Como a la comparsa Los cobardes de Martínez Ares, también a mí me ha soplado a la cara un viento de trece años. Trece nada menos habían pasado desde su última participación en el concurso de agrupaciones carnavalescas de Cádiz cuando volvió a pisar las tablas del Falla en 2016. Y entonces, tras conquistar de nuevo las mieles del éxito, a la crítica y al público, solo le salía dar las gracias y echar la vista atrás con orgullo y con cariño. Así me siento yo hoy.
Cuando tú, amado lector o amada lectora, estás leyendo esta columna, yo estaré dando —espero— un paso importante, el más importante en lo profesional hasta ahora. Quizás el más importante que daré nunca. No te voy a aburrir con pormenores y burocracias de la promoción en el profesorado universitario, pero sí te aseguro que, de un modo u otro, toda mi carrera se ha venido proyectando hacia el día de hoy. Y eso pesa lo suyo. Hoy precisamente, que solo falta un día para que ese viento de trece años me bese la mejilla. Hoy, cuando casi trece años atrás estaba convirtiéndome en doctora.
Y hoy, trece años menos un día después de aquello, estoy otra vez ante un tribunal. A veces parece que solo haya pasado un día. Otras muchas, se nota —ya lo creo que se nota— el peso de esa década y pico. Pero, ante todo, como a mi autor de carnaval predilecto, solo me sale dar las gracias cuando miro al pasado y cuando encaro el futuro que se abre a partir de este nuevo veinte de marzo.
Gracias a los centenares de estudiantes que han pasado por mis manos y de los que tanto he aprendido. Gracias a los compañeros y mentores que me ayudaron a poner las primeras piedras. A mi hermana, a quien, como escribí hace trece años, siempre deberé el haber podido iniciar este camino. A mi familia, por ser el sostén de todo. A mis compañeros actuales, por el apoyo diario y la confianza.
A mis amigas y amigos del norte y del sur, por permitirme ser yo y encima quererme. A la Universidad pública. A la de Sevilla por darme tanto y por empezar a enseñarme. A la de Zaragoza, por todo lo demás. A Aragón, por enamorarme. A mi madre, la mujer que más admiro, por enseñarme a luchar. A mi padre, por compartir conmigo su debilidad y convertirse en la mía. A Hugo, por llegar para iluminarme. A ti, porque eres mi mundo.
A lavozdelsur.es, por confiar en mí desde que nació. Y a ti, lector, lectora, por estar ahí.



