El relato de las vidas, a eso se refería aquella mujer cuando su hijo salía de la mano de su abuelo a escuchar los romanceros de hace tanto tiempo; iban a escuchar las vidas de otros, como se podían escuchar las vidas de otros corriendo por las azoteas mientras las mujeres tendían. Cuentos a los que siempre se les pegaban retales de otros cuentos traídos por la memoria y el viento. Y, seguramente, se refería a las vidas tantas veces reinventadas por quienes las contaban y para quienes las contaban, porque aquellas vidas contadas traían unas monedas que se gastaban, a saber, quizá en vino, que era lo que se decía.
Javier Benítez, aquel niño que salía con su abuelo, nos contaba esto anoche, después de que él mismo contara, con Monano, y que los dos son una unidad en el cuento, la vida de dos soldadores enviados a defender Groenlandia por un malentendido. Unas vidas acostumbradas a la friura, en “Pasquín 9, bajo A”, aunque se sepa que en Cadi no hace frío, hace humedad.
Veníamos a todo esto hablando de los romanceros que cuentan su cuento como si fueran vidas de personas que cuentan sus vidas. Una forma de contar tan propia también del Selu en su histórica lista de tipos de Cadi para el Carnavá. Sin demasiados artefactos, que no parezca que son vidas para el Caranavá, o mejor: que no lo sean y se vayan carnavalizando como en las azoteas de aquel Cadi que tendía y todavía tiende: ropas y vidas.
Benítez y Monano cuentan su vida de romanceros en este concurso de este año, su historia de verdad, y luego le ponen… Esta cuarteta muchos la terminarían con “gracia gaditana”. No, le ponen Carnavá. Cuentan su vida de soldadores en frío que terminan corriendo en el carro de Ben Hur.
Esa misma noche en que decíamos todas estas pamplinas, tan serias y hasta necesarias para entender y entendernos, venía yo de escuchar a José contando la vida de un hombre que no es Pepe Baena y al que el chaquetón para salir a decir pamplinas se lo hicieron en la Escuela de Diseño de Cádiz, integrada en la Escuela de las Artes. Mi gran obra, escrito por Francis, Jacinto y el propio José. Es la historia, ¿de quién? De un pintor metido a albañil porque para el presupuesto no le alcanza y no quiere decepcionar a su Paqui; un artista bohemio, tan de Cadi, que cambia la calavera de Hamlet por la paleta de lucir.
El Benítez y el Monano, gracias a las cuarenta y ocho horas de más que tuvieron porque las alertas y las alarmas por lluvias, inundaciones y temporales modificaron el orden de las actuaciones, pudieron escribir el repertorio completo, ensayarlo: ganaron el primer premio del concurso con Cogeslo ICE, aquí. Contaron sus vidas, sus vidas de romanceros y sus vidas de soldadores, en buen verso y gaditano, con la lógica de una ficción carnavalesca que no sé si la IA, incapaz de producir un cartelón como el suyo, nos arrastraría a todos por los hielos de Groenlandia, como nos hicieron cabalgar ellos por la arena del circo con Ben Hur.
