En 48 horas se nos ha olvidado cuando los políticos se dedicaban solamente a sus cosas: sus corrupciones, sus peleítas, sus intereses. Tienen que llegar la lluvia y el barro para que se manchen con lo mismo que nosotros. Para que se nos aparezcan, de súbito, tan campechanos como nuestro antiguo rey, que fue siempre el colmo de la campechanía hasta que saltó aquello de los elefantes más campechanos que él.
Viéndolos así, a nuestros políticos más habituales, digo, con sus chubasqueros a medida, sus caras de preocupación, sus ruedas de prensa de urgencia y todos los sentidos puestos en las medidas contra el temporal, parece como si anduviéramos en la caverna aquella platónica donde el ser humano llegó a vislumbrar lo ideal. Existe ese estado de cosas en que la gente común lo pasa mal y la política -que era el arte de ocuparse de las cosas de todos antes de que nos acostumbráramos a que fuera la ocupación en sus propias cosas- tiene vocación de servicio público. Existe aunque parezca mentira.
Lo estamos viendo estos días de trombas, de crecidas fluviales y de carreteras cortadas, aunque, volviéndonos a imaginar en la caverna platónica, tal vez podamos vislumbrar, en subjuntivo, qué habría pasado si la política se hubiera dedicado antes –antes, digo— a prever infraestructuras que hubieran paliado estos desastres.
La política es también el arte de tomar decisiones sabias, no solo de contentar a los posibles votantes; de decidir dónde construir y dónde no, de pensar si hacen falta o no más embalses para aprovechar el agua, que cae sobre justos e injustos y luego resbala inútilmente hacia el mar, que siempre fue metáfora de la muerte. Pero todo eso se nos va olvidando, a nosotros y a los políticos profesionales, hasta que un día, como estos, llueve salvajemente y todos volvemos a la cueva y hasta ponemos en marcha la imaginación mientras los políticos se manchan de barro y parece que mejoran. Es posible que solo lo parezca.
