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"Recorrer otras tierras y explorarlas con cara de asombro no es  antídoto suficiente al nacionalismo, éste se cura con vínculos emocionales".

Este verano, visitando Vitoria junto a la entrada principal de la catedral, una señora mayor al verme despistado se paró y me indicó que para acceder al templo tenía que entrar por detrás. En una conversación de un par de minutos, la mujer me preguntó de dónde era y, al contestarle que de Cádiz, se le encendió la cara de alegría. Ella era vasca, pero mi respuesta le evocó unos años felices, en plena juventud, que pasó en Algar como maestra en su primer destino, después de aprobar las oposiciones. Muchas veces me han  pasado cosas parecidas, gente que no conocía de nada que al enterarse de mi procedencia me han relatado, casi todos con satisfacción y muchos con nostalgia, que pasaron años de su vida en nuestra tierra, bien por ejercer un cargo público o por cumplir  el servicio militar.  

Siempre se ha sostenido que viajar es la mejor manera de abrirse al mundo y tener una mente más abierta ya que es una forma de salir de nuestra entorno y comprobar que todo no se mide como lo vemos desde nuestra casa. Pero creo firmemente que no es suficiente, no basta con pasar unos días fuera o unas vacaciones en otro territorio o en otro país para que el viajero aprenda que hay otras realidades y que las comprenda  y tenga empatía con los autóctonos, con los anfitriones de su desplazamiento.

Esto ocurre porque muchos se lanzan a conocer mundo calándose una boina o una barretina, tan mal colocada que se tapan sus ojos. Estas son gente con aires de superioridad  y autosuficiencia, que pretenden defenderse de las ideas ajenas  y muestran su  debilidad con su sin razón, síntoma  de  su pensamiento aldeano. Recorrer otras tierras y explorarlas con cara de asombro no es  antídoto suficiente al nacionalismo, éste se cura con vínculos emocionales. Solamente residiendo en otro emplazamiento distinto del habitual, por un apreciable periodo de tiempo, se logra esto. Una persona que ha vivido en otro lugar durante algún tiempo se une a la tierra y se liga a ella afectivamente, salvo que el sitio se  hubiese convertido en una cárcel de castigo o de desgracias.

Hoy día, la posibilidad de encontrarte gente de otras autonomías que hayan trabajado en la administración dentro de  tu provincia o  de tu región  es cada vez más remota. Normalmente son personas mayores y su número va disminuyendo paulatinamente por el mero transcurso del tiempo. Un funcionario debería conocer no solamente su región sino que debería pasar obligatoriamente por otras para homologar su actuación en todo el territorio estatal y para que sus lealtades no sean localistas, efectuando como mínimo cursillos de formación, perfeccionamiento, actualización  o prácticas.  

La administración se ha descentralizado profusamente y muchas oposiciones, que antes eran estatales, ahora son autonómicas y ya no generan vacantes de ámbito nacional. Uno de los grandes sectores con gran mayor número de funcionarios es la enseñanza y las convocatorias de su plazas son autonómicas. La idea de crear un equivalente al MIR para la enseñanza sería muy positiva, y, si se implanta, convendría que sus convocatorias fuesen, como en Medicina, con plazas para toda la geografía española. Las policías autonómicas son otro ejemplo de funcionarios que han perdido la relación con otras regiones del país,  pues se forman en academias regionales, llegando incluso hasta el extremo  de estar  desconectadas del proceder de las academias de policía nacional y dificultando, así, una actuación en común y una mayor sintonía con otros  cuerpos de seguridad.

En definitiva, parece que, a medida que avanza la descentralización, vamos perdiendo lazos emocionales entre personas de distintos territorios  y nos  vamos  distanciando,  rompiendo la argamasa que nos unía ¿Qué quedará del Estado? ¿Qué quedará de esta casa común que llamamos España?

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