Un sacerdote oficiando una misa.
Un sacerdote oficiando una misa.

Los curas, y menos los curas que trabajan en barrios deprimidos porque fueron barrios encargados así desde su génesis, no deberían hablar de vagos y paguitas, sino trabajar codo con codo con los presuntos vagos para que dejen de necesitar pagas. El Evangelio es una buena noticia, no un panfleto sobre el que pintarrajear broncas a los pobres.

Lo digo, y lo sabrán, porque algún sacerdote del Polígono Sur ha arremetido contra este supuesto problema, preocupadísimo él por el equilibrio económico de la sociedad a la que sirve, o por la carga a la que se ven sometidos quienes sostienen el estado trabajando como Dios o el sistema capitalista mandan, que los dos mandan lo suyo.

No deja de ser irónico que un sacerdote, tal vez recordando que la mies es mucha y los obreros pocos, prefiera la mesa de su despacho que la mesa del altar para poner encima este problema de desigualdad a la inversa, es decir, un problemón social por el que se sienten discriminados los que afortunadamente tienen trabajo frente a los que no tienen y que, según él, no lo tienen porque se conforman con las paguitas y eso es un cáncer del sistema. El relato es viejo ya: que quienes no trabajan no lo hacen porque no quieren y porque se sienten más cómodos siendo unos mantenidos. Otra cosa es que sea rigurosamente cierto.

Que un cura sostenga tal hipótesis es irónico, insisto, porque justamente en un sistema capitalista como el nuestro todo se mide en términos de producción, incluso el saldo de las jubilaciones, y precisamente los curas tienen una de esas profesiones, como tantos artistas, que no producen demasiado. Decía García Márquez, el escritor, que estaba orgulloso de ejercer un oficio que no servía absolutamente para nada. Que no servía en términos de producción, se entiende, aunque ya vemos a estas alturas de la postverdad que otras muchas producciones, como la de los youtubers, cotizan lo suyo, aunque se refleje más en sus propias cuentas corrientes por otros lares que por estos pagos solidarios.

El caso es que, en un cura, que ejerce su ministerio desde el testamento del amor, resulta cuanto menos extraño el juicio ramplón de que los pobres sean pobres por gusto y no porque un sistema injusto les vaya configurando la estrechez de un perfil falto de oportunidades educativas en el más amplio sentido de la palabra hasta convertirse en adultos sin posibilidad de practicar ese otro testamento literario de que se hace camino al andar eligiendo cada cual su camino porque se trata de gente a la que, tantas veces, solo le queda un camino, el defenestrado por el sistema que ya ha acondicionado los otros para los demás.

Esta tarde presento en Jerez mi libro El pan de Emaús, un relato coral en el que personajes evangélicos que no tuvieron oportunidades de expresión la han encontrado literariamente. Ninguno de ellos tuvo paguitas ni más oportunidades que los demás, sino al revés, pero Cristo no los juzgó. Por eso da pena que dos milenios después andemos todavía en la casilla de salida.

Lo más leído