Vicente Granados, un hombre hecho a la medida de su sonrisa

Juan Torres López

Doctor en Ciencias Económicas, catedrático de Economía Aplicada en la Universidad de Sevilla, autor de numerosos libros, entre ellos dos de poesía y un cuento, coleccionista de grafitis y -lo que es más valioso para él- padre de dos hijas (la mayor y la pequeña) y un hijo. 

El profesor Vicente Granados.
El profesor Vicente Granados.

Cuando dejé de recibir sus comentarios a mis artículos semanales fue cuando empecé a sospechar. Siempre me hacía alguno cargado de lucidez e ingenio y rara vez sin alguna crítica que me abriera nuevas ventanas de pensamiento. Vicente Granados fue así, listo, rápido, ingenioso, también directo y penetrante.

Lo conocí en 1984. Yo había pedido la excedencia como profesor adjunto en la universidad de Granada para irme como catedrático contratado a la de Málaga, donde Vicente era lo que entonces se llamaba un "pnn", léase, pe-ene-ene; es decir un profesor no numerario. Pero Vicente era un Pnn bastante especial porque su curriculum era, siendo tan joven, verdaderamente brillante, soberbio. José María Martín Delgado, nuestro rector de aquellos años y en cuyo equipo coincidiríamos más tarde Vicente y yo, decía que enseñaba siempre su curriculum para que se viera la calidad de nuestros profesores no numerarios.

De la primera conversación que mantuvimos, recuerdo una anécdota que lo definía como un académico bastante alejado de "lo normal" de aquellos tiempos. Me comentó que hacía unos meses había propuesto en la Junta de la Facultad a Ernest Mandel como candidato a doctor honoris causa, pero que ni se discutió porque ninguno de sus miembros sabía quién era.

Vicente fue un pionero en análisis económico regional, economía urbana y también del turismo pero lo fue como pensador de muy profundo sentido práctico y aplicado. Fue un economista útil, pues su saber estaba concebido como instrumento de transformación, y también utilizado, porque siempre estuvo dispuesto a servir y a dejarse usar, en el sentido más honroso y bello de esta última expresión, por generosidad, curiosidad y convicción ética.

Conoció el poder y estuvo cerca de él pero ninguna de sus tentaciones le hizo mella. Su bondad y su retranca de buen gallego le permitieron meter las manos en el barro del trabajo sin mancharse el alma ni ensuciar su bolsillo.

Vicente habría destacado entre todos nosotros por su formación, por su inteligencia y por su sentido pragmático de las cosas. Sin embargo, para mí sobresalió, sobre todo, por su afán indestructible de amarrarse a la vida, fuera cual fuese el pesar que tuviera por delante.

Yo no he conocido a otra persona con tanta disposición para vivir. Ni a nadie que la haya puesto tanto en riesgo por seguir viviéndola. Ni antes ni después de su trasplante de riñón cesó su actividad o, al menos, esa impresión daba a tenor de todo la actividad que desplegaba. Recuerdo, cuando ambos éramos vicerrectores y él tenía sesiones de diálisis, la inquietud que tantos lunes se extendía por el rectorado. "¿Habéis visto a Vicente, sabéis donde está... Lo están llamando del hospital porque no se ha presentado a diálisis". A saber dónde podría estar: ¿Berlín, Moscú, Barcelona...? En su situación, cualquier otra persona hubiera sucumbido de cansancio y temor pero no él, armado como iba siempre de amor a la vida y de su media sonrisa de cuerpo entero.

Cuando lo trasplantaron fue como si le hubiera inyectado aún más ganas (imagino que eso supone, en realidad, un trasplante) y no paró de escribir, de dar clases y conferencias,  de hacer atletismo y organizar todo tipo de eventos y proyectos, o incluso de asumir altos cargos de responsabilidad en la Junta de Andalucía, con una intensidad y dedicación que a cualquier otro nos hubieran desplomado a la primera de cambio. Vicente era, o al menos eso parecía, incansable porque fue incansable su amor a la vida.

Nos ha dejado un intelectual comprometido y ejemplar, un buen servidor público, un estudioso de sentido práctico, un transformador de la realidad. Un hombre cariñoso y atento. Pero, sobre todo, se nos ha ido la sonrisa, la vitalidad y el optimismo de Vicente. Y se echan de menos.

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