendiera escribir ha quedado sepultada por una noche de violencia extrema. Un amigo me aconsejó incluso que no escribiera sobre ello. Pero, ¿cómo sustraerse a lo ocurrido? Si no hubiésemos pasado por la misma experiencia once años atrás sería otra cosa. Pero no fue así. Nosotros ya vivimos un día como ese. Y estos acontecimientos no hacen más que traerlo a nuestra memoria. ¡Ay, bendita memoria! Señal de que hemos vivido.

Sería bueno recordar que se recoge, en buena medida, lo que se siembra. Sin pretender justificar en absoluto los actos terroristas, sí es conveniente advertir que el conflicto palestino-israelí es una espina clavada en las sociedades mayoritariamente musulmanas de los países del oriente próximo. Los años han ido enquistando el conflicto hasta llegar a un punto muerto. Utilizada como coartada por Al Qaeda para sus atentados antes que la guerra de Irak les diera nuevas excusas y un inmenso campo de batalla, su resolución sería un principio para la paz en la zona. Todavía guardo en mi memoria las imágenes de los palestinos celebrando en la calle el ataque a las torres gemelas de Nueva York el 11-S. Años de postración y de poner más muertos que sus enemigos en la batalla sin fin de su causa han ido laminando la imagen de occidente y en especial de los Estados Unidos. Tampoco ayuda el hecho de vivir prácticamente bajo el nivel de la pobreza a expensas de las donaciones exteriores. En fin, sería algo por donde empezar.

También sería bueno una apuesta decidida por la democracia en estos países. No es fácil. El camino es largo. Pero no imposible. El problema es que perviven todavía inercias de la Guerra Fría y un Putin deseoso de recuperar la influencia de la antigua URSS ha mantenido el apoyo a un tirano sangriento como Bashar al-Asad, aplastando así toda esperanza democratizadora en Siria y abriendo, ahora directamente, la puerta a los fanáticos del Estado Islámico.

Únase a esto que el mundo civilizado, contrario a la barbarie terrorista, no es tan civilizado como parece, pues permite cosas tales como el comercio de armas sin control que acaban en manos de la intolerancia más cerril. Pero es que además, una de las primeras medidas a tomar para frenar al Estado Islámico sería ahogarlo financieramente. Pero su dinero circula libremente por el sistema bancario internacional. Parece más fácil bombardear ciudades del ISIS que embargar sus cuentas corrientes.

Aunque se ha dicho que es una guerra, no es una guerra normal que se gane a fuerza de bombardeos. Es un conflicto asimétrico con campos de batalla diferentes. En el desierto de Siria e Irak, pero también en las suburbios de las grandes ciudades como París, donde miles de personas de distintas etnias y credos viven en situaciones de pobreza, paro y desesperanza en nuestro sistema democrático. Vuelvo a insistir. No trato de justificar nada, sino de describir el caldo donde se cultiva el odio.

Causa también cierto sonrojo el tratamiento dado a la víctimas según su procedencia. No nos altera tanto que las víctimas sean de Siria, donde han muerto centenares de miles, o de Turquía (recuérdese el atentado ocurrido el pasado 10 de octubre en los alrededores de la estación de trenes de Ankara, 97 muertos) como que sean del corazón de nuestra Europa. Será una cuestión de cercanía.

Se puede pensar que la condición natural del hombre, enunciada por Thomas Hobbes, es una guerra en la que luchan todos contra todos. Pero, con sus altibajos, el ser humano ha ido progresando a lo largo de su existencia. Podemos considerarlo una utopía, pero sinceramente creo que otro mundo es posible si se quiere. Un mundo más pacífico que el actual.

Pero, ¿y nosotros? ¿Qué podemos hacer como individuos de nuestras sociedades? No caer en la provocación principal, el miedo. Lo que busca el terror, provenga de actos de terrorismo o de actos de estados totalitarios, es amedrentar, paralizar por el miedo. No podemos permitir que nuestra vida cambie, dejar de salir, dejar de acudir a conciertos o simplemente a pasear por un parque. La gran victoria del terror no serían las pobres víctimas mortales y los heridos. Su gran victoria sería que dejásemos de ser nosotros mismos.

Si has llegado hasta aquí y te gusta nuestro trabajo, apoya lavozdelsur.es, periodismo libre, independiente y en andaluz.

Comentarios

No hay comentarios ¿Te animas?

Ahora en portada
Lo más leído