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¡Ay la vida! No somos más que inmensos despertares, para luego retomar el camino del descenso hacia la muerte.

¡Ay la vida! No somos más que inmensos despertares, para luego retomar el camino del descenso hacia la muerte. Fallecer no es un acto de fe, sino una realidad latente, algo así como un submarino que no asoma mientras pensamos ingenuamente.

En ese punto, se me antojan adecuadas las palabras del poeta salvadoreño André Cruchaga. Quién como él para afirmar en su poema Escritura de la desmemoria:

Uno va dejando en el camino que la desmemoria fecunde todos los olvidos.
Ante la desesperación no podemos ya pensar en los retornos, ni en esas extrañas diatribas
del cansancio, porque sería darle más oscuridad al aliento.
Debemos retornar a la inexistencia total de los puntos suspensivos.

¿Tal vez morir es una especie de desmemoria? Cuando se cierran los ojos, dejamos un camino, el de la memoria. Lo cual nos lleva a la desmemoria, y posiblemente al olvido. A algunos les desespera morir, tanto o más cuando se considera el factor tiempo para terminar de cumplimentar el destino que tenemos asociado como personas individuales. Pero tarde o temprano, la aceptación es común a todo ser humano. Aceptar lo inevitable, que no es lo mismo que afirmar que es la voluntad divina y no la nuestra. De esa forma nos liberamos de una carga insoportable, la de llevar a cuestas la vida.

Al respecto, lo que yo piense puede resultar extraño, antes miles de millones de conciencias igualmente pensantes. El único punto en común es que también somos irreversibles. No disponemos de punto de retorno, ni de otra vereda más exótica. Lo que hacemos en vida es el único lienzo sobre el que ponemos en práctica quiénes somos y cómo sentimos. El resto me parece un humilde limbo del que no hay vuelto nadie para explicarlos con detalle este trasunto de la inmortalidad.

El caso es que aceptar nuestro destino nos beneficia prudentemente. Nos ahorramos melancolías y desesperaciones, como preámbulo de un silencio definitivo. Después solo queda que nos recuerden cómo hemos sido para los demás, hasta que los mismos recordadores también se apaguen, en una disolución sin continuidad.

Pero también sé que, en este siglo, nuestra cultura por los ausentes  es un hazmerreír, limitado en muchos casos a un aniversario o a un breve intervalo de memoria. Pareciera que le hemos dado la espalda a las desapariciones. Acaso será verdad lo que Gustavo Adolfo Bécquer nos escribiera en otros tiempos:

¿Vuelve el polvo al polvo? 
¿Vuela el alma al cielo? 
¿Todo es sin espíritu, 
podredumbre y cieno? 
No sé; pero hay algo 
que explicar no puedo, 
algo que repugna 
aunque es fuerza hacerlo, 
el dejar tan tristes, 
tan solos los muertos.

No tengo respuesta para ello, aunque sí un respeto y solidaridad por la muerte. A algunos se nos da la oportunidad de un periodo largo y duradero, para pensar al respecto, y dialogar con nuestros semejantes. Otros se esfuman literalmente, sin otro síntoma que la arbitrariedad de una enfermedad, un suceso pasajero o la vileza de un asesino. Son estos últimos puntos los que cuesta mayor aceptación y asimilación, teniendo en cuenta la disparidad de vida. No creo en la esperanza absoluta, ni tengo fe en que la vida nos trate con la justicia que merecemos cada uno, pese a estos versos de Rafael Alberti:

Entré en el patio que un día
fuera una fuente con agua.
Aunque no estaba la fuente,
la fuente siempre sonaba.
Y el agua que no corría
volvió para darme agua.

¿Esperanza? Tampoco lo sé. Podemos cerrar los ojos e imaginar que el patio imaginario de Rafael Alberti es una especie de conciencia más allá de lo físico. Suena surrealista, desde luego. Sin embargo, estas suposiciones poéticas se comprenden fácilmente y constituyen un pretexto para rebelarnos, de alguna forma, frente a la evidencia de que nuestra vida es literalmente pasajera, o en palabras de Luis Eduardo Aute:

Sólo morir permanece 
como la más inmutable razón, 
vivir es un accidente, 
un ejercicio de gozo y dolor. 

En ese accidente de vivir, desde luego, hay lugares inhóspitos, gente capaz de lo peor, hipócritas y caraduras, almas ignorantes, pericos y grajillas de academia, sombras y sus respectivas oscuridades, llanto y solitarios ruedos, caminos sin adecentar y un hilo inexorable hacia el llanto. Pero también hay gozo, despertares, felicidades inmediatas, espíritus de bella alevosía, cántaros de agua clara, desnudos sin parangón o estanterías llenas de libros en flor. Cada quién los afina y hace sonar a su criterio.

De entre todos esos lugares, en este día que es como cualquier otro, seleccioné la iglesia románica de Santa Cruz, antaño iglesia parroquial de Torquemada y ahora cementerio del mismo pueblo. Una pauta de silencio. Un viento acogedor. La tarde pausada. El movimiento en calma. Una fila de cipreses que parecen adivinar lo que nos aguarda. Mi madre recuerda a sus padres mientras camina. Hemos de tener buena memoria para que no olvidemos a quienes nos dieron el gozo y dolor de poder escribir.  La poesía me devuelve un poco la alegría de vivir.

Quito, 11 de julio de 2016.

Posdata:

Al rebuscar en la historia de la iglesia de Santacruz de Torquemada, me encontré con un estudio del Doctor Francisco Simón y Nieto, quién en 1905 publicó un estudio sobre los enterramientos en dicha iglesia hecho diez años atrás, lo cual trajo consigo el hallazgo, más que seguro, de los restos de Juan de Blakenfeld, obispo de Riga fallecido repentinamente en el mismo pueblo allá por 1527. Así reza en la conclusión del estudio:

“En el sitio más preferente de la única iglesia, Santa Cruz, que con certidumbre estaba habilitada en principio del siglo XVI en la villa de Torquemada, se ha encontrado sepultado, á un metro de profundidad, el cadáver de un sacerdote revestido con hermosas vestiduras de seda fabricadas, según parece, en el siglo XVI. Su enterramiento debe datar de tres ó cuatro siglos; no se ha encontrado sobre él distintivo alguno episcopal.

Corresponde este esqueleto á un varón de muy aventajada estatura (1,740 c/c) dolicocéfalo, acrocéfalo, leptorrino y microsemo, de 60 á 65 años, de rostro largo y anguloso, de pómulos salientes y echados hacia atrás, de ojos grandes, de nariz larga, delgada y algo torcida, de frente espaciosa y alta, de dientes grandes y muy gastados con facetas salientes y probablemente de cabello rubio y ojos azules”.

Palencia, 28 de Noviembre de 1897”.

 

 

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