17 Marta del Castillo 17

Me muero de curiosidad por indagar en una mente así, por curiosear en el futuro próximo de un asesino que tal vez algún día, cuando todo prescriba definitivamente, decida al menos hablarse a sí mismo

Manifestación para pedir Justicia por Marta del Castillo, en una imagen de archivo.
24 de enero de 2026 a las 15:59h

Hace hoy 17 años de que aquella chica de 17 años, Marta del Castillo, fue asesinada por aquel otro chico que después de pasar en la cárcel, mucho más a gusto, todo este infierno por el que ha pasado la familia de la muerta, ahora se esperanza en que, en solo cuatro años, estará en la calle. Como si no hubiera pasado nada aunque no solo pasó sino que solo él supiera exactamente qué y dónde puso el cuerpo de la que había sido su novia. Hoy Marta del Castillo sería una sevillana de 34 años. Pero no lo es. Sigue siendo una adolescente de 17 que solo vive en el recuerdo avergonzado de una sociedad incapaz de haber dado con su paradero.

Todos recordamos el rostro ido del padre de Marta haciendo declaraciones. Porque todos dijimos en algún momento lo que hubiéramos hecho de ser él. Si yo fuera el padre de Marta haría esto y lo otro y lo de más allá. Pero ninguno éramos el padre de Marta. Solo él.

Todos recordamos la cara de la madre de Marta, desencajada por un llanto que ya le iba a durar toda la vida. Todos recordamos al abuelo de Marta, organizando batidas para buscar el cuerpo por Camas, por la orilla del Guadalquivir, decidido a “escarbar la tierra con los dientes”, a “apartar la tierra parte a parte, a dentelladas secas y calientes”, como dijo Miguel Hernández de aquel amigo, Ramón, al que le dedicó la más hermosa elegía jamás escrita. Qué injusta ironía que también el asesino de Marta se llamara Miguel.

Quiero minar la tierra hasta encontrarte / y besarte la noble calavera / y desamordazarte y regresarte”, dejó escrito Miguel, el poeta.

17 años hace de la muerte de aquella chica con 17 años entonces. Y hoy parece que el caso se convierte en espejo de nuestras propias limitaciones, de nuestros propios fracasos, de aquella injusticia tan increíble que nadie hubiera pensado que pudiera ocurrir aquí, tan cerca de nosotros, y que fuera verdad.

Dice la familia que solo queda esperar un poco de humanidad. Un resto, alguna minucia con la que ni siquiera cuente hoy por hoy ese asesino salvado de sí mismo porque, en estos 17 años, no lo ha traicionado todavía su mala, pestilente, podrida, tal vez inexistente mala conciencia.

 

Me muero de curiosidad por indagar en una mente así, por curiosear en el futuro próximo de un asesino que tal vez algún día, cuando todo prescriba definitivamente, decida al menos hablarse a sí mismo. Me muero por conocer la manera, el modo, el camino por el que una democracia como la nuestra, tan alejada ya del ojo por ojo y el diente por diente, debería mejorar para evitar que tanta gente, naturalmente, tenga que decir sin pudor lo que habría que hacer con el asesino para nada.