El presidente de la Generalitat, Quim Torra. FOTO: EUROPAPRESS.
El presidente de la Generalitat, Quim Torra. FOTO: EUROPAPRESS.

El día de la victoria. Recuerda demasiado a 18 de julio y a final de los años treinta. A los más veteranos les sonará sobre todo a paga extraordinaria y a festivo nacional. Sin embargo, se ha vuelto a acuñar ahora: con el otoño ya encima y en pleno 2018. Casualidades de la vida. Así ha animado Quim Torra a rememorar aquel primero de octubre, del que esta semana se cumplía el primer aniversario. Desde aquel “¡votarem, votarem!”, pasando por las cargas policiales y las urnas fiambrera, hasta llegar a la ilusión de muchos y a la decepción de otros tantos.

El día de la victoria, aunque no queda muy claro para quién ni tampoco qué era lo que estaba en liza. Quién ganó qué y cómo, es lo que aún está por ver. Parece mentira que haya pasado un año, todo un año ya. Pero también parece mentira que tengamos al dictador de nuevo en el candelero, 43 años después de ponerle al fin la losa encima. 

El que diera muerte y fosa común al “cautivo y desarmado ejército rojo”, se preocupó por darles también olvido. Ese mismo en el que a muchos nos gustaría sepultar para siempre un pasado que no tiene nada de glorioso. Pero no nos dejan. Aún hoy ciertas formaciones votan a favor de quienes aplastaron las libertades, de los descendientes de esos que masacraron a tanto españolito, de los nietos de la deshonra.

Aún hoy se anuncia con desparpajo la retirada de leyes que sacaron de ese olvido a quienes llevaban demasiado tiempo sepultados en él. Aún hoy se menosprecia la importancia de ese valle y se mira hacia otro lado: uno menos incómodo pero situado también a la derecha. Tras aquel julio del 39, cada año era contado a partir de la victoria. A lo mejor por eso siento tanto recelo hacia los días victoriosos y sus victoriosos desencuentros.

La “victoria” de 1939 iba a retirar las urnas de nuestro mundo durante más de cuatro décadas. Y ni siquiera sería eso lo peor que la dictadura iba a hacer con los colegios y con nuestra educación. En la “victoria” de 2017 se votó, aunque fuera en un tupper y con un censo discutible. Sin embargo, también hubo sangre, hubo desconcierto, hubo llanto y emoción. Tras el día de la victoria cercana, hubo políticos encarcelados, líderes a la fuga, libertades suprimidas y lucha fratricida. Comenzaron a brotar más lazos, más rechazos y más odio. No empezamos a ser más conscientes de lo mucho que nos cuesta a veces entender al otro, escucharlo y ver más allá de nuestras férreas banderas, tengan estas las franjas que tengan. No nos sirvió para darnos cuenta de eso.

Tal vez, esa sea la causa de que aquel domingo de octubre no ganara nadie. Poco podemos celebrar tras el desencuentro mayúsculo, tras la demostración de una sensibilidad perdida o jamás encontrada. Tras los discursos de la mentira, tras los desprecios mutuos, tras el horizonte deshilachado. Nada que recordar cuando, hace demasiados años ya, solo unos pocos y viles ganaron. Poco que celebrar cuando hoy, tras las victorias, todos seguimos perdiendo. 

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