Entre escritores, que debíamos ser quienes cuidamos la lengua, quienes mimamos el idioma con la honradez de su uso riguroso, siempre en busca de expresar la verdad, llueva o ventee y aunque duela -y aunque sea una verdad literaria-, no pegan mucho estas polémicas ridículas que nos asolan. Ya sabéis a lo que me refiero.
Por un lado, no me parece bien que nos tomen el pelo confundiendo esa afirmación de que todos perdimos la guerra con la pregunta de si la perdimos todos o no. No es lo mismo afirmar que preguntar, y quienes han puesto o quitado los signos de interrogación amparándose en el despiste o en el error de los demás, no deberían creer que la gente se chupa el dedo.
Por otro lado, al margen de preguntas o afirmaciones, si uno tiene las ideas meridianamente claras, no debería rehuir el debate, el diálogo o la confrontación dialéctica con nadie. ¿Dónde quedó aquello de que la poesía es un arma cargada de futuro? No hace falta ni el verso cuando uno piensa que la palabra es arma y cuando uno cree en el futuro.
Pero mucho me temo que hace demasiado tiempo que, entre demasiados escritores, prima el arma afilada de la palabra al servicio de la rentabilidad. De la propia rentabilidad, quiero decir. De la rentabilidad literal, me refiero. De que rente. De la rentabilidad monetaria y santas pascuas. Nada de rentabilidad metafórica ni ocho cuartos. O me renta o no me renta, como dice la chavalería. Y si no, pues no prima. Punto y aparte.
Pero que no nos vengan con milongas, por favor. No hace falta engañar sobre los signos de interrogación que al fin y al cabo son orejas innecesarias en un cartel porque aquí nadie parece dispuesto a escuchar al adversario.
Sabemos de sobra que hay quien, convencido, opina que la guerra la perdimos todos. Y que hay quien opina, por el contrario, que la guerra la perdió quien la perdió porque hubo quien la ganó. Y no es lo mismo perder una guerra con todas sus consecuencias (las del ostracismo o el exilio) que ganarla con todas sus consecuencias (las de la gloria y las de ancha es Castilla).
Pero, dicho esto, también sabemos que -cada cual en su postura- hay gente dispuesta a hacer el esfuerzo de enfrentarse dialécticamente a los que se sitúan en sus antípodas y gente que solo hace el esfuercito de dialogar con quienes piensan igual que ella. Escritores prematuramente aburguesados, hechos a su coqueta revolución, que no están dispuestos más que a batallar en la ficción de su perpetuo debate de mentira.
A los fascistas -por citar un ejemplo cualquiera, pero con clara intención de no citar otros- se les combate con el arma de la palabra que ellos, suelen suponer los antifascistas, no saben ni quieren utilizar. Pues al lío. Palabra, palabra y más palabra, como decía del programa el cada vez más imprescindible Julio Anguita.
Si no estoy de acuerdo con alguien, combato sus ideas con mis palabras, pero no me enroco en la comodidad de decir que con ese alguien no soy digno de sentarme porque, al margen de la ineficiencia estratégica para rechazar sus ideas nada respetadas por mí, contribuyo con mi cómodo silencio a que esas ideas adversarias sigan ganando terreno.
Es muy fácil discutir con quienes están de acuerdo conmigo, porque lo único que eso me exige es la retórica barata de decir lo mismo que todos mis contertulios con otras palabras. Lo difícil, pero también lo valiente y lo necesario, es discutir con quienes ven el mundo de un modo radicalmente distinto al mío. Y eso, para gente que se supone que blande bien la palabra como los antiguos caballeros blandían su espada, es lo verdaderamente responsable, porque no todo el mundo maneja con la misma destreza la palabra y esa gente confía en que batallen con ella los profesionales de la misma.
Como evidentemente esto no ocurre, u ocurre cada vez menos y a quienes se niegan a dialogar con sus adversarios políticos se les aplaude encima como a héroes de no sé qué patria, pues vamos conformando el mundo que nos estamos haciendo a medida: el de Trump, por ejemplo, chuleando con que se quedará Groenlandia, sin ir más lejos, y el de una Europa dedicada a reunirse entre ella por no ser capaz de cantarle las cuarenta a Trump. Así todo.
Ya no son solo los políticos los que se han aficionado a hilvanar mítines para su audiencia e incluso a dar ruedas de prensa sin derecho a preguntas, sino que también los escritores quieren participar de ese privilegio de la arenga entre los suyos. O conmigo o contra mí. De modo que, si a un escritor de los que se ha profesionalizado tanto contando constantemente el mismo discurso aprendido, se le sitúa frente a otros tertulianos que van a mantener un discurso distinto de palabra y de obra, la tendencia parece ser salir por patas argumentando que el otro no merece ni la caballerosidad de mirarlo cara a cara. Quien no está dispuesto a hablar con el adversario es porque ha convertido sus antiguas armas en vulgares utensilios de cocina.
